Выбрать главу

– ¿No hablarán de las piedras?

Claudio volvió a encogerse de hombros con indiferencia.

– No creo que hablen, a no ser que les pregunten.

– ¿Y si les preguntan?

– Quién sabe.

– ¿Son amigos? -preguntó Brunetti.

– Las personas que comercian con diamantes no tienen amigos -respondió Claudio.

– ¿Y el hombre de Amberes?

– Es el marido de mi sobrina.

– ¿Eso significa que es amigo?

Claudio se permitió una pequeña sonrisa.

– No. Pero significa que puedo confiar en él.

– ¿Y?

– Y le pedí que, si podía, me dijera de dónde procedían las piedras.

– ¿Cuándo esperas su respuesta?

– Hoy.

Brunetti no pudo disimular la sorpresa.

– ¿Cómo se las enviaste?

– Oh -dijo Claudio con estudiada naturalidad-. Tengo un sobrino que me hace trabajos eventuales.

– ¿Trabajos eventuales como llevar diamantes a Amberes?

– No es la primera vez.

– ¿Cómo hizo el viaje?

– En avión. ¿Cómo hay que ir a Amberes? Bueno -rectificó-, en avión a Bruselas y luego en tren.

– No debiste hacer eso, Claudio.

– Creí que era urgente -dijo el anciano, casi ofendido.

– Lo es, pero no debes hacer eso por mí. Deja que te pague los gastos.

Claudio agitó una mano casi con enojo.

– Viajar es bueno para él. Así ha visto cómo se trabaja allí. -Miró a Brunetti con afecto-. Además, tú eres un amigo.

– ¿No dices que las personas que comercian con diamantes no tienen amigos? -dijo Brunetti, pero con una sonrisa.

Claudio alargó la mano, quitó un hilo suelto de la costura del abrigo de Brunetti y lo dejó caer al suelo.

– No te hagas el tonto conmigo, Guido -dijo, sacando la billetera para pagar.

CAPITULO 19

Cuando iban a salir del bar, Brunetti tuvo que reprimir el impulso de ofrecerse a acompañar a Claudio a su casa, porque comprendía que él era la última persona con la que a su amigo le convenía ser visto. Así pues, dejó que el anciano se fuera solo y se quedó cinco minutos hojeando el Gazzettino antes de salir a su vez. Decidió volver a la questura, no porque le apeteciera sino porque Claudio se había ido en dirección opuesta.

El agente de la puerta saludó y dijo a Brunetti:

– El vicequestore Patta desea verle, señor.

Brunetti le dio las gracias agitando una mano y fue hacia la escalera. Subió a su despacho, se quitó el abrigo y marcó el número de la extensión de la signorina Elettra. Cuando ella contestó, Brunetti preguntó:

– ¿Qué quiere?

– Oh, Riccardo -dijo ella al reconocer su voz-. Gracias por contestar a mi llamada. ¿Podríais venir a cenar el jueves en lugar del martes? Olvidé que tenía entradas para un concierto y me gustaría cambiar el día, si no os importa. -En un aparte, la oyó decir-: Voy ahora mismo, vicequestore. -Y volviendo al teléfono-: ¿El jueves a las ocho, Riccardo? Magnífico. -Y colgó.

Aunque era tentadora la idea, Brunetti no podía creer que la signorina Elettra hubiera tratado de indicarle que se fuera y no volviera a la questura hasta el jueves por la noche, por lo que bajó la escalera para acudir a la llamada de su superior. En el antedespacho, vio que la puerta de Patta estaba entreabierta y dijo al entrar:

– Buenos días, signorina. Me gustaría hablar con el vicequestore, si está libre.

Ella se levantó, fue hacia la puerta, la abrió del todo y entró en el despacho. Brunetti la oyó decir:

– El comisario Brunetti desea verle, señor. -Al cabo de un momento salió y dijo-: Está libre, comisario.

– Gracias, signorina -dijo él entrando por la puerta que había quedado abierta.

– Cierre -dijo Patta a modo de saludo.

Brunetti así lo hizo y se sentó en una de las sillas situadas delante de la mesa de Patta, sin esperar la invitación.

