– Me alegro de que hayas encontrado tiempo para mí -dijo Brunetti-. Por cierto, ¿adonde vas?
– A Londres -respondió el conde, sin más explicaciones.
– ¿Estarás de vuelta para Navidad? -preguntó Brunetti, temiendo que sus hijos se quedaran sin el que para ellos seguía siendo uno de los puntos culminantes del año.
– Estaré de vuelta esta noche -respondió el conde.
El Brunetti más joven y menos mundano hubiera preguntado si realmente era posible ir y volver de Londres en un día en vuelo regular, pero el Brunetti que había entrado en la familia Falier hacía más de veinte años no haría semejante pregunta.
– Si te parece, iré al grano, para ahorrar tiempo -dijo Brunetti sin más preámbulos.
– Encantado -dijo el conde, y añadió-: Será un cambio muy agradable, respecto a la forma de actuar de la gente con la que trato habitualmente.
– El domingo mataron a un africano en campo Santo Stefano -empezó Brunetti. El conde asintió pero no dijo nada-. Después, al registrar el sitio en el que vivía, encontré escondidos diamantes sin tallar por un valor que se calcula en seis millones de euros, diamantes que, según se cree, proceden de África, de una región próxima a la frontera entre el Congo y Angola. Con posterioridad, el lugar fue registrado otra vez; seguramente, por sus asesinos o por alguien que estaba enterado de la existencia de los diamantes y quería quedarse con ellos. Dos días antes del asesinato, un africano trató de vender un gran número de diamantes a un comerciante de aquí, el cual se negó a comprarlos.
Brunetti calló, observando con curiosidad la reacción del conde. Éste permanecía impasible. En vista de que el silencio de Brunetti se prolongaba, dijo:
– Guido, supongo que quieres pedirme información. Con lo poco que me has dicho, no puedo dártela. Imagino que la historia se complica.
– Así es -dijo Brunetti-. Desde que se abrió la investigación, tanto el Ministerio del Interior como el de Asuntos Exteriores han mostrado interés por el caso.
– ¿Conjuntamente? -preguntó el conde con evidente sorpresa.
– Creo que no. Al parecer, actúan por separado. El Ministerio del Interior se ha hecho cargo del caso oficialmente, después de exigir a Patta su traspaso. El Ministerio de Asuntos Exteriores accedió al ordenador en el que se guardaban los archivos y los borró.
– No te preguntaré cómo lo has averiguado -dijo el conde.
– Será mejor -dijo Brunetti.
El conde puso una pierna encima de la otra, apoyó las palmas de las manos en el asiento enderezando el cuerpo y se volvió para mirar por la ventana. Brunetti, siguiendo la dirección de su mirada, vio a través del vidrio cuajado de gotas de agua los altos bastidores metálicos de las luces del estadio y la colección de estaciones de vaporetti retiradas del servicio que la Sociedad de Transportes de Venecia almacenaba al extremo de Sant'Elena.
El calor, la humedad de sus ropas y el ronroneo sostenido del motor contribuían a producir cierto embotamiento en Brunetti. El conde seguía callado. La embarcación se ladeó bruscamente al salir a las aguas abiertas de la laguna.
– Seis millones de euros son una suma relativa -dijo el conde. Brunetti volvió su atención hacia él-. Es decir, para la mayoría es una fortuna, una riqueza inconcebible. Para otros puede ser una cantidad relativamente insignificante. -Brunetti se preguntó en qué punto del espectro se hallaría situado el conde-. Para un africano, para la mayoría de la gente de África, es más fabulosa todavía, algo tan monumental, tan portentoso que llega a perder todo significado y pasa a ser una abstracción. -Hizo otra pausa, y a Brunetti casi le parecía oír zumbar el cerebro del conde mientras analizaba el problema-. Pensemos: qué querría hacer un africano con el dinero que obtuviera con la venta de unos diamantes. Si deseaba utilizarlos en beneficio propio, probablemente, trataría de venderlos uno a uno, quizá a talleres de joyería, quizá incluso a tiendas, aunque supongo que no habrá muchas joyerías que compren piedras sin tallar. Si conseguía venderlos por separado, se aseguraba una fuente de ingresos continua hasta que se acabaran los diamantes, pero mientras tanto tenía que encontrar un lugar seguro para guardarlos. -El conde lanzó una mirada a Brunetti, para ver si le seguía-. ¿Pero tú dices que ese hombre quería vender muchos de una sola vez?
