— Lo que ocurre es que, hasta ahora, las nubes a ras de tierra o la niebla no nos dejaban observar este fenómeno.
Hacia el final de la jornada, el río se ensanchó sensiblemente; la corriente, más débil, obligó a los viajeros a remar de manera ininterrumpida si querían avanzar con bastante rapidez.
En las murallas de vegetación de ambas orillas se veían ¿algunas cañadas por donde se marchaba parte del agua en forma de brazos estrechos o, al contrario, afluía hacia el cauce principal. Empezaron a aparecer islas, bordeadas de tupidos juncos que crecían en el agua.
Al contornear una de aquellas islas, los exploradores descubrieron en el cinturón de juncos un corte del que partía un sendero, adentrándose en la verde espesura. Hacia allá dirigió Makshéiev su lancha para desembarcar y visitar la isla. Pero no había hecho el bote más que rozar suavemente la orilla fangosa con la proa, cuando apareció entre la espesura la cabeza de un macairodo. Dos colmillos níveos, de lo menos treinta centímetros de largo, descendían de la mandíbula superior como los de una morsa. La fiera debía estar ahíta, porque no se disponía al ataque. Abrió unas fauces enormes, como bostezando, y su cabeza desapareció luego entre las ramas. La presencia de aquel horrible carnicero hizo que los exploradores renunciaran a desembarcar en la isla. Al día siguiente, el río volvió a estrecharse y se hizo más rápido.
El carácter subtropical de la vegetación iba acentuándose: los robles, las hayas y los arces habían sido desplazados completamente por las magnolias, los laureles, los árboles del caucho y otros muchos que el botánico sólo conocía de nombre o por los enclenques ejemplares cultivados en estufa. Desde las barcas era fácil distinguir palmeras y yucas.
Las colinas, poco frecuentes, eran menos elevadas pero más anchas. Sus flancos estaban cubiertos de una hierba tupida que llegaría hasta la cintura y de árboles o sotos aislados que recordaban los bosques de Africa Ecuatorial.
Un macizo impenetrable se extendía a lo largo de las orillas del río, ocupando los terrenos más bajos.
A la hora de la comida, los viajeros hicieron alto cerca de una de aquellas colinas para emprender luego una excursión más prolongada a fin de estudiar la flora. Makshéiev aceptó quedarse cuidando de las embarcaciones y, después de comer, sus tres compañeros se dirigieron hacia la colina.
Capítulo XXII
EL MONTÍCULO MOVEDIZO
Los primeros metros de camino hubieron de ser abiertos a hachazos entre un caos de lianas y de maleza. Luego, la espesura fué cediendo en la semioscuridad que reinaba bajo la verde bóveda de los eucaliptos gigantescos, los mirtos, los laureles y otros árboles. Entre los grupos de helechos y los troncos el suelo estaba tapizado de musgos diversos y de espléndidas orquídeas. Arriba, a gran altura, bordoneaban los insectos, pero abajo reinaba el silencio. De vez en cuando asomaba una serpiente o un lagarto deslizándose sin ruido.
Más cerca de la colina, el bosque empezó a esclarecerse y los rayos rojizos de Plutón penetraron hasta el suelo. La vida era allí más intensa y las hierbas, las flores y los matorrales, más numerosos. Los cazadores dieron con una senda que serpeaba entre los árboles y la siguieron en la esperanza de que les conduciría fuera del bosque. Delante iba Kashtánov seguido de Pápochkin., los dos con las escopetas preparadas y lanzando miradas escrutadoras alrededor. Gromeko cerraba la parcha, quedándose a veces rezagado para recoger alguna planta.
De pronto, Kashtánov se inmovilizó y levantó la mano, solicitando la atención de sus compañeros: hasta ellos llegaba ruido de ramas rotas y un ligero gruñido. Luego apareció en el sendero un extraño animal gigantesco, semejante a un oso, aunque con la cabeza estrecha y afilada y un largo rabo peludo.