– ¿Se puede saber por qué me ha colgado el teléfono? -preguntó Patta airadamente.

Brunetti juntó las cejas con gesto pensativo.

– ¿Cuándo, señor?

Con acento de cansancio, Patta dijo:

– Por mucho que a usted le divierta, esta mañana no tengo tiempo para juegos, comisario. -El instinto advirtió a Brunetti que debía callar, y Patta prosiguió-: Es sobre ese negro. Quiero saber qué ha hecho usted.

– Menos de lo que me gustaría hacer, señor -dijo Brunetti, respuesta que era verdad y mentira a la vez.

– ¿No podría concretar un poco? -preguntó Patta.

– Hablé con algunos de los hombres que trabajaban con él -empezó Brunetti, optando por omitir los detalles de la entrevista y los métodos utilizados para conseguirla-. Ellos se negaron a dar información sobre él. No he podido volver a ponerme en contacto con ellos. -Juzgó oportuno hacer como si creyera que Patta se interesaba por lo que ocurría en la ciudad, y dijo-: Habrá observado que ya no están en la calle.

– ¿Quiénes, los vu cumpra? -preguntó Patta, prescindiendo de la cortesía del lenguaje.

– Sí, señor. Han desaparecido de campo Santo Stefano -dijo Brunetti, sin hacer referencia a la ausencia de por lo menos varios de ellos de sus alojamientos. Aunque no podía estar seguro de que fuera verdad, dijo-: Da la impresión de que han desaparecido de la ciudad.

– ¿Adonde han ido? -preguntó Patta.

– No tengo ni idea, señor -reconoció Brunetti.

– ¿Qué más ha hecho?

Modulando la voz con esmero, Brunetti mintió:

– Eso es todo lo que me ha sido posible hacer. No había indicios útiles en el informe de la autopsia. -Esto era cierto: las indicaciones de Rizzardi sobre las señales de tortura habían llegado después del informe original que para entonces ya se había hecho desaparecer-. Todo Índica que era un senegalés que andaba metido en líos con gente peligrosa y no tuvo la prudencia de marcharse de la ciudad.

– Supongo que habrá trasladado esta información a los investigadores del Ministerio del Interior -dijo Patta.

Cansado de mentir, pero también consciente de que mantener por más tiempo una actitud pasiva no haría sino acrecentar las suspicacias de Patta, Brunetti dijo:

– No me ha parecido necesario, señor. Los supongo perfectamente capaces de obtenerla sin mi ayuda.

– Al fin y al cabo, es su trabajo.

Esto ya era demasiado, y Brunetti replicó:

– Y también es el mío.

Patta enrojeció y apuntó a Brunetti con un dedo colérico.

– Su trabajo es hacer lo que se le ordena sin cuestionar las decisiones de sus superiores. Dio una palmada en la mesa, para más énfasis.

El sonido reverberó en el despacho y Patta esperó a que se hiciera el silencio para seguir hablando, aunque percibió algo en la actitud de Brunetti que le hizo vacilar un segundo antes de decir:

– ¿No se le ha ocurrido pensar que yo podría saber algo más que usted acerca de lo que pasa?

"Dada la evidente falta" de familiaridad de Patta con la mayor parte del personal de la questura y sus actividades, el primer impulso de Brunetti fue el de echarse a reír, pero luego pensó que Patta podía referirse a unas fuerzas que obraban desde detrás de la questura, incluso desde detrás del Ministerio del Interior, y que quizá tuviera razón.

– Sí, señor, se me ha ocurrido -dijo Brunetti-, pero no veo la diferencia.

– La diferencia es que yo sé cuándo ciertos casos entran en el terreno de otras agencias -dijo Patta en tono razonable, como si él y Brunetti fueran antiguos condiscípulos que conversan amigablemente sobre el estado del mundo.

– Eso no significa que tengamos que cedérselos.

– ¿Usted se cree el más capacitado para decidir cuándo hemos o no hemos de llevar un caso? -preguntó Patta, y en su voz volvía a percibirse aquel desdén característico.