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Al tercer día, la pendiente de la llanura nevada se hizo más sensible y aparecieron grandes grietas que frenaban el avance porque había que marchar con más cuidado, tanteando la nieve para no hundirse a través de la fina capa que disimulaba la grieta. Por la tarde se observaron indicios de un próximo cambio del relieve.

Al Norte, las nubes se dispersaban, ahuyentadas por el viento, y entre sus guedejas grises tan pronto aparecían como se ocultaban unas montañas bastante altas que corrían en larga cadena por todo el horizonte. Sobre el fondo níveo general de estas montañas negreaban unos contrafuertes rocosos. El sol permanente rodaba sobre la cresta misma de la cordillera, lanzando un brillo opaco a través del cendal de las nubes y tiñéndolas de color rojizo. En primer plano la llanura nevada reflejaba el cielo y se había cubierto de manchas y franjas azulencas, liláceas y rosadas. Era prodigioso el cuadro general del desierto nevado y de la misteriosa cordillera que se ofreció por primera vez a los ojos de los viajeros.

La ascensión a esta cordillera, bautizada con el nombre de Russki, duró tres días, retardada por las grandes grietas abiertas en el hielo. La expedición seguía uno de los valles transversales, entre contrafuertes rocosos.

El torrente de hielo, o sea, el glaciar que descendía por un valle de la vertiente meridional de la cordillera, tendría hasta un kilómetro de anchura y, — a ambos lados, un ribete de oscuros contrafuertes rocosos bastante abruptos alternaba con vertientes más suaves, cubiertas de una espesa capa de nieve. Los primeros estaban salpicados de trozos de basalto grandes y pequeños y, en algunos lugares, protegidos, presentaban minúsculas plataformas con vegetación polar. Por el camino, Kashtánov iba estudiando los riscos y Gromeko, recogiendo plantas. Para Pápochkin no hubo apenas botín: en todo el día sólo reunió unos cuantos insectos, medio muertos en la nieve o vivos en las praderas.

Las densas nubes que ocultaban el cielo flotaban a escasa altura que casi rozaban la cabeza de los viajeros, que avanzaban como si fueran por un corredor ancho pero muy bajo, de suelo blanco agrietado, muros negros y techo gris. En todas partes donde se acentuaba la inclinación del valle, la superficie más o menos lisa del hielo se convertía en glaciar surcado por multitud de grietas y que muchas veces no era más que un caos de bloques de hielo por encima de los cuales tenían que hacer pasar los trineos; los hombres y los perros se extenuaban y, en un día, no recorrían más que diez kilómetros de ese camino. El tiempo continuaba entoldado. El viento del Sur arrastraba las nubes bajas que ocultaban la cresta de los contrafuertes; sus vertientes negras enmarcaban la superficie desigual del helero por el que avanzaban con gran dificultad los trineos de la expedición. En los sitios peores había que descargarlos y transportar a hombros la impedimenta. Finalmente, al atardecer del tercer día llegaron a un puerto que alcanzaba casi mil quinientos metros de altura sobre el nivel del errar y era una meseta nevada. El tiempo seguía entoldado, la cresta de la cordillera hallábase totalmente oculta por nubes grises que galopaban hacia el Norte y la expedición se movía siempre en medio de una niebla ligera que lo envolvía todo a cien pasos de distancia.

Esta circunstancia apenaba mucho a todos porque, si hubiera hecho buen tiempo, habrían descubierto desde lo alto de la cordillera un vasto panorama y hubiesen podido trazar el mapa de una parte considerable de la Tierra de Nansen.

En el puerto montaron el segundo depósito, donde dejaron las colecciones reunidas por el geólogo en los contrafuertes de la vertiente meridional. En todo el tiempo el botín del zoólogo se había limitado a la piel y el cráneo de un toro almizclero. Poco antes del puerto, la expedición se había cruzado con un pequeño rebaño de estos animales.

