Unos opinaban que 125 y otros que 115. Makshéiev hizo incluso una apuesta con Pápochkin.
— Pues nadie ha ganado — declaró el meteorólogo cuando terminó sus observaciones-. El termómetro indica sólo 110 .
— De todas formas, yo estaba más cerca de la verdad — afirmó Makshélev —, puesto que había anunciado 115.
— ¿Y no creen ustedes que mejor sería romper todos estos instrumentos inútiles? — preguntó agriamente Borovói.
— Toma usted demasiado a pecho las jugarretas incomprensibles que nos hace la presión atmosférica — intervino Kashtánov, para tranquilizarle-. ¡Ni que se creyese usted culpable de ellas!
— No es eso. Lo que ocurre es que si un aparato es inútil, ¿para qué cargar con él?
— Ahora puede ser inútil por una razón que ignoramos; pero es probable que luego, en el curso del viaje, vuelva a servirnos.
Después de la cena, los viajeros se consultaron sobre la manera de continuar el camino. Si la tundra sin nieve, por extraño que pareciese, se extendía más hacia el Norte, la mayor parte de la impedimenta — los esquís, los trineos, los perros y la comida para ellos, la ropa de abrigo, gran parte del alcohol e incluso layurta— se hacía no ya sólo inútil, sino incluso molesta, puesto que frenaba la velocidad. En vista de la temperatura tibia podrían contentarse con una tienda ligera que llevaban de reserva y recoger combustible en la tundra.
Por esta razón quedó decidido hacer un alto de una jornada sobre la colina y enviar en direcciones diferentes dos grupos sin impedimenta para explorar el carácter de la región y las condiciones a que habría de amoldarse la expedición en su avance. Después podrían dejar un depósito con todo lo superfluo sobre la colina para recogerlo al regresar hacia los hielos.
Capítulo XII
LAS COLINAS ERRANTES
Al día siguiente, Igolkin y Borovói se quedaron en layurta: el primero para vigilar a los perros y el otro para efectuar sus observaciones meteorológicas. Los cuatro compañeros se dividieron en dos grupos que salieron de reconocimiento: Kashtánov y Pápochkin hacia el Sudeste consultando la brújula y Makshéiev y Gromeko hacia el Sudoeste. Todos partieron en esquís, con el propósito de dejarlos si el terreno llegaba a ser bastante seco.
Cada uno de los exploradores iba armado de una escopeta. Era imposible pensar que no encontrasen en la tundra ninguna caza como les había ocurrido en la llanura nevada. La inquietud manifestada por los perros durante la noche hacía suponer que tropezarían con algún animal. La carne fresca era una cosa muy necesaria tanto para los hombres como para los perros.
Kashtánov y Pápochkin llegaron pronto a un ancho arroyo detrás del cual continuaba la tundra.
El suelo estuvo pronto tan seco que hubieron de abandonar los esquís. Los colocaron en forma de cono, atándolos por arriba con un bramante para que fuese más fácil descubrirlos en el camino de vuelta.
En la tundra seca verdeaba ya la hierba nueva y los arbustos enanos estaban recubiertos de hojillas y de flores. Sobre la llanura flotaba la bruma, que se convertía a veces en llovizna. En los intervalos brillaba y calentaba bastante el sol rojizo, cuyo disco, de todas formas, no se veía con nitidez.
A unos diez kilómetros del campamento descubrieron los exploradores delante de ellos unas cuantas colinas oscuras cuyos flancos abruptos difuminaba la niebla.
— Ese sería un fuga: estupendo para examinar los contornos cuando se disipe la niebla — exclamó Pápochkin-. En esta llanura lisa se debe abarcar un gran panorama desde la altura de esas colinas.
— Y más interés todavía tienen los minerales que podemos encontrar en ellas — replicó Kashtánov-. Hasta ahora, el botín geológico de nuestra expedición ha sido bien pobre.
— ¡Pues el zoológico todavía más!
— Ahora nos recompensará la tundra. Tanto la forma como el color de esas colinas hace suponer que se trata de cúpulas de basalto u otro mineral de origen volcánico.
Los dos investigadores se lanzaron casi corriendo hacia la meta ansiada, que unas veces se divisaba entre la niebla y otras veces desaparecía completamente en ella.
Kashtánov y Pápochkin llevaban corriendo más de un cuarto de hora y las colinas oscuras parecían casi tan lejanas como al principio.
— Esta maldita niebla molesta horriblemente para calcular bien las distancias — dijo el zoólogo deteniéndose a recobrar el aliento-. Estaba convencido de que nos encontrábamos cerca de las colinas y, con todo el tiempo que llevamos corriendo, apenas nos hemos aproximado. Casi no puedo respirar.
— Bueno, pues vamos a descansar — propuso Yashtánov-. Las colinas no se van la escapar.
Estaban de pie, apoyados sobre las escopetas. Súbitamente, Pápochikin, que miraba hacia las colinas, exclamó:
— ¡Esto es extraordinario si no se trata de una ilusión óptica! Me ha parecido que se movían nuestras colinas.
— Es un efecto de la niebla, que se desplaza — contestó tranquilamente Kashtánov encendiendo su pipa.
— Pues no. ¡Ahora veo con toda claridad que se mueven las colinas! ¡Mire usted, mire usted pronto!
Delante, a escasa distancia, se veían ahora con nitidez cuatro manchas oscuras que se desplazaban lentamente por la tundra.
— Habitualmente, los montes de basalto o de cualquier otro mineral volcánico suelen estarse quietos en su sitio — observó sarcástico Pápechkin-. Aunque, ¿quién sabe? Es posible que en este país de los fenómenos inexplicables también anden de un lado para otro las colinas de ese género. ¡Lástima que no haya venido con nosotros Borovói!
Mientras tanto Kashtánov había cogido sus prismáticos y observaba con ellos las colinas movedizas.
— ¿Sube usted una cosa, Semión Semiónovich? — dijo con voz trémula de emoción-. Pues que esas colinas no son de mi competencia, sino de la de usted, porque se trata de grandes animales parecidos a elefantes: veo muy bien sus largas trompas.
Reanudaron su carrera y sólo se detuvieron cuando la niebla empezó de nuevo a disiparse. Las masas oscuras estaban ya mucho más próximas.
— Vamos a tendernos en el suelo — propuso el zoólogo-. De lo contrario, pueden advertir nuestra presencia y escapar.
Así lo hicieron. Ahora Pápochkin tenía los prismáticos, esperando el momento propicio. La niebla se disipó al fin bastante para poder distinguir a unos cuatrocientos o cuatrocientos cincuenta pasos cuatro proboscidios que arrancaban ramas de los arbustos enanos y se las llevaban a la boca doblando elegantemente la trompa. Tres eran muy voluminosos y el cuarto un poco más pequeño.
— Tienen enormes colmillos — dijo Pápochkin— muy retorcidos. El cuerpo está cubierto de un tupido pelaje pardo. Tienen unos rabos cortos que agitan alegremente. Si no supiera que los mamuts han desaparecido de nuestro planeta, diría que no son elefantes sino mamuts.
— ¿Quién sabe si en este país donde todo es extraño no sobreviven los mamuts?
Kashtánov, que había cargado su escopeta con una bala explosiva, apuntó al animal más próximo que le presentaba su flanco izquierdo.
Resonó una detonación ensordecedora. El animal levantó la trompa, cayó de rodillas, luego se irguió, dió unos pasos precipitados y se desplomó.
Los otros pegaron una espantada y luego, levantando las trompas y bramando con un mugido semejante al del buey, huyeron pesadamente al galope por la tundra y desaparecieron en la bruma.
Llenos de impaciencia, Kashtánov y Pápochkin corrieron hacia su víctima. El animal estaba tendido sobre el flanco derecho con las patas estiradas y la cabeza de enormes colmillos echada hacia atrás. La ancha herida abierta bajo el omóplato dejaba escapar un torrente de sangre. El vientre abultado se agitaba aún y la trompa se estremecía.