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— Si estuviese solo, no dudaría ya de que me he vuelto loco.

— ¿Pero qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué catástrofe se ha desencadenado? — le preguntaban, unos asustados y otros irónicos.

— Las nubes o la niebla se han disipado casi enteramente y el sol, ¿comprenden ustedes? el sol polar, se encuentra en el cenit — gritó Borovói.

Todos corrieron hacia la salida, empujándose y vistiéndose a toda prisa.

Sobre la llanura helada flotaba una bruma ligera y, a través de ella, un disco rojizo lanzaba una luz tan pronto brillante como opaca, justo encima de los viajeros y no cerca del horizonte como debía encontrarse el sol polar a las cinco de la mañana de principios de julio a 80 de latitud Norte.

Con la cabeza levantada, todos observaban silenciosos aquel extraño sol que ocupaba un lugar insólito.

— Qué sitio tan raro es esta Tierra de Nansen — pronunció al fin Makshéiev entre trágico e irónico.

— ¿No será la luna? — hipotetizó Pápochkin-. Quizá estemos en la época de la luna llena.

Borovói hojeó su prontuario de bolsillo.

— Efectivamente, es el momento de la luna llena, pero este disco rojo no parece la luna: luce con mayor fuerza y da más calor.

— ¿Y si en la Tierra de Nansen…? — comenzó Makshéiev.

Pero Kashtánov le interrumpió.

— En los países polares, la luna nunca está en el cenit durante los meses de verano: o no se la ve o apenas se levanta sobre el horizonte.

— Entonces, si no es el sol ni la luna, ¿qué es?

Nadie podía contestar a la pregunta. Los viajeros continuaron haciendo hipótesis y rechazándolas. Después de desayunar volvieron a ponerse en camino. El termómetro marcaba 8 sobre cero. La niebla se espesaba unas veces, ocultando el astro rojizo, y otras se disipaba, dejándolo entonces ver, inmóvil en el cenit. Continuaban bajando por la llanura helada a lo largo de un gran arroyo. La cuesta parecía suavizarse.

Los perros corrían animosos y los Viajeros iban montados en los trineos, de los que se apeaban de vez en cuando para arreglar algún tiro o tender una pasarela sobre una grieta más profunda.

En cuanto el sol aparecía entre los remolinos de niebla todos levantaban la cabeza para contemplar aquel astro enigmático que ocupaba en el cielo una posición tan antinatural.

A la hora del almuerzo se hizo alto como siempre.

Aunque los relojes eran los únicos que señalaban mediodía porque el sol continuaba en el cenit y no parecía tener intención de cambiar de sitio.

— Cuanto más lo miro, menos lo entiendo — rezongó Borovói-. Incluso a 80 de latitud Norte el Sol debe desplazarse en el cielo y no estar en el mismo sitio, puesto que la tierra gira.

Durante el alto determinó la altura del Sol, que era igual a 90º.

— Cualquiera diría que estamos en los trópicos durante el solsticio de verano o en el ecuador durante el equinoccio — dijo después de sus observaciones-. ¿Qué latitud apunto? ¡Que me piquen si tengo la menor idea de dónde nos encontramos y de lo que ocurre a nuestro alrededor! Las ideas se me embrollan y todo me parece un sueño estrafalario.

Los demás compartían el sentimiento de Borovói y no lograban explicarse aquel nuevo fenómeno incomprensible que, por lo misterioso, superaba a todos los anteriores: las indicaciones contradictorias de los aparatos, el viento que soplaba siempre en la misma dirección, las nubes constantes, el calor anormal, la luz rojiza y la colosal depresión, más profunda que todas las conocidas sobre la tierra.

Durante el almuerzo y el descanso que le siguió se hicieron miles de conjeturas sobre las catástrofes que habían podido producirse en la tierra desde que los viajeros, primero en elEstrella Polary luego en la Tierra de Nansen, se hallaban aislados del resto del mundo.

Capítulo XI

LA TUNDRA POLAR

Hacia la tarde, la llanura nevada dió paso a unos montículos de hielo. Una bruma ligera flotaba en el aire, ocultando apenas el sol rojizo que se mantenía en el cenit como mofándose de los viajeros que seguían observándole con asombro.

