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Se hizo un silencio de lo más incómodo, hasta que Phillip le tendió una mano a Jamison.

– Jamison Clarke, Phillip…, un amigo -murmuré. En cuanto lo dije, me di cuenta de que la había metido hasta el fondo. Hay gente que se refiere a sus amantes como amigos. Es menos cursi que otras opciones.

– Así que eres el… amigo de Anita. -Jamison sonreía de oreja a oreja y dijo «amigo» muy lentamente, paladeando la palabra.

Mary hizo un gesto de entusiasmo con la mano. Phillip la vio y le dedicó una sonrisa deslumbrante, de esas que ponen a cien a cualquiera. Ella se sonrojó.

– Bueno, tenemos que irnos. Vamos, Phillip. -Lo cogí del brazo y comencé a tirar de él hacia la puerta.

– Encantado de conocerte, Phillip -dijo Jamison-. Les hablaré de ti a los demás. Estoy seguro de que a todos los que trabajan aquí les encantaría conocerte. -Jamison se estaba divirtiendo de lo lindo.

– Ahora no podemos, Jamison -dije-. Quizá en otra ocasión.

– Lo que tú digas -contestó.

Jamison nos acompañó a la puerta y nos sonrió mientras salíamos al pasillo cogidos del brazo. Hay que joderse. Tener que permitir que aquel lameculos sonriente pensara que tenía novio. Virgen santa, y encima se lo iba a contar a todo el mundo. Phillip me pasó la mano por la cintura, y tuve que tragarme las ganas de apartarlo de un empujón. Vale, de acuerdo, estábamos fingiendo. Lo sentí vacilar cuando me rozó con la mano la pistolera del cinturón.

En el pasillo nos cruzamos con una empleada de la agencia inmobiliaria. Me saludó a mí, pero se quedó mirando a Phillip, que sonrió. Cuando nos detuvimos a esperar el ascensor volví la cabeza y vi que la muy zorra le estaba mirando el culo.

No se podía negar que tenía un buen culo. Ella me pilló mirándola y apartó la vista rápidamente.

– ¿Defendiendo mi honor? -preguntó Phillip.

– ¿Qué haces aquí? -Me aparté de él y pulsé el botón del ascensor.

– Jean-Claude no volvió anoche. ¿Tienes idea de por qué?

– No me fui con él, si es eso lo que insinúas.

Se abrieron las puertas del ascensor. Phillip se apoyó contra ellas y las mantuvo abiertas con el cuerpo y un brazo. La sonrisa que me dedicó era pura insinuación: un poco de malicia; mucho sexo. ¿Estaba segura de querer quedarme a solas con él en el ascensor? Probablemente no, pero iba armada. Y por lo que podía ver, él no.

Pasé por debajo de su brazo sin agacharme. Las puertas se cerraron a nuestras espaldas. Estábamos solos. Se quedó apoyado en una esquina, con los brazos cruzados y mirándome a través de sus gafas negras.

– ¿Siempre haces eso? -pregunté.

– ¿A qué te refieres? -dijo, con una leve sonrisa.

– A las poses.

Se puso algo tenso, pero enseguida volvió a relajarse contra la pared.

– Es un talento natural.

– Ya-dije, sacudiendo la cabeza. Me quedé mirando el indicador del número de piso.

– ¿Jean-Claude está bien?

Lo miré y no supe qué decir. El ascensor se detuvo y salimos.

– No me has contestado -dijo en voz baja.

– Ya es casi mediodía. -Suspiré. Era una historia demasiado larga de contar-. Te explicaré lo que pueda mientras comemos.

– ¿Intenta ligar conmigo, señorita Blake? -Sonrió.

– Más quisieras. -Le devolví la sonrisa sin poder evitarlo.

– Quizá-dijo.

– Nunca dejas de coquetear, ¿verdad?

– A la mayoría de las mujeres les gusta.

– A mí me gustarías más si no pensara que tanto te da coquetear conmigo que con mi abuela de noventa años.

– No tienes muy buen concepto de mí -dijo, conteniendo a duras penas una carcajada.

– Tiendo a juzgar a la gente. Es uno de mis defectos.

Volvió a reír, con una risa encantadora.

– Quizá puedas hablarme del resto de tus defectos después de decirme dónde está Jean-Claude.