Brunetti asintió.
El conde apoyó la cabeza en los almohadones que tenía detrás y cerró los ojos.
– Si quería venderlos todos es que necesitaba mucho dinero para comprar algo. -Abrió los ojos, volvió la cabeza y miró fijamente a Brunetti-: ¿Hasta aquí has llegado ya? -preguntó.
– Hasta las armas, sí -dijo Brunetti-. Quería preguntarte quién podría ser el vendedor, para tener una idea de lo que ha podido ocurrir.
El conde volvió a cerrar los ojos.
– Ah, Guido, tú nunca me decepcionas. -Sonrió y meneó la cabeza con jocosa aflicción-. Pero te agradeceré que en lo sucesivo no seas tan complaciente dejándome alardear de mi perspicacia cuando ya has sacado tus conclusiones.
– Descuida -dijo Brunetti.
Los dos hombres miraban por las ventanas el desfile de las balizas de madera del canal.
– Una vez él, o ellos, hicieran la compra de las armas -dijo el conde-, que a mi entender sería la parte fácil, tendrían que organizar el transporte. Y ahí es donde las cosas se complican.
Brunetti ignoraba la clase y la cantidad de las armas que podían comprarse con seis millones de euros, suponiendo que ésta fuera la cantidad mínima que se obtuviera con la venta de los diamantes. Con los años, las películas de la televisión habían hecho que el público se familiarizara con términos tales como Uzi y Kaláshnikov. Brunetti trató de calcular el volumen de las metralletas, desmontadas, que podían adquirirse por esa cantidad, pero tuvo que desistir.
El conde prosiguió:
– Tendrían que llevarlas hasta un puerto, cosa que sería fácil en camión. Luego habría que falsificar el conocimiento de embarque, sobornar a los inspectores de aduanas y convencer a la compañía naviera. Después vendría la descarga en el puerto de destino, donde la mercancía tendría que cargarse en camiones. -Se detuvo para dar tiempo a Brunetti de hacerse una idea de las complicaciones que allí podían presentarse-. De manera que quienquiera que organizara esta operación necesitaría disponer de más dinero para estos, digamos, gastos suplementarios y, además, tener en el punto de destino a una persona que recogiera y distribuyera las armas que hubiera podido adquirir. -Puso una mano en el antebrazo de Brunetti-. Se precisaría de un equipo bien organizado, por lo menos, allí. Aquí, para vender los diamantes y comprar las armas, bastaría con una persona. Éste debía de ser tu hombre muerto. -El conde levantó una mano y la pasó por la ventana empañada, sacó un pañuelo y se secó la mano. No se veía mucho más con el cristal limpio-. Lo que no entiendo es por qué habían de intentar vender los diamantes particularmente. Por regla general, esas operaciones se preparan de antemano.
– ¿Cómo dices?
– Lo normal es que la transacción sea concertada antes de traer los diamantes a Europa y, con frecuencia, a nivel gubernamental. Muchas veces es una simple operación de trueque, diamantes por armas, con lo que se evitan las complicaciones de mover grandes sumas de dinero -dijo el conde, e hizo aumentar la inquietud de Brunetti al añadir-: Y el transporte se cubre cargando un tanto por ciento.
Brunetti estaba intrigado por el significado de «nivel gubernamental», pero, antes de que pudiera preguntar, notó que el motor aminoraba la marcha al acercarse la embarcación al estrecho canal que conducía al muelle del aeropuerto. Miró el reloj.
– ¿A qué hora sale tu avión? -preguntó.
– No te preocupes -dijo el conde-. Me esperará. El barco se acercó a un muelle y Massimo miró al interior de la cabina, pero, al ver que el conde no se levantaba, retrocedió hacia el canal y puso el motor al ralentí. Brunetti miró a la solitaria terminal del aeropuerto y vio que había dejado de llover.