Montaron la tienda y Makshéiev y Gromeko volvieron sobre las huellas de la caravana mientras Borovói colocaba el hipsómetro, que señaló casi lo mismo que la víspera. La pequeña ascensión de la primera mitad del día había sido probablemente compensada por el descenso de la segunda mitad. A las dos horas regresaron los exploradores: habían verificado diez kilómetros de camino, que iba siempre en línea recta, conforme a la dirección del viento. Por ello quedó decidido que se debían fiar más de él que de la brújula y había que continuar orientándose por el viento.
Tampoco esta vez hubo en ningún momento oscuridad por la noche. No cambió la luz difusa que flotaba bajo el manto de las nubes.
Al día siguiente se acentuó más la cuesta abajo. La temperatura subió un poco por encima del cero, la nieve se reblandeció y el camino, a pesar del descenso, hizóse más difícil. Después del mediodía aparecieron charcos y algunos arroyuelos que serpeaban entre los accidentes y, al fin, desaparecían en las grietas cegadas por la nieve. Para pasar la noche hubo que elegir un sitio elevado y cavar regueros alrededor de layurtapara el agua de la nieve que se derretía.
Al colocar el hipsómetro, Borovói estaba convencido de que había de señalar un número de grados mayor que la víspera, ya que todo el día había proseguido la bajada al fondo de aquella misteriosa depresión. Pero el termómetro marcó 126 , y la altura negativa del lugar, pese al descenso, no había aumentado, sino disminuido en quinientos setenta metros. El meteorólogo, completamente desconcertado, estalló en una risa nerviosa.
— ¡Una nueva sorpresa! ¡Un nuevo enigma! Esta mañana hemos decidido que no había que hacer caso de las brújulas, y ahora nos ocurre lo mismo con el hipsómetro.
Los viajeros volvieron a juntarse en torno al caprichoso aparato, comprobaron sus indicaciones, hirvieron el agua una y otra vez, pero el resultado era siempre el mismo. A pesar del evidente descenso, del que no cabía la menor duda porque los arroyuelos corrían en el mismo sentido, la presión del Zaire no había aumentado, sino disminuido. Y en los días anteriores, al contrario, la presión no había disminuido, sino aumentado en la subida.
Al parecer, todas las leyes de los fenómenos físicos elaboradas por generaciones de sabios sobre la base de observaciones hechas en la superficie terrestre eran inaplicables o adquirían un sentido absolutamente distinto en aquella depresión del continente polar. Los fenómenos inexplicables se multiplicaban.
Todos sentían gran interés y agitación, pero sin que nadie pudiese comprender ni explicar nada. Sólo quedaba la esperanza de que el porvenir inmediato diese la clave del enigma.
— ¿Qué desierto nevado es éste? — preguntaba Pápochkin-. Después de habernos encontrado con los toros almizcleros en el puerto de la cordillera era de suponer que los días siguientes nos darían a Mijaíl Ignátievich y a mí algún botín científico. Pero desde entonces llevamos doce jornadas de marcha, hemos recorrido casi doscientos cincuenta kilómetros… y nada, absolutamente nada más que la nieve y el hielo.
— Ni siquiera Piotr Ivánovich, que hasta ahora ha tenido más suerte que nadie en las colecciones, ha recogido nada — añadió Gromeko.
— El único que sale ganando es Iván Andréievich — observó riendo Makshéiev.
— ¿Yo? ¿Qué he encontrado yo en este tiempo? — sorprendióse Borovói.
— Una colección de fenómenos físicos incomprensibles — contestó Kashtánov, adivinando lo que Makshéiev había querido decir.
— Es una colección muy extraña, pero en cambio ligera, no como las piedras suyas — replicó riendo Borovói-. La mía no va a desfondar las trineos.
— Sin embargo, puede resultar de mucho peso en cuanto al balance de nuestra expedición. El sueño de cada explorador es descubrir algo extraordinario. En ese sentido, ha tenido usted hasta ahora más suerte que nosotros.