– Lo dudo.

– ¿Por qué?

Me detuve ante las puertas de cristal que daban a la calle.

– Porque te vi anoche. Sé qué eres y qué te pone.

– Hay muchas cosas que me ponen. -Alargó la mano y me acarició el hombro.

Le miré la mano con el ceño fruncido, y la apartó.

– Déjalo, Phillip. No me interesa.

– Puede que te interese cuando terminemos de comer.

Suspiré. Había conocido a otros como Phillip, guaperas habituados a mojar bragas. No pretendía ligar; sólo que reconociera que me resultaba atractivo. Y hasta entonces no iba a dejar de darme la tabarra.

– Me rindo; tú ganas.

– ¿Que gano? -preguntó.

– Eres maravilloso, estás como un puto tren. Eres uno de los tíos más guapos que he visto en mi vida. Desde la suela de los zapatos hasta la forma de tu mandíbula, pasando por los vaqueros ceñidos y por esos abdominales perfectos, estás buenísimo. Ahora, ¿podemos ir a comer y dejarnos de gaitas?

Se bajó las gafas de sol lo suficiente para mirarme por encima de ellas. Se quedó así durante un momento y se las volvió a subir.

– Escoge tú el restaurante. -Lo dijo con tono normal, sin coqueteos.

No sabía si se había ofendido. Pero tampoco estaba segura de que me importara.

Capítulo 19

En el exterior, el calor era palpable, un muro de bochorno y humedad que se pegaba a la piel como el plástico de cocina.

– Te vas a asar con esa cazadora -dije.

– Hay mucha gente a la que no le gustan las cicatrices.

Dejé de abrazar las carpetas y alargué el brazo izquierdo. La cicatriz relució al sol, más brillante que el resto de la piel.

– Si tú no se lo cuentas a nadie, yo tampoco.

Se quitó las gafas de sol y me miró. No fui capaz de interpretar su expresión. Sólo sabía que estaba pasando algo detrás de aquellos grandes ojos marrones.

– ¿Es tu única mordedura? -preguntó en voz baja.

– No -dije.

De repente, apretó los puños y sacudió la cabeza, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Un temblor le recorrió la espalda y los brazos, hasta los hombros, y giró el cuello, como para sacudírselo. Volvió a ocultarse tras las gafas negras y devolvió a sus ojos el anonimato. Se quitó la cazadora. Las cicatrices del interior de los codos eran blancuzcas y le contrastaban con el bronceado. La de la clavícula asomaba por encima de la camiseta. Tenía un cuello bonito, grueso pero no demasiado musculoso, con la piel tersa y bronceada. Conté cuatro marcas de colmillos en aquella piel perfecta, y eso sólo en el lado derecho. El izquierdo estaba oculto bajo el vendaje.

– Puedo volver a ponerme la chaqueta, si quieres -dijo al ver que lo miraba fijamente.

– No, es sólo que…

– ¿Qué?

– Nada. No es asunto mío.

– Pregunta lo que quieras, mujer.

– Vale. ¿Por qué lo haces?

– Es una pregunta muy personal. -Sonrió, pero era una sonrisa agria y sarcástica.

– Has dicho que podía preguntar lo que quisiera. -Miré al otro lado de la calle-. Suelo comer en Mabel's, pero podrían vernos.

– ¿Te avergüenzas de mí? -Su voz había sonado áspera, como el papel de lija. No podía verle los ojos, pero sí que tenía tensos los músculos de la mandíbula.

– No es eso -aclaré-. Eres tú el que se ha presentado en mi despacho fingiendo ser mi «amigo». Si vamos a un local donde me conozcan, tendremos que seguir con la farsa.

– Hay mujeres que pagarían por tenerme de acompañante.

– Lo sé; las vi anoche.

– Cierto, pero el caso es que te da vergüenza que te vean conmigo. Por culpa de esto. -Se tocó el cuello con la mano, tímidamente y con la delicadeza de un pajarito.

Empezaba a sospechar que lo había ofendido. No es que me preocupara demasiado, pero sabía qué se sentía al ser diferente; sabía cómo sienta estar con gente que se avergüenza de una. No se trataba de ofender o dejar de ofender a Phillip; era una cuestión de principios.