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El viento continuaba soplando del Sur y trayendo las mismas nubes grises y bajas que lo ocultaban todo a ciento o doscientos metros de distancia. El termómetro marcaba 1 bajo cero y estaba nevando.

— Hoy debemos comprobar si subimos o bajamos — propuso Makshéiev-. Entre los instrumentos tenemos un nivel ligero y una mira.

Continuaba la misma llanura nevada, pero la nieve se había helado un poco y era más fácil avanzar. La inclinación, poco acentuada, iba indudablemente hacia arriba y, recurriendo varias veces en el día al nivel, se comprobó lo que veían los ojos y lo que demostraban los perros con su marcha.

Durante la jornada recorrieron veintitrés kilómetros, ya que las mediciones con el nivel ocuparon bastante tiempo.

En cuanto quedó instalada la tienda, Borovói colocó sus aparatos: el termómetro marcó 128 .

Borovói lanzo un juramento sonoro y escupió al suelo.

— La única explicación posible es que en este agujero no son aplicables las leyes físicas establecidas para la superficie terrestre y hay que elaborar otras nuevas — opinó Kashtánov.

— Eso se dice muy pronto — replicó Borovói enfadado-. ¡A ver quién las elabora, así, de pronto! Centenares de sabios han estado trabajando decenas de años y aquí toda su labor queda tirada por los suelos igual que si nos encontrásemos en — otro planeta. ¡Yo no lo puedo admitir y estoy dispuesto a presentar la dimisión!

Todos rieron a esta salida del meteorólogo que, de todas formas, se puso a sus cálculos y anunció que durante el día habían ascendido — mejor dicho, habían bajado— ochocientos sesenta metros y que aquel punto se encontraba a nueve mil metros bajo el nivel del mar.

— He consultado el prontuario de física — advirtió Kashtánov— y resulta que el agua hierve a 120 bajo una presión de dos atmósferas y a 134 bajo una presión de tres atmósferas. Ahora soportamos una presión de dos atmósferas y media aproximadamente.

— Y se comprende que con esta presión se encuentre uno mal y sienta vértigos — declaró Borovói sombrío.

Los demás confirmaron que — desde la noche pasada entre los hielos se encontraban peor, sentían opresión en el pecho, pesades de cabeza y lentitud de movimientos. El sueño era inquieto, con pesadillas.

— También los perros se encuentran mal — declaró Igolkin-. Parecen haberse debilitado y tiran peor, aunque la subida no es empinada. Yo pensaba que estaban cansados, ¡y mira tú lo que era!

— Sería interesante tomar el pulso, a todos — propuso Gromeko-. ¿Cuánto tiene usted normalmente, Iván Andnéievich?

— Setenta y dos — contestó Borovói presentando la mano sal médico.

— ¿Ve usted? ¡Pues ahora tiene cuarenta y cuatro! La diferencia es sensible. Con esta presión el corazón. funciona más lentamente, lo que se refleja en el estado general.

— Entonces, ¿si continúa el descenso acabará deteniéndose completamente el corazón? — preguntó Makshéiev.

— ¡No creo que vayamos a bajar hasta el centro de la tierra — contestó Gromeko riendo.

— ¿Por qué no? — rezongó Borovói-. Este embudo monstruoso quizá llegue hasta el centro de la tierra. Ahora estoy dispuesto a creérmelo todo. Y no me asombraré ni aun cavando salgamos de él en medio de los hielos del Polo Sur.

— ¡Eso ya es un disparate! — observó Rashtánov-. No puede haber orificio que atraviese de parte a parte el globo terrestre ni embudo que llegue hasta el centro. Sería una cosa en contradicción con todos los datos de la Geofísica y la Geología.

— ¡Ah, muy bien! ¿Y en cambio admite usted las contradicciones a todas las leyes de la Meteorología que venimos observando? Ya verá como también fallan las leyes de su Geología.

Kashtánov se echó a reír.

