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— Estamos rendidos — declaró Makshéiev-. Hemos visto vacas y toros, pero sólo hemos conseguido matar un ternero y lo traemos a cuestas desde hace tres horas.

— Además, hemos reunido interesantes ejemplares de la flora de la tundra. Son muy curiosos y hubiera dicho incluso que se trataba de flora antediluviana si no los hubiese recogido yo mismo — añadió Grameko, a cuya espalda colgaba una caja llena de plantas.

Mientras comían, Makshéiev y Gromeko comunicaron sus impresiones.

— Durante unos diez kilómetros la tundra es igual que aquí, aunque menos húmeda. Luego la vegetación empieza a ser más abundante y aparecen arbustos e incluso pequeños árboles…

— Abedules y sauces polares, pero de especies desconocidas, y luego alerces enclenques — añadió Gromeko-. También hay algunas plantas florecidas, unas que no conozco en absoluto y otras descritas por distintos investigadores como representantes de la flora post-terciaria del Canadá.

— Al fin llegamos a un río estrecho pero muy profundo. Como no había ningún vado, echamos a andar siguiendo la corriente. Los árboles iban teniendo ya una altura superior a la de un hombre y, los matorrales, entre ellos, formaban una espesura casi impenetrable. Y entonces nos dimos de manos a boca con un rebaño de toros que habían bajado al río a beber.

— ¿Qué género de toros? — preguntó Pápochkin interesado.

— Eran más bien una especie de yacks salvajes — corrigió Gromeko-: negros, con lanas largas, enormes cuernos gruesos y joroba.

— Estos eran unos — continuó Makshéiev-; pero otros. animales, que debían ser hembras, no eran tan corpulentos y tenían los cuernos más finos y más cortas. También había algunos terneros. Como no pensábamos encontrar en la tundra más que aves acuáticas y animales pequeños, llevaba sólo una escopeta ligera.

— ¡Y yo iba sin armas!

— Conque tuve que disparar contra un ternero con postas que llevaba en las cartucheras. El rebaño desapareció en la espesura y el ternero se cayó al río, de donde le sacamos para rematarle con los cuchillos.

— Como el ternero pesaba sus cincuenta kilos largos y teníamos que traerlo a cuestas unos doce kilómetros, le vaciamos para aligerar la carga, aun a sabiendas de que Sermón Semiónovich se disgustaría por ello.

— ¡Bastante satisfacción ha tenido ya! — replicó Kashtánov riendo-. ¿Saben ustedes de qué es el asado que acaban de comer?

— ¿Alguna liebre polar? Aunque no sé si existe el género.

— Nada de liebres: era carne de rinoceronte y, además, prehistórico!

— iPuah! ¿Conque han encontrado un cadáver de rinoceronte en la tundra de congelación perpetua y han querido probar la carne conservada desde hace decenas de milenios? — sorpreadióse Gromeko-. Si lo llego a saber, no como. Ahora me van a dar náuseas.

— Pues el asado estaba sabroso; únicamente un poco duro — declaro Makshéiev.

— Se comprende: ¡una carne de esa antigüedad!

— ¿Y saben ustedes — intervino a su vez Pápochkin— para la cena pensamos obsequiarles con una trompa de mamut asada?

— ¡Esto ya es excesivo! — indignóse Gromeko-. ¿Se han propuesto envenenarnos? ¿Quieren ver el efecto que produce sobre un estómago moderno toda esta carroña geológica?

Makshéiev, que durante sus andanzas por Alaska y Chukotka había perdido la costumbre de hacer aspavientos, opinó:

— He leído que la trompa de elefante es un plato muy delicado; conque la trompa de mamut ha de ser algo delicioso.

— Pues yo no lo pruebo — dijo Gromeko furioso-. Prefiero asar el hígado del ternero: por lo menos sé que está fresco.

Después de haber gozado durante algún tiempo de la sorpresa de sus compañeros, los otros les contaron los acontecimientos de la jornada. El botánico se calmó cuando le enseñaron el cadáver del rinoceronte, la trompa, el rabo y el puñado de lanas del mamut. Incluso intervino en la discusión sobre la manera de condimentar la famosa trompa y sacó de su bolsillo unas cuantas cabezas de ajos silvestres que había descubierto cerca del sitio donde se habían tropezado con los toros.

— Serán muy buen condimento para la trompa — dijo-. Siento haber encontrado tan pocos.

Mientras cenaban decidieron quedarse un día más en aquel sitio para ir los cinco adonde estaba el cadáver del mamut y traer a layurtaprovisiones de carne y las partes del animal que se quería conservar.

— Ahora debemos estudiar muy seriamente hacia dónde y cómo hemos de ponernos en camino — propuso Kashtánov después de la cena-. Nuestros reconocimientos por la tundra nos dan ciertos materiales para ello. Y, mientras hablamos, ayudaremos a nuestro zoólogo a preparar los cráneos del rinoceronte y del ternero que queremos conservar. Y, a propósito, Sermón Semiónovich, ¿a qué especie cree usted que pertenece el ternero?

— Si no hubiera visto con mis propios ojos un mamut y un rinoceronte de Siberia vivos — contestó el zoólogo —, habría dicho que los animales que hemos encontrado son parientes del yack del Tibet. Pero ahora pienso que se trata de toros primitivos, desaparecidos de la superficie del globo al mismo tiempo que el mamut y el rinoceronte.

Capítulo XIV

LA CARTA DE TRUJANOV

Mientras discutían la cuestión del itinerario a seguir, los exploradores opinaron únicamente que la Tierra de Nansen les había proporcionado ya, no solamente muchos datos nuevos, sino también muchos hechos incomprensibles y que los fenómenos extraordinarios se multiplicaban a cada jornada de avance.

Las excursiones del último día habían demostrado que, al concluir la tundra, se extendían bosques imposibles de atravesar con los trineos y los perros. Había, pues, que abandonar los trineos, los esquís, parte de la impedimenta y los perros y continuar a pie, llevando únicamente la carga imprescindible.

Pero se ignoraba enteramente hasta dónde se extendían aquellos bosques y lo que se podía encontrar detrás de ellos. Lo más probable era que el calor, las plantas y los animales no existieran más que en el fondo de aquella enorme depresión de la Tierra de Nansen y que más adelante, sobre la vertiente opuesta, volvieran a encontrar la nieve y los hielos de manera que aun tendrían necesidad de los trineos, los esquís y los perros.

Por lo tanto, no era menos racional la otra solución: contornear por la tundra en los trineos el borde de los hielos para explorar la circunferencia de la depresión y hacer algunos reconocimientos hacia su interior sin impedimenta. Pero en ese caso quedaría inexplorada la parte central de la depresión, la más interesante sin duda desde el punto de vista de la flora, la fauna y quizá también de la Geología. A juzgar por los numerosos riachuelos que, desde el borde de los hielos, fluían hacia el centro de la depresión, en el fondo debían formarse varios lagos, o, quizá uno solo muy vasto.

Cada una de los planes ofrecía ventajas e inconvenientes. ¿Cuál elegir? Borovói, Igolkin y Makshéiev se inclinaban por el itinerario del borde de los hielos, mientras los naturalistas, claro está, preferían adentrarse hacia el centro de la depresión, duende esperaban encontrar más ejemplares para sus colecciones.

Ultima solución: podían dividirse en dos grupos. Uno, con la impedimenta más pesada, seguiría el borde de los hielos mientras el otro, poco cargado, atravesaría la depresión por el centro, y ambos se juntarían en el lado opuesto. Pero, ¿cómo saber si la depresión se prolongaba mucho hacia el Este y el Oeste y si sería posible contornearla? ¿No surgirían obstáculos invencibles y no se encontrarían ambos grupos o uno de ellos en una situación sin salida? ¿No sería esta separación fatal para todos?