Al día siguiente continuó el descenso, incluso más acentuado. La llanura nevada empezó a dividirse en montículos achatados que separaban barrancos en cuyo fondo corrían arroyuelos. La nieve reblandecida dificultaba la marcha: los esquís se escapaban hacia los lados. Por eso hubo que cambiar de modo de transporte. Los hombres se subieron de dos en dos en los trineos que los perros arrastraban rápidamente cuesta abajo mientras ellos utilizaban los palos de los esquís paró dirigirlos o frenarlos sobre el hielo desigual.
Les llamó la atención que las nubes, arremolinadas siempre a escasa altura del suelo, no tuvieran ya su color gris, sino otro rojizo, igual que si las iluminase un sol poniente invisible.
El desierto de hielo se extendía alrededor hasta el horizonte, bastante próximo, y también parecía rojizo. Este extraño alumbrado en el fondo de una depresión tan honda, donde el sol polar no podía penetrar, formaba
parte igualmente de lo colección de hechos inexplicables que iba reuniendo Borovói.
Aquel día, la expedición hizo alto sobre un montículo, cerca le un gran arroyo impetuoso de agua clara que les evitó la necesidad de derretir nieve para la sopa y el té.
Capítulo X
UNA INEXPLICABLE POSICIÓN DEL SOL
Después de la cena, el meteorólogo instaló el hipsómetro con la firme convicción de que, dado el largo y peligroso descenso que habían hecho a lo largo de cuarenta y cinco kilómetros, el mercurio subiría por lo menos a los 130 , indicando una profundidad de diez mil metros aproximadamente, o sea, la máxima durante aquel tiempo. Incluso calculó de antemano la altura de los puntos de ebullición comprendidos entre 130 y 135º para dejar pasmados a sus compañeros. ¡Cuál no sería su asombro al ver que el termómetro marcaba sólo 120 !..
— Aumenta mi colección — declaró en tono solemne—
Supongo que ninguno de ustedes dudará de que hoy hemos bajado una cuesta, y a bastante rapidez.
— Naturalmente. Claro que sí. El agua no corre hacia atrás — le contestaron.
— Bueno. Pues el hipsómetro indica que hemos ido cuesta arriba, subiendo durante el día más de mil setecientos metros. ¿Qué les parece?
Cuando todos se hubieron convencido de que no era ninguna bronca, Borovói continuó:
— A lo mejor, continuando cuesta abajo, pronto saldremos de este increíble abismo al lado del Polo Norte.
— Pues yo creo que se avecina una catástrofe pronunció Gromeko con aire misterioso-. En este enigmático agujero la atmósfera se halla extraordinariamente enrarecida y la presión desciende, anunciando un huracán, un ciclón, un tifón, una tromba o algo por el estilo. En espera de esa perturbación, y para soportarla con calma, propongo a todas las personas razonables meterse en sus sacos de dormir.
Todos, incluso Borovói, se echaron a reír y siguieron el consejo del médico. Pero el meteorólogo verificó previamente si estaban bien plantadas las estacas y bien tirantes las cuerdas que sujetaban la yerta. Efectivamente temeroso de alguna catástrofe atmosférica, durmió inquieto, despertándose varias veces para escuchar si no había arreciado el viento y se desencadenaba el fenómeno esperado. Pero todo estaba en calma. El viento soplaba regularmente como todo el tiempo atrás, sus compañeros dormían, los perros gruñían y ladraban entre sueños. Borovói volvía a posar la cabeza sobre la almohada, procurando ahuyentar sus temores y quedarse dormido.
Por la mañana salió de la tienda antes que los demás para tomar nota de las indicaciones de — los aparatos que había dejado fuera durante la noche. Sus compañeros continuaban en los sacos de dormir.
De pronto se alzó la cortina de fieltro que servía de puerta, dando paso al meteorólogo que volvía a layurtapálido y con los ojos desorbitados y pronunció tartamudeando: