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Tras morir Gordon Cloade sin testar, su viuda Rosaleen resultaba heredera universal del difunto, en perjuicio de los parientes del mismo. Un problema, sin embargo, surge frente a la muchacha: Rosaleen había enviudado antes de un primer esposo, oficialmente muerto pero que de pronto aparece vivo. Esta inesperada "resurrección" llena de esperanza a algunos parientes sumidos en la pobreza, pero también despierta la codicia de otras personas, que acaba por provocar un torbellino de mentiras, suplantaciones de personalidad, chantaje, perjurio, insultos, amenazas, accidentes y muertes violentas. Una conmoción cuya secuela en forma de criminal embrollo obligará a Hércules Poirot a exprimirse frenéticamente las células grises.

Agatha Christie

Pleamares de la vida

ePUB v1.0

Ormi 30.10.11

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Taken At The Flood

Traducción: Manuel Amechazurra

Agatha Christie, 1948

Edición 1992 - Editorial Molino - 256 páginas

ISBN: 84-272-0136-2

Guía del Lector

En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra:

AITKINS (Gladys) Camarera de la hostería «El Ciervo».

ARDEN (Enoch) De El Cabo, por otro nombre Charles Trenton.

CLOADE (Gordon) Millonario, que fue agente de compras del Gobierno.

CLOADE (Jeremy) Abogado, hermano de Gordon.

CLOADE (Lionel) Médico, hermano menor de Gordon.

CLOADE (Rowley) Agricultor, primo de la repetida familia y prometido de Lynn.

FRANCES Esposa de Jeremy.

GEYTHORNE Abogado de Rosaleen.

GEORGE Fiel criado de Poirot.

GRAVES Sargento de policía.

HUNTER (David) Hermano de Rosaleen.

KATHIE Esposa de Lionel y convencida espiritista.

LIPPINCOTT (Beatrice) Dueña de la hostería «El Ciervo».

LYNN Agraciada hija de Adela y sobrina de los Cloade.

MARCHMONT (Adela) Hermana de los Cloade.

PEBMARS Juez instructor.

POIROT (Hércules) Sagaz detective belga.

PORTER (George Douglas) Comandante encargado de la Defensa Pasiva y gran amigo de Robert Underhay.

SPENCE Superintendente de policía.

SEÑORA LEADBETTER Irascible anciana, huésped de «El Ciervo».

UNDERHAY (Robert) Primer esposo que fue de Rosaleen.

UNDERHAY (Rosaleen) Viuda del anterior y casada en segundas nupcias con Gordon Cloade.

VAVASOUR (Johnny) Socio de Rowley Cloade.

Hay una marea en la vida de los hombres

Cuya pleamar puede conducirlos a la fortuna,

Mas si se descuida, el viaje entero

Abocado está a perderse entre bajíos y arrecifes

Que en pleno océano flotando hallamos.

Precisa aprovechar la corriente mientras fluye

O conformarse a ver nuestra empresa fracasada.

W. SHAKESPEARE Julius Caesar, acto IV; Brutus

Prólogo

1

No hay club sin su correspondiente plomo, y el Coronation no podía ser una excepción a la regla. El hecho de que un ataque aéreo se hallase en curso, no hacía variar en lo más mínimo esta circunstancia. El comandante Porter, antiguo oficial del ejército de la India, hizo crujir entre sus dedos las hojas de un periódico y carraspeó para aclarar su garganta. Todos los allí presentes hicieron ademán de esquivar sus miradas, sin conseguirlo.

—Veo que se anuncia en The Times —dijo— la muerte de Gordon Cloade. Discretamente, por supuesto. «El 5 de octubre, como resultado de una acción del enemigo.» No se menciona el lugar en que ocurrió. A decir verdad, fue a cuatro pasos de donde yo vivo. Uno de esos caserones que se alzan en la cúspide de Camden Hill. Les aseguro que me conmovió un tanto. Soy, como ustedes saben, uno de los encargados de la Defensa Pasiva. Cloade acababa de regresar de los Estados Unidos. Había ido allí como agente de compras del Gobierno y se casó durante su estancia en aquel país con una joven viudita que muy bien podría haber pasado por su hija. La señora Underhay. Tuve el gusto de conocer a su primer marido en Nigeria.

El comandante Porter se detuvo. Nadie mostró interés en lo que decía ni le animó a que prosiguiera. Los periódicos se alzaron diligentemente hasta cubrir del todo las caras de sus lectores, acción que hubiese bastado para desanimar a otro que no hubiese sido nuestro intrépido narrador. El comandante Porter tenía siempre largas historias que contar, la mayoría de ellas acerca de gentes a las que nadie parecía conocer.