Se acercaba el momento de detenerse para pasar la noche, cosa que hubiera resultado bastante incómoda en una cresta helada: aunque el sitio era suficiente, el agua se encontraba muy abajo y era imposible llegar a ella por la vertiente helada y lisa. De manera que los viajeros continuaban su camino con la esperanza de encontrar un lugar más adecuado, sobre todo teniendo en cuenta que, entre la niebla, vislumbraban por delante una oscura llanura.

Serían las siete de la tarde cuando los montículos de hielo perdieron altura y, en lenguas blancas y planas, fueron a morir en festón gigantesco al borde de aquella planicie oscura donde los arroyos se habían abierto cauces poco profundos y continuaban fluyendo entre orillas pantanosas. Terminado el hielo, los trineos se atascaron inmediatamente en la tierra viscosa y desnuda. Los perros, con la lengua fuera, se negaban a continuar avanzando. Los viajeros saltaron de los trineos. Habían recorrido el último kilómetro en la espera angustiosa de la nueva sorpresa que les preparaba aquella extraña Tierra de Nansen: una llanura sin nieve.

De un mismo movimiento, todos se inclinaron para examinar y palpar aquella tierra ansiada después de tantos días entre nieves v hielos. La tierra, de color pardo oscuro, empapada de agua y pegajosa, no estaba enteramente desnuda, sino cubierta por los tallos encogidos de una hierba rala y amarillenta y por las ramas retorcidas y rastreras de arbustos enanos sin hojas. Los pies se hundían en la tierra unos cuatro centímetros, levantando cantando chorros y surtidores pequeños de agua amarilla.

— ¿Qué les parece a ustedes? — rezongó Kashtánov —, A 81 de latitud Norte desaparece la nieve, hace la misma temperatura que en Finlandia, la tierra está desnuda y el Sol en el cenit.

— ¿Tendremos que instalar la tienda en este pantano?

— preguntó tristemente Pápochkin.

— No es un pantano, sino lea tundra del Norte — explicó Makshéiev.

— Con eso no salimos ganando nada — observó Borovói-. Los perros se niegan a tirar de los trineos y, verdaderamente, no tiene ninguna gracia pasar la noche en este lodazal. ¡Mejor sería volver al hielo!

Todos miraron a su alrededor, esperando encontrar algún sitio más seco.

— ¡Me parece que allí no estaríamos mal! — exclamó

Gromeko señalando una colina aplastada que descollaba sobre la llanura pardusca, aproximadamente a un kilómetro de las lenguas de hielo.

— ¿Y cómo llegamos hasta allí?

— ¡Hombre, ya lo conseguiremos ayudando a los perros!

— Vamos a ponernos los esquís y quizá no nos hundamos tanto.

En efecto, la marcha era más fácil con los esquís. Los perros tiraban lentamente de los trineos aligerados que los hombres empujaban por detrás con sus palos. En media hora llegaron a duras penas a la altura que dominaba unos ocho metro: el llano y ofrecía un lugar seco y cómodo pana pasar la noche. Entre la hierba amarilla del año anterior asomaban ya unas briznas verdes y los arbustos enanos empezaban a echar brotes.

Montaron la yerta en lo salto del montículo y dejaron los trineos y los perros un poco más abajo, en la vertiente. Detrás, al Norte, el borde de los hielos blanqueaba como una alta muralla que cerrase el horizonte. Delante, el llano oscuro tomaba ya un matiz verdoso.

A unos cincuenta metros de la colina corría silencioso un ancho arroyo entre orillas pantanosas. La niebla se arremolinaba sobre la llanura.

El sol rojizo, que asomaba por momentos, continuaba en el cenit aunque los relojes marcaban ya las ocho y media de la barde. En aquella jornada los viajeros habían recorrido cincuenta kilómetros.

Mientras Borovói instalaba el hipsómetro, los demás hacían hipótesis sobre la temperatura que marcaría el instrumento después de un descenso tan prolongado e indudable.