—Esa observación es muy interesante —dijo Ptraci, con lo que ganó el Premio Teppic a la agilidad mental.
—Vale la pena pensar en ella, ¿no te parece?
Teppic tiró de la cuerda para averiguar si sería capaz de sostener su peso.
—Lo que estás diciendo es que si de todas formas te va a ocurrir lo peor que te puedas imaginar quizá no valga la pena tomarse tantas molestias —dijo Ptraci—. Si vas a ser pasto del Devorador de Almas hagas lo que hagas quizá valdría la pena saltarse lo de los cocodrilos. ¿Es eso?
—Sube primero —dijo Teppic—. Creo que se acerca alguien.
—¿Quién eres?
Teppic hurgó en su faltriquera. Había vuelto a Djelibeibi hacía un eón con sólo las ropas que llevaba puestas ahora, pero eran las ropas que le habían acompañado durante todo su examen. Alzó la mano sosteniendo en equilibrio un cuchillo del Número Dos y la luz de las pirámides arrancó reflejos a la hoja. Había muchas posibilidades de que aquel cuchillo fuese el único objeto de acero existente en todo el país. El problema no estribaba en que Djelibeibi no hubiese oído hablar del hierro, sino en el convencimiento general de que si tu tatarabuelo había conseguido arreglárselas durante toda su vida usando cobre tú no eras nadie para llevarle la contraria.
No, los guardias no se merecían el que utilizara los cuchillos. No habían hecho nada malo.
Sus dedos se cerraron sobre la bolsita de rejilla que contenía las tachuelas de cuatro puntas. Eran de un modelo pequeño, y cada punta apenas medía dos centímetros de longitud. Las tachuelas nunca han matado a nadie, pero obligan a ir un poco más despacio. Una o dos tachuelas clavadas en la planta del pie provocaban un acceso repentino de cautela y lentitud extremas en cualquier persona, salvo en las que padecían un caso terminal de entusiasmo y devoción al deber.
Teppic esparció unas cuantas tachuelas delante de la boca del pasillo, volvió corriendo hacia la cuerda y subió por ella con unos cuantos tirones y balanceos lo más rápidos posible. Llegó al tejado justo cuando los primeros guardias pasaban corriendo por debajo del dintel. Esperó hasta oír la primera maldición, enrolló la cuerda de seda y fue corriendo hacia la chica.
—Nos cogerán —dijo Ptraci.
—No lo creo.
—Y después de que nos hayan cogido el faraón ordenará que nos arrojen a los cocodrilos.
—Oh, no, no creo que él…
Teppic se calló antes de completar la frase. Era una idea muy intrigante, desde luego.
—Bueno, quizá lo hiciera —dijo por fin—. Hoy en día no hay forma de estar seguro de nada.
—¿Y qué hacemos ahora?
Teppic miró hacia la otra orilla del río. Las pirámides seguían emitiendo su luz. Las llamas silenciosas que brotaban de ellas revelaban que la Gran Pirámide aún no estaba terminada. Un enjambre de bloques empequeñecidos por la distancia flotaba alrededor de su punta. La cantidad de horas-hombre que Ptaclusp estaba invirtiendo en el proyecto resultaba realmente asombrosa.
«Ésa sí que dará luz —pensó Teppic—. Se podrá ver incluso en Ankh.»
—Son horribles, ¿verdad? —preguntó Ptraci a su espalda.
—¿Tú crees?
—Me ponen la piel de gallina. El faraón anterior las odiaba, ¿sabes? Decía que eran como clavos que mantenían unido el Reino al pasado.
—¿Y nunca dijo por qué?
—No. Las odiaba y punto. Era muy agradable. Y muy bueno. No como el nuevo.
Ptraci se sonó la nariz y volvió a colocar el pañuelo en el hueco apenas capaz de contenerlo formado por su sujetador cubierto de lentejuelas.
—Eh… Oye, ¿qué era lo que tenías que hacer exactamente? —preguntó Teppic—. Como doncella, quiero decir… —añadió mientras observaba el panorama de los tejados para ocultar lo incómodo que se sentía.
Ptraci lanzó una risita.
—No eres de por aquí, ¿verdad?
—No, la verdad es que no.
—Bueno, básicamente hablar con él. O escuchar. Cuando quería era capaz de charlar por los codos, pero siempre decía que en realidad nadie le escuchaba.
—Sí —dijo Teppic sintiendo una punzada de pena—. Y supongo que eso era todo, ¿eh?
Ptraci le miró fijamente y soltó una segunda risita.
—Oh, ¿pensabas en… en eso? No, era muy bueno, ya te lo he dicho. No es que me hubiera importado, entiéndeme. Me han enseñado todo lo que una doncella necesita saber, y la verdad es que al principio casi me sentí desilusionada. Las mujeres de mi familia llevan siglos sirviendo a los monarcas, ¿sabes?
—Ah, ¿sí? —logró decir Teppic.
—No sé si has visto alguna vez un libro llamado El palacio…
—… secreto —dijo Teppic reaccionando de forma automática.
—Ya me imaginaba que un caballero como tú lo habría leído —dijo Ptraci dándole un suave codazo en las costillas—. Es una especie de libro de texto. Bueno, pues mi tatarabuela posó para muchas de las ilustraciones. Ya hace algún tiempo de eso, claro… —añadió Ptraci por si se daba el caso de que Teppic no la hubiera entendido bien—. Ya lleva veinticinco años muerta así que hacerla posar ahora habría resultado un poco desagradable y nada estimulante. Cuando era joven mi abuela trabajó de modelo. Todo el mundo dice que me parezco mucho a ella.
—Urk —asintió Teppic.
—Llegó a ser muy famosa. Podía poner los pies detrás de la cabeza, ya sabes… Yo también puedo hacerlo. Me dieron un diploma especial por eso.
—¿Urk?
—Recuerdo que en una ocasión el difunto faraón me dijo que el sentido del humor es una compensación divina a los que renuncian al sexo. Creo que en esos momentos estaba bastante trastornado.
—Urk.
Las pupilas de Teppic se habían escondido debajo de los párpados y sólo se le veía el blanco de los ojos.
—Oye, no eres muy hablador, ¿eh?
La brisa de la noche estaba llevando el perfume de Ptraci hacia él. Ptraci usaba el perfume de la misma forma que un ejército de asedio los arietes.
—Tenemos que encontrar un sitio para que te escondas —dijo concentrándose en cada palabra—. ¿No tienes padres o algo así?
Teppic intentó ignorar el hecho de que la ausencia de sombras creada por los resplandores de las pirámides producía el curioso efecto de hacer que Ptraci pareciera hallarse envuelta en una aureola, pero no tuvo mucho éxito.
—Bueno, mi madre sigue trabajando en algún lugar del palacio —dijo Ptraci—. Pero creo que no le haría mucha gracia que fuese a verla en estas circunstancias.
—Hay que llevarte lejos de aquí —dijo Teppic con fervor—. Si puedes pasar el día escondida en algún sitio robaré unos caballos, un bote o lo que sea. Después podrías ir a Espadarta, a Efebas o a algún lugar.
—¿Te estás refiriendo al extranjero? Creo que no me gustaría —dijo Ptraci.
—¿Ni tan siquiera comparado con el Otro Mundo?
—Bueno, si lo planteas de esa forma… —Ptraci le cogió del brazo—. ¿Por qué me has rescatado?
—Esto… Creo que porque estar vivo es bastante mejor que estar muerto.
—Aún no he terminado mis estudios, pero he llegado hasta el número 46 de la tabla, la Conjunción de las Cinco Hormigas Auspiciosas —dijo Ptraci—. Si tuvieras a mano un poco de yoghurt quizá podríamos…
—¡No! Quiero decir… No. Aquí no. Ahora no. Debe haber gente buscándonos, y ya casi ha amanecido.
—¡No hace falta que te pongas a chillar de esa manera! Sólo estaba intentando ser amable.
—Sí. Ya… Estupendo. Gracias.
Teppic le dio la espalda con algo parecido a la desesperación y se asomó por encima de un parapeto que daba a uno de los numerosos tragaluces del palacio.
—Esto conduce al taller de los embalsamadores —dijo—. Ahí abajo tiene que haber montones de sitios donde esconderse.