— No me chocaría nada — replicó Gromeko-. Desde que hemos descubierto este extraño mundo intraterrestre he dejado de sorprenderme de nada. Yo estoy dispuesto a saludar a iguanodones, a plesiosaurios, a pterodáctilos, a trilobites y otras maravillas paleontológicas.
— En ese caso, es una lástima que no hayamos matado al hormiguero y al gliptodonte. ¿Cómo vamos a demostrar su existencia? Ni siquiera he podido fotografiar al gliptodonte.
— Quizá volvamos a encontrarlos.
— A propósito, es hora ya de completar la provisión de carne — intervino Gromeko-. De lo contrario, no tendremos para mañana nada más que tocino.
Mientras hablaban, los cazadores ascendían lentamente la colina. Llegaron a la cresta, bordeada de una estrecha franja de arbustos bastante tupidos que, para gran alegría de Kashtánov, ocultaban pequeños filones de rocas. