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A la hora de dormir, encendieron una gran hoguera junto a la tienda y los cuatro se turnaron en la guardia porque el encuentro con el tigre hacía temer algún ataque de animales carniceros. En efecto, cada cual oyó en el bosque próximo, durante las horas que estuvo de guardia, susurros, crujidos, aleteos y gritos de aves espantadas mientras General levantaba las orejas y gruñía con frecuencia.

Al día siguiente, el paisaje ofreció el mismo carácter durante las primeras horas de viaje: colinas boscosas al Norte y esteparias al Sur y un bosque tupido en las orillas. Los viajeros hicieron alto a mitad de la jornada en la margen izquierda, que Kashtánov y Gromeko fueron a explorar después del almuerzo.

La flora ofrecía muchas novedades: había ya plantas eternamente verdes cómo mirto, laurel y laurel-cereza. Los nogales eran de talla gigantesca, que no cedía a los robles, las hayas y los olmos. En la vertiente meridional se encontraban hayas, cipreses, tuyas y tejos. Espléndidas magnolias abrían sus grandes flores olorosas. En la espesura próxima a la orilla crecían bambús, y lianas, Gromeko no hacía más que manifestar su admiración.

Aquel día, la temperatura subió a 25 a la sombra; había cesado el viento del Norte que hasta entonces acompañara a los viajeros. El aire era pesado, saturado por las emanaciones de los tupidos bosques. Los dos hombres subían una cuesta con dificultad, empapados en sudor aunque el sol apenas brillaba a través del velo de las nubes.

Toda la naturaleza parecía adormecida y quieta bajo los efectos del calor; aves y animales se habían acogido a la sombra.

Cuando llegaron a lo alto de la colina, Kashtánov y Gromeko se sentaron a descansar un poco y, vueltos hacia el Norte, para examinar la región, comprendieron a qué se debía el calor agobiante: un enorme nublado violáceo, presagio de una tormenta inmediata, formaba en el horizonte una muralla almenada de torres fantásticas; lo precedía un cúmulo de color azul cárdeno de bajo del cual brillaban unos relámpagos deslumbradores. El cúmulo avanzaba a gran velocidad.

— Vamos corriendo hacia las barcas — exclamó el botánico —, porque el aguacero será probablemente tropical.

Descendieron la cuesta, enredándose en las altas!hierbas y dejándose deslizar en los lugares más abruptos. A los diez minutos llegaron al campamento, donde Makshéiev y Pápochkin les aguardaban ya con impiaciencia, sin saber qué hacer. La tienda podía no resistir a los embates de la lluvia y al granizo que probablemente la acompañaría. Como el río podía desbordarse y arrastrar árboles descuajados, tampoco se estaría a salvo en las lanchas. Lo más razonable, al parecer, era sacar a la orilla la impedimenta y las barcas y buscar cobijo en la espesura.

Al discutir este plan con sus compañeros, Pápochkin recordó que, durante una pequeña excursión hecha al perseguir a una gran serpiente de agua río abajo, había visto al final de la colina una roca saliente que podía servir de refugio contra la lluvia. Pero había que darse prisa porque la tormenta se aproximaba a toda velocidad. Subieron a las barcas, se dirigieron hacia la roca y, en unos minutos, descargaron toda la impedimenta y la guardaron bajo el saliente, que resultó bastante amplio para abrigar no sólo a los hombres, el perro y los objetos, sino también las embarcaciones, con las que hicieron una protección contra el viento.

Después de haber expulsado a unas cuantas serpientes de mediano tamaño refugiadas en las grietas de la roca, los exploradores pudieron observar tranquilamente el grandioso espectáculo del cataclismo atmosférico.

El cúmulo cárdeno cubría ya la mitad del cielo, oscureciendo el sol; desde abajo parecía ahora un abismo completamente negro, surcado sin cesar por los culebreos deslumbradores de los relámpagos seguidos de truenos de una violencia como no habían escuchado ninguno de los observadores. Eran unas veces explosiones ensordecedoras y sucesivas, otras crujidos como si se desgarrase una pieza enorme de hela muy fuerte, otras la detonación de centenares de cañones pesados.