— Es un oso hormiguero — murmuró el zoólogo-. Existen varias especies en América del Sur. Son muy pacíficos a pesar de su aspecto terrible y sus garras poderosas. Sin embargo, son mucho más pequeños que este ejemplar, que tiene más de dos metros de altura.
Mientras tanto, el oso hormiguero había advertido a los hombres que le cerraban el paso y se había parado, indeciso.
— Vamos a abandonar el sendero — susurró el zoólogo-. Que pase por delante de nosotros y así le examinaremos mejor.
Los cazadores se apartaron, ocultándose detrás de unos matorrales espesos. El animal permaneció unos instantes inmóvil, observando el bosque con desconfianza y luego avanzó lentamente, deteniéndose cada cinco o seis pasos para mirar a su alrededor. En uno de aquellos altos consiguió Pápochkin fotografiarlo de perfil; pero el chasquido del disparador asustó al oso hormiguero, que huyó contoneándose sobre sus gruesas patas, con la cola extendida horizontalmente. Desde el hocico hasta el extremo de la cola tendría por lo menos cuatro metros.
Al salir del bosque, los viajeros,se encontraron al pie de la colina cuya falda ascendía suavemente. Kashtánov contemplaba decepcionado aquella vertiente uniforme que no le prometía ningún botín, mientras el botánico hallábase encantado de la abundancia de flores desconocidas que esmaltaban la hierba y se dedicó a recogerlas.. De pronto, el geólogo divisó al pie mismo de la colina un montículo redondo, bastante grande, cuyos flancos desnudos lanzaban destellos metálicos.
— ¡Por fin he encontrado también yo algo exclamó empuñando su martillo y dirigiéndose casi a la carrera hacia el montículo, en tanto Pápochkin se dedicaba a cazar un lagarto de tipo nuevo que se había refugiado sobre un arbolillo.
Cavando llegó al montículo, Kashtánov se detuvo sobrecogido: estaba completamente desnudo sin una brizna de hierba y toda su superficie se componía de placas hexagonales de color pardo ribeteadas de negro.
Asombrado, el geólogo intentó desprender un trozo de roca con el martillo, pero la herramienta resbaló sobre la superficie del montículo.
Con la esperanza de encontrar alguna grieta mayor en la cima del montículo, Kashtánov se puso a trepar a él, aunque no lo consiguió sal pronto porque si bien el montículo tenía únicamente tres metros de altura, sus flancos eran absolutamente lisos. Arriba se encontró con una roca igual de inatacable. Entonces, el geólogo sacó de su cinturón un gran — escoplo que introdujo en una grieta entre dos placas y se puso a clavarlo poco a poco a martillazos.
De repente una fuerte sacudida hizo caer al geólogo, que estaba arrodillado y sólo tuvo tiempo de agarrarse al escoplo para no rodar abajo del túmulo. Las sacudidas
— Pues yo creo que no era una tortuga, sino un gliptodonte, animal del orden de los armadillos, que vivieron sobre la tierra en la época pliocena del período terciario al mismo tiempo que los osos hormigueros enormes, bradipos gigantes, mastodontes y rinocerontes formidables. Los restos de estos animales abundan en América del Sur.
— Si precisamente hemos encontrado a un oso hormiguero gigante en el bosque — recordó Pápochkin.
— Ese encuentro es el que me ha sugerido la idea. Si en una zona más septentrional, cerca de la frontera de los hielos, hemos encontrado vivos a fósiles, como — el mamut, el rinoceronte de pelo larga, el toro primitivo el oso de las cavernas y el ciervo gigantesco, que habitaban la tierra al principio del período post-terciario, nada tiene de particular que más al Sur, aquí donde reina el calor, se hayan conservado formas de una época aun más antigua, del plioceno.
— Entonces, desarrollando su idea, conforme vayamos hacia el Sur debemos encontrar también una fauna más antigua, n sea, perteneciente a los períodos mioceno, eoceno, cretáceo y jurásico, ¿no es cierto? — preguntó el zoólogo con cierta desconfianza.