Capítulo IX

UN DESCENSO INTERMINABLE

La vertiente septentrional de la cordillera tenía un carácter completamente distinto: era una llanura nevada infinita que descendía suavemente hacia el Norte, y los perros arrastraban con facilidad los trineos cuesta abajo. Pero el tiempo empeoró. Un tenaz viento del Sur empujaba las nubes espesas que se arremolinaban pegadas casi a la superficie de la nieve y ocultaban por entero el horizonte. Muchas veces se desencadenaban ventiscas y, si los viajeros pudieron continuar avanzando sin especiales dificultades, fué únicamente porque el viento les ayudaba y el frío no pasaba de diez!a quince grados bajo cero. Las grietas eran bastante frecuentes, pero todas ellas estrechas, de manera que se superaban sin dificultad. Pero, a causa de la nevasca, había que avanzar con mucha precaución porque la nieve reciente ocultaba muchas veces en absoluto estas trampas. Al finalizar la jornada, la ventisca había alcanzado tal fuerza que necesitaron grandes esfuerzos para montar layurta.

A la mañana siguiente se encontraron con que layurtahabía sido recubierta de nieve hasta el techo y Borovói, al levantarse antes que los demás para sus observaciones meteorológicas, pegó con la cabeza en un montón de nieve al trasponer la puerta. Los viajeros tuvieron que abrirse paso con ayuda de las palas, y cuando salieron de la yerta, vieron que habían desaparecido los trineos y los perros: en torno a la yurta se levantaban únicamente grandes montones de nieve. Sin embargo, fácil era adivinar que los trineos y los animales habían sido simplemente, recubiertos por la nieve, ya que era insensato pensar en el hurto de los primeros y la huida de los segundos en aquel desierto nevado. Todos tuvieron que ponerse a quitar la nieve.

Al escuchar las voces de los hombres, los perros comenzaron ellos mismos a salir de debajo de los montones de nieve para recibir cuanto antes su ración de por la mañana. Era curioso ver cómo empezaba a levantarse aquí y allá la superficie de la nieve formando un montículo que rompía, al fin, una cabeza peluda, negra, blanca o con manchas lanzando ladridos de alegría.

En la llanura infinita, la nieve recién caída formaba una capa de medio metro todo lo más y se había amontonado únicamente en, torno a los obstáculos: la tienda, los trineos y los perros. Como soplaba un fuerte viento mientras caía, la nieve no estaba muy apelmazada. Los trineos y los perros se atascaban, pero los esquiadores no se hundían demasiado en ella. Había que cambiar muchas veces la formación porque el trineo de cabeza, que desbrozaba el camino para los demás, había de cumplir el trabajo más difícil y se cansaban rápidamente los perros que tiraban de él. Estos cambios, impuestos por la blandura de la nieve, no permitían avanzar rápidamente, de manera que, aunque el viento era más débil y había cesado la nevasca, aunque el camino descendía por una vertiente lisa y las grietas estaban enteramente cegadas por la nieve, sólo pudieron recorrer veintidós kilómetros durante la jornada y se detuvieron a cincuenta y cinco kilómetros del puerto. Allí montaron el tercer depósito.

Por la noche, la nevasca recobró su fuerza y por la mañana los viajeros tuvieron que volverse a desenterrar, aunque de montones de nieve menos profundos. En la llanura, la capa de nieve reciente alcanzaba ahora ya casi el metro, dificultando aún más el avance. Por eso, después de haber recorrido sólo quince kilómetros en la jornada, todos estaban tan cansados que hicieron alto para pasar la noche antes quede costumbre. Tanto el panorama como el tiempo conservaban su abrumadora monotonía.

Por la tarde cesó la nevasca y, a través de las nubes que seguían extendiéndose casi a ras de la infinita llanura nevada, apareció por momentos el sol, que pendía muy bajo sobre el horizonte. El cuadro que se ofrecía a los ojos de los observadores era absolutamente fantástico: la llanura impoluta, los remolinos y los jirones de las nubes grises que se arrastraban raudas por su superficie y cambiaban de contornos sin cesar, las columnas de menudos copos de nieve que giraban en el aire y, aquí y allá, en este opaco cendal blanco grisáceo y movedizo,