El bosque inmediato susurraba sordamente bajo los primeros embates del viento. Del Norte llegaba un estrépito horrible, que causaba pavor e incluso sofocaba gradualmente los redobles de los truenos. Hubiérase dicho que se aproximaba un tren gigantesco, arrollándolo todo a su paso.

Los viajeros, pálidos, miraban con inquietud a su alrededor.

El huracán se acercaba levantando remolinos de hojas, flores, ramas, matorrales descuajados y aves que no habían tenido tiempo de buscar abrigo en el bosque. Las tinieblas se intensificaban. Entre los ensordecedores redobles del trueno todo silbaba, crujía y ululaba. Enormes gotas de agua y algunos granizos se estrellaban contra la tierra y el río, que estaba agitado y se cubría de espuma. Luego la oscuridad se hizo absoluta, y sólo a la luz de los relámpagos se descubría por momentos un cuadro espantoso. El bosque entero parecía haberse levantado en el aire y galopar con las cataratas de lluvia y de granizo. El estrépito era tal que no se oían las voces ni aun gritándose al oído.

Pero aquel cataclismo no duró más de cinco minutos. Pronto empezó a clarear; las embestidas del viento se debilitaron, el estrépito y los truenos alejáronse hacia el Sur y no hacía ya más que lloviznar. En cambio, el río, ahora de color pardusco, había crecido, estaba sucio y cubierto de espuma y acarreaba hojas, ramas y árboles enteros. Por el cielo galopaban todavía jirones de nubes grises, pero Plutón asomaba ya, iluminando las devastaciones causadas por la tormenta.

Abandonando su refugio, los hombres miraron a su alrededor. Al liado de las barcas se amontonaban hojas y ramas entremezcladas de granizos del tamaño de nueces. Algunas ramas puntiagudas habían sido lanzadas con tanta fuerza que habían agujereado los flancos de lona de las barcas. Era preciso repararlos inmediatamente. Armados de agujas, hilo y trozos de lona alquitranada, pusieron manos a la obra.

El remiendo de las lanchas duró cerca de una hora y, — en ese tiempo, el río había vuelto á su cauce y había quedado limpio, de manera que se podía continuar el camino. El nubarrón negro había desaparecido al Sur, detrás de las colinas, y los viajeros contemplaron por primera vez la cúpula del firmamento despejada, de color azul oscuro.

— Parece mentira — dijo Pápochkin subido ya en lea barca— que justamente encima de nosotros, encima de este cielo azul se encuentre a unos diez,mil kilómetros de distancia otra tierra igual que ésta, con bosques, ríos y animales diversos. ¡Qué interesante sería verla sobre nuestras cabezas!

— La distancia es demasiado considerable — observó Kashtánov-. Una capa de aire tan espesa, con partículas de polvo y vapores de agua no, es bastante translúcida; además, la tierra, cubierta de vegetación, refleja poca luz y no tiene brillo suficiente.

— ¿Se han fijado ustedes — preguntó Makshéieve— que ayer, desde una colina bastante baja, abarcábamos con la mirada mucha más extensión que arriba, sobre la tierra? Distinguíamos la llanura boscosa a un centenar de kilómetros quizá porque la superficie en que nos hallamos no es convexa como la del globo terrestre, sino cóncava. Daba la impresión de que nos encontrábamos en el fondo de una hondonada lisa.

— Teóricamente nuestro horizonte debía ser ilimitado y debíamos poder divisar la región, no ya a cien kilómetros, sino a quinientos o mil, puesto que se levanta gradualmente hacia el cielo. Pero, a una gran distancia, las capas inferiores del aire no tienen ya la diafanidad suficiente y los contornos de los objetos se difuminan y se confunden poco a poco.

— Por lo tanto, la línea del horizonte no puede ser aquí tan neta y precisa pomo arriba, sobre la tierra. En realidad aquí no hay horizonte y lo que vemos es el paso gradual del suelo al firmamento.