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— ¡Cuidado! — advirtió Kashtánov-. En su agonía es capaz de pegarnos con la trompa o con una pata un golpe que nos rompa los huesos.

Los cazadores se detuvieron a unos diez pasos del elefante examinándolo con una emoción y un interés comprensibles.

— También yo pienso que se trata de un mamut — dijo Kashtánov-. Por lo menos tiene todas las señas del mamut: las enormes dimensiones (¡porque este bicho mide sus seis metros de largo!), los colmillos vueltos hacia arriba y hacia adentro, el largo pelaje rojizo. Además, los elefantes no han vivido nunca en los países árticos, mientras los mamuts han habitado en la tundra de Siberia.

— Si no lo hubiera visto por mis propios ojos, no lo habría creído — contestó Pápochkin-. ¡Qué descubrimiento, pero qué descubrimiento!

— No es ni más ni menos extraordinario que esta profunda depresión y la tundra verde a los 81 de latitud Norte. Se conoce que en este continente polar, absolutamente aislado por los hielos de los demás países de nuestro-planeta y cuyo clima es suave, los mamuts se han. conservado hasta nuestros días. Son, en cierto modo, fósiles vivos.

— O quizá la fauna prehistórica de la Tierra de Nansen que se ha adaptado a nuevas condiciones de vida. Es probable que este continente no estuviera antes aislado de los demás países por los hielos y la nieve y poseyera la misma flora y la misma fauna que el Norte de América y Asia. Y es posible que luego, durante el período glaciar, los mamuts hayan encontrado aquí su último refugio.

— ¡Y ahora lo ha descubierto nuestra expedición!. Pero, ¿qué vamos a hacer con este monstruo? Para llevarlo hasta el campamento harían falta una — plataforma y una locomotora.

— Si no podemos arrastrar al mamut hasta el campamento, se puede aproximar el campamento al mamut —.observó en broma el zoólogo.

— ¡Es una idea!. Pero si la tundra está habitada por mamuts, también puede estarlo por osos, lobos, zorros y otros animales carniceros. Y antes de que nos traslademos aquí son capaces de deteriorar nuestra presa.

— Es verdad. Hay que medirlo cuidadosamente, hacer su descripción y fotografiarlo. AlEstrella Polarnos llevaremos, todo lo más, un diente y partículas de cerebro, de piel y de carne metidas en alcohol.

— ¿Y la trompa? Yo creo que debíamos cortarla para enseñársela a nuestros compañeros. ¡Vaya sorpresa que se van a llevar! Y luego nos la comeremos: será un plato que no ha probado todavía nunca ningún naturalista. Dicen que las trompas de elefante son una cosa suculenta. Pero el extremo lo conservaremos, porque nunca se había encontrado en los cadáveres de mamuts descubiertos y no se sabe cómo está hecho*.

Los cazadores se aproximaron al mamut, ya inmóvil, y procedieron a medirlo y fotografiarlo con gran cuidado.

Pápochkin hacía las mediciones y Kashtánov tomaba nota y luego pasó a retratar el cadáver desde diferentes ángulos mientras el zoólogo se plantaba orgullosamente junto a él o se subía encima para las comparaciones, exclamando:

— ¡Es maravilloso! El informe de nuestra expedición tendrá ilustraciones: fotografías del zoólogo Pápochkin sobre el cadáver de un mamut, pero no fósil, sino recién matado.

Terminada su labor, les viajeros cortaron el rabo, la trompa y un mechón de largas lanas del animal y, así cargados, se dispusieron a volver a la tienda. Pero entonces el zoólogo lanzó una mirada perpleja a su alrededor y exclamó:

— ¿Hacia qué lado está nuestro campamento? Nos rodea la tundra lisa, la niebla se desplaza e impide ver a lo lejos. Nos hemos extraviado, Piotrivánovich. No tengo ni idea de la dirección que debemos seguir…

Al pronto Kashtánov se turbó un poco, pero luego dijo sonriendo:

— Un hombre que lleve una brújula en el bolsillo no puede extraviarse ni aun en la niebla, siempre que sepa la dirección que ha seguido. Desde el campamento nos pusimos en marcha hacia el Sudeste, de manera que ahora debemos orientarnos hacia el Noroeste.

— Pero creo que al ver a los mamuts echamos a correr sin pensar en la dirección.

— No. Antes de guardarme la brújula comprobé, según mi costumbre, la dirección en que corríamos. Tranquilícese, que le llevaré a la yurta.

Consultando la brújula, Kashtánov echó a andar por la tundra sin vacilaciones y el zoólogo le siguió.

Los viajeros anduvieron un par de horas por la planicie. Lo mismo que antes, la niebla se arremolinaba unas veces a ras de tierra y se disipaba otras, dejando ver un kilómetro o dos alrededor. En uno de esos momentos Kashtánov descubrió delante, y un poco apartado del camino que seguían, un extraño objeto que se alzaba sobre la llanura y se lo indicó al zoólogo.

— ¿Qué será? — preguntó Pápochkin-. Parece el armazón de una tienda de samoyedos. ¿Habrá también hombres aquí?

— Creo que deben ser nuestros esquís. ¿No se acuerda de que los hemos dejado a mitad de camino?

— Entonces, es que vamos bien orientados.

Llegados al sitio donde estaban los esquís, los viajeros podían estar ya tranquilos y guardaron la brújula porque su pista había quedado profundamente impresa en la tundra húmeda. Pronto divisaron la colina donde estaba suyurta.

* A fines de la década del 40 se encontró la trompa de un mamut en la península de Chukotka. Su extremidad fue enviada a la Academia de Ciencias.

Capítulo XIII

UN VISITANTE INDESEABLE

Cuando los cazadores estuvieron bastante cerca de la colina para poder distinguir, no solamente layurta, sino también la silueta de los hombres y los perros, Kashtánov dijo a su compañero, que tenía la vista y el oído menos penetrantes:

— Algo insólito ocurre en el campamento: los hombres corren de un lado para otro y los perros no cesan de ladrar.

Se detuvieron para prestar oído. En efecto, escucharon distintamente los ladridos feroces de los perros y luego un disparo, otro, un tercero…

— ¿No será un ataque de mamuts u otros animales antediluvianos? Ahora estoy dispuesto a creerme cualquier cosa — declaró el zoólogo.

— Vamos corriendo, que quizá necesiten nuestra ayuda.

Emprendieron una carrera todo lo rápida que les permitían su carga y su cansancio, Abandonaron los esquís y la trompa al pie de la colina, que escalaron en un abrir y cerrar de ojos.

Los perros, atados, hacían esfuerzos para liberarse. Layurtaestaba vacía. Pero en la otra vertiente de la loma vieron a Borovói e Igolkin con las escopetas en la mano, de pie junto a una masa oscura.

En un instante Kashtánov y Pápochkin estuvieron junto a sus compañeros.

— ¿Qué es? ¿Qué ha ocurrido?

— Pues ahí tienen ustedes — contestó Borovói agitado. Este extraño animal ha atacado a nuestros perros, si no ha sido al revés. Estábamos en layurtay no hemos visto el comienzo de la batalla. Pero, en fin, cuando hemos llegado con las escopetas había aplastado ya a dos perros. Y, para poner término a este entretenimiento, nos hemos visto en la obligación de meterle en el vientre dos balas explosivas que le han matado de indigestión.

Igolkin se llevó a los perros, que saltaban en torno al animal muerto, y los tres viajeros se pusieron a examinarlo. En cuanto se fijaron en la cabeza, K Kashtánov y Pápochkin exclamaron al mismo tiempo:

— ¡Pero si es un rinoceronte!

— ¿Un rinoceronte aquí, en el continente polar? — objetó Borovói incrédulo-. Cierto que se parece a los rinocerontes que, por otra parte, sólo he visto retratados, pero, de todas formas, ¿puede haber aquí, en esta tundra, un animal originario de los trópicos? ¡No puedo concebirlo!