— La Meteorología, Iván Andréievich, es una ciencia trivial — dijo en broma-. Tiene que tratar con el medio inconstante de la atmósfera, con los ciclones y los anticiclones cuyas causas no han sido todavía averiguadas. En cambio la Geología tiene una base sólida: la firme corteza terrestre.

— ¡Una base sólida! — estalló Borovói-. ¡Sólida hasta que no la sacude un buen terremoto que le hace perder la cabeza, si no es algo peor, al geólogo más pintado!

Todos se retorcían de risa.

— Además — prosiguió el meteorólogo mordazmente —, ¡ustedes conocen lo que hay a dos o tres kilómetros bajo la corteza terrestre y opinan ya de lo que hay en todo el subsuelo! Pero, de la naturaleza de ese sub-suelo hay tantas opiniones como personas. Según los unos, el núcleo de la tierra es sólido; según los otros, líquido; según los terceros, gaseoso. ¡Cualquiera lo entiende!

— ¡Con el tiempo llegaremos a entenderlo! Toda hipótesis, si tiene una base, constituye un paso más hacia el conocimiento de la verdad. Y en lo que se refiere al subsuelo, no tiene usted razón. En la actualidad, la Sismología, o sea el estudio. de los terremotos, nos ofrece nuevos procedimientos para llegar a conocer más cosas acerca del estado del núcleo terrestre.

— Me gustaría saber lo que va a pasar mañana — concluyó-. Ahora podemos esperar cada día hechos, a primera vista incomprensibles pero que forman una cadena común de causas y consecuencias cuando se los llega a desentrañar.

Al día siguiente, la llanura nevada continuó ascendiendo aunque más débilmente: El viento seguía soplando del Sur, las nubes bajas se arremolinaban extendiéndose casi a ras de tierra y ocultando la lejanía. Hacia la mitad de la jornada la subida de la llanura se hizo casi completamente imperceptible y, al terminar la tarde, se convirtió en descenso: los perros echaron a correr más de prisa, de manera que los esquiadores casi no podían marchar a su paso. La temperatura se mantenía poco más baja del cero y el camino era fácil. Súbitamente, Borovói, que iba como siempre por delante, agitó los brazos y gritó:

— ¡Esperen! ¡Aguarden! Tengo miedo a que nos hayamos desviado del camino.

Todos corrieron a él. Tenía la brújula en la mano y estaba mirándola fijamente.

— ¿Qué ocurre? — preguntó Kashtánov.

No vamos camino del Norte, sino del Sur. Volvemos hacia la barrera de hielos. Miren ustedes: la aguja imantada no señala el Norte hacia adelante de nosotros, sino hacia atrás.

— ¿Y cuándo lo ha advertido usted?

— Ahora mismo. Desde que la brújula se puso Caprichosa perdí la confianza en ella y he conducido la caravana guiándome por el viento, que ha soplado todo el tiempo del Sur. Pero me ha chocado la pendiente contraria de la llanera, porque del embudo no hemos podido salir todavía. He consultado la brújula y he visto que ha dejado sus caprichos y señala que nos dirigimos hacia el Sur y no hacia el Norte.

— ¡Pero si el viento sigue soplándonos por la espalda!

— Ha podido cambiar durante la noche.

— No — declaró Makshéiev-. El viento no ha cambiado. Siempre montamos layuntacon la puerta en sentido contrario al viento, o sea, mirando al Norte, para que no entre el aire. Y esta mañana, tengo la convicción, layuntaestaba de espaldas al viento.

— O sea, que ha cambiado poco a poco durante el diga de hoy, hemos descrito un semicírculo y volvemos sobre nuestros pasos.

— O bien que la brújula ha cambiado de imantación por alguna razón.

— Si por lo menos asomara el sol o se vieran las estrellas para comprobar hacia dónde nos dirigimos… — lamentóse Borovói.

— De todas formas, conviene acampar aquí para pasar la noche y verificar con la brújula en la mano unos cuantas kilómetros del camino que hemos recorrido y que se ve perfectamente por las huellas que hemos dejado en la nieve — declaró Kashtánov-. Si hemos descrito un — semicírculo, pronto se descubrirá.