—Es interesante —dijo el comandante Porter, con firmeza, clavando distraídamente los ojos en un extremadamente puntiagudo par de zapatos que había enfrente, tipo de calzado que merecía su más absoluta desaprobación.

—Como ya he dicho, soy uno de los encargados de la Defensa Pasiva —prosiguió—. ¡Qué cosas más raras ocurren en las explosiones! Nunca se puede predecir la magnitud del efecto. Ésta derrumbó el sótano y partió en dos el tejado. El piso primero, sin embargo, quedó intacto. Había seis personas en la casa. Tres criados (un matrimonio y una doncella), Gordon Cloade, su esposa y un hermano de ésta. Todos se refugiaron en el sótano con excepción del hermano de la esposa, un «ex comando», que prefirió permanecer en su cómoda alcoba del primer piso y que se libró de la catástrofe con sólo unas cuantas magulladuras. Los tres criados perecieron en la explosión. Gordon Cloade fue extraído con vida aún de entre los escombros, pero murió camino del hospital. Su esposa fue hallada inconsciente, sin una sola prenda de vestir que la cubriera, pero ilesa al parecer. Se espera que no tardará en reponerse del todo y convertirse en una acaudalada viuda. A Cloade se le calculaba bien pasado el millón.

De nuevo se detuvo el comandante Porter. Su mirada ascendió de aquellos puntiagudos zapatos a un pantalón de rayas, después a una negra americana y finalmente a una cabeza de forma de huevo y unos descomunales mostachos. «¡Algún extranjero!», pensó. Eso explicaría lo de los zapatos.

—¡A lo que ha llegado el club! —se dijo para sí—. No hay modo de librarse de estos extranjeros, ni aun en tu propia casa.

Este pensamiento no dejó de aguijonearle durante el curso del resto de su narración. El hecho de que aquel extranjero estuviese prestándole toda su atención, no parecía hacer disminuir un ápice su prejuicio.

—No debe de tener más de veintiocho años —prosiguió—; y viuda por segunda vez. O por lo menos...; así lo cree ella.

Hizo otra pausa dejando así libre acceso a la curiosidad o el comentario.

Al no conseguir ni la una ni el otro, continuó, impertérrito:

—Casi diré que tengo mis propias ideas acerca del caso. Muy raro todo. Como ya he dicho, conocí a su primer marido. Se llamaba Underhay. Excelente muchacho y fue un tiempo comisionado de distrito en Nigeria. Muy sagaz en el desempeño de su cargo. Se casó con la muchacha en la ciudad de El Cabo en ocasión de hallarse ésta en dicho punto formando parte de una compañía teatral que hacía una jira por África del Sur. Aunque bonita, la suerte no parecía acompañarle. Se sentía desamparada, y al escuchar al pobre Underhay hablar de sus grandes proyectos en aquel vasto territorio, pensó que una vida así sería el único modo de alejarla de todo aquello que hasta entonces le rodeara. Se casaron. Él estaba enamorado como un tonto, pero el matrimonio no dio los resultados apetecidos. Ella odiaba la selva, le aterrorizaban los nativos, se sentía constantemente invadida por una profunda tristeza. Su idea de la vida era la de estar en perpetuo contacto con los grandes poblados y tener oportunidad de charlar allí con los que fueron sus compañeros de antaño. «La soledad de dos en compañía» no había entrado jamás en sus cálculos. Tengan presente que yo nunca llegué a conocerla y que cuanto digo, lo supe por boca del propio Underhay. Fue un golpe rudo para él y optó por obrar como un cumplido caballero. La envió de vuelta a su casa, ofreciendo concederle el divorcio si así lo deseaba. Fue poco después cuando yo conocí a Underhay. Su estado era el de un hombre al borde de la desesperación y que necesitaba la presencia de alguien en quien poder confiar sus penas. Era un muchacho de costumbres un tanto anticuadas y no le seducía la idea del divorcio. Un día me dijo: «Hay otros modos de dar a una mujer su libertad.» «Escuche, amigo mío —le dije—, nada de locuras. No hay mujer en el mundo que merezca que un hombre cometa la torpeza de alojarse una bala en el cerebro.» Me contestó que no era ésta su idea. «Pero soy solo en el mundo —me dijo—, no tengo parientes ni amigos que hayan de preocuparse por mí. Si la noticia de mi muerte llega a Rosaleen, esto la convertirá automáticamente en una viuda, que es quizá lo que ella desea.» «Pero, ¿y usted?», pregunté. «Probablemente un tal Enoch Arden —contestó—, surgirá a unas mil millas de distancia e intentará rehacer de nuevo su vida.» «Eso podría ponerla a ella en un serio compromiso», le advertí. «¡Oh, no! —dijo—. Seguiré el juego hasta el fin. Roberto Underhay no dejará nunca de hacer su papel de muerto.»