— ¿Y concibe usted — le interrumpió Kashtánov— vengamos de la caza del mamut? Del mamut, ¿comprende usted? ¡Del mamut, que se consideraba hasta ahora un animal fósil que ha existido hace decenas de milenios!
— ¡Por amor de Dios! — rugió Borovói-. No se burlen de esta manera, porque me parece que voy a perder la razón. Todo lo que venimos viendo estos últimos días es tan extraordinario, tal, sobrenatural, que me parece simplemente que estoy soñando o loco.
— ¡Pero cálmese usted, hombre! — exclamó Kashtánov agarrando a Borovói por un brazo-. Todos nosotros estamos agitados. También a nosotros nos deja estupefactos lo que vemos. Es extraño y de — momento inexplicable, pero en la naturaleza no hay nada sobrenatural. No olvidemos que nos encontramos en un continente polar profundamente incrustado en la superficie de nuestro planeta y separado del resto del mundo por una ancha barrera de hielos. En un continente así pueden darse condiciones físicas particulares gracias a las cuales continué existiendo el mamut, desaparecido hace tiempo en los demás países. ¿Por qué no ha podido sobrevivir también el rinoceronte, contemporáneo suyo?
— ¿El rinoceronte africano o indio en la tundra polar?
— No digo que el africano pero si el de Siberia, el rinoceronte de pelo largo que vivió en las tundras siberianas al mismo tiempo que el mamut.
— ¡Ah, vamos! Yo no sabía que hubiesen existido rinocerontes de ésos. Pero, ¿por qué piensa usted que no se trata de uno africano?
— ¡Fíjese bien! Este tiene largas lanas de color pardo, mientras el rinoceronte de los trópicos está pelado; además, es más voluminoso que los representantes de estos mamíferos existentes ahora, el cuerno delantero, de enormes dimensiones, tiene forma de paleta.
Al ver que Yashtánov y Pápochkin tomaban con tanta tranquilidad aquel prodigieso suceso, Borovói acabó calmándose y preguntó:
— ¿Y dónde está el mamut que han cazado ustedes?
— ¡No íbamos a traerlo a cuestas! — contestó riendo Pápochkin-. Lo hemos matado en la tundra, bastante lejos de aquí. Había cuatro y, desde lejos, nuestro geólogo los confundió con montecillos basálticos. Pero luego vimos con espanto que estas colinas volcánicas echaban a andar por la tundra. ¡Ja, ja, ja! A propósito, ¿y la trompa? Sólo hemos traído la trompa y el rabo. Sería una lástima que los hubiesen estropeado los perros.
— Vamos a buscarlo.
La fotografía, la medición y la descripción del rinoceronte exigieron más de ti es horas y únicamente después pensaron los exploradores que debían descansar un poco. Mientras almorzaban se acordaron de que aun faltaban dos de sus compañeros y sintiéronse inquietos por su larga ausencia.
— Con este sol, siempre en el cenit, acaba uno perdiendo enteramente la noción del tiempo — rezongaba Borovói-. La mañana, el mediodía o la tarde, ¡todo es lo mismo! El día parece interminable.
— Aquí es efectivamente interminable, puesto que el sol está siempre en el mismo sitio del cielo — confirmó Kashtánov.
— La noche pasada, llamémosla así, la luz se había debilitado un poco, al fin y al cabo — observó el meteorólogo-. Aunque ustedes se inclinaban a explicarlo por un recrudecimiento de la niebla, yo salí de layurtaalrededor de la media noche y me fijé en que la niebla no era más densa que durante el día, pero ese extraño astro lucía con mucha menos fuerza y en su disco parecían verse grandes manchas oscuras.
— ¡Eso es muy interesante! — exclamó el profesor-. ¿Y por qué no nos habló usted de ese nuevo hecho tan chocante?
— Hechos chocantes hay aquí a montones. Además, quería comprobar que no me había equivocado antes de contárselo a ustedes. Hoy, alrededor de mediodía, he vuelto a observar ese astro disparatado y me he convencido de que no tiene manchas oscuras. ¿Sería una equivocación?
— Pues yo creo que le ha ocurrido alguna catástrofe al astro central de nuestro sistema planetario mientras nosotros viajábamos por entre la niebla de la Tierra de Nansen. Por eso brilla día y noche en el cenit a 81 de latitud Norte.
— ¿Y si nuestro globo hubiera girado gradualmente hasta presentar su región ártica al sol?
— Es bastante incomprensible — rezongó Borovói-.
Cómo podría producirse en breve plazo, sin graves conmociones, semejante desviación del eje de la Tierra?
— Hemos podido no advertir esas conmociones entre las nieblas y los hielos. No logro explicarme de otra forma la extraña posición del sol — insistía Kashtánov.
— ¿Está usted seguro de que el astro que estamos viendo en este momento sea el mismo que hemos visto la última vez sobre las sierras de la cordillera Russki? — preguntó Borovói.
¿Qué otra cosa puede ser? — replicó Pápochkin asombrado.
— Con el mismo fundamento se puede conjeturar que la luna se ha incendiado de nuevo o que otro cuerpo luminoso ha penetrado fortuitamente en nuestro sistema planetario, arrastrando a nuestra tierra como satélite — dijo el meteorólogo con sonrisa enigmática.
— ¿A qué lanzarnos en conjeturas improbables? — objetó Kashtánov-. Existen hipótesis basadas sobre hechos geológicos de que el eje de nuestra Tierra se ha desplazado. Así se explican, por ejemplo, las congelaciones que se han producido durante ciertos períodos geológicos en la India, áfrica, Australia y China, así como la flora subtropical que en otros períodos existió en la Tierra de Francisco José, en Groenlandia, etc.
— No discuto, porque usted debe estar mejor informado. Pero he medido hoy el radio angular de este astro, y es igual a 20 minutos mientras el radio angular del sol es de casi 16 minutos como usted naturalmente sabe.
— ¡Eso sí que tiene importancia! — exclamó Kashtánov sorprendido.
— Además, ¿y esta luz rojiza en lugar de la luz amarilla?
— ¿No será un efecto de la niebla? — intervino Pápochkin.
— Es lo que yo había pensado. Pero hoy he logrado observar ese astro en un momento en que la niebla se había disipado enteramente. Y el disco era de color rojo, como el sol cuando está al borde del horizonte y brilla a través de las capas inferiores más húmedas de la atmósfera o durante una tormenta de polvo.
— ¡También eso es chocante!
— ¿Y esas manchas oscuras que condicionan una disminución de la luz a determinadas horas del día? Esta noche procuraré verificarlo. Si el fenómeno se repite, quedaré definitivamente convencido de que lo que brilla encima de nosotros no es el sol, sino otra cosa.
— Pero, adónde se habrá metido nuestro sol? — preguntó inquieto Pápochkin.
— ¡Cualquiera sabe! Este es otro eslabón en la cadena de increíbles fenómenos que hemos presenciado los últimos días.
— En efecto, toda una cadena — murmuró pensativo Kashtánov-. Una inmensa depresión en El continente, las extrañas indicaciones de la brújula, las incomprensibles variaciones de la presión atmosférica y un clima templado a 81 de latitud — y que no es un efecto de la casualidad, a juzgar por el límite de los hielos y la tundra verdeante —, los mamuts y los rinocerontes que andan por ella y un sol que no es un sol y permanece en el cenit día y noche…
— Y habrá más, estoy convencido. Ahí vuelven, al fin, nuestros compañeros y apuesto lo que ustedes quieran a que nos traen algún otro techo curioso.
Todos se pusieron en pie de un salto, mirando a lo lejos donde se divisaban dos siluetas que llevaban un objeto oscuro colgado de una pértiga. Pápochkin colocó la tetera sobre el infiernillo de alcohol y se puso a preparar un asado de carne de rinoceronte mientras los demás corrían al encuentro de sus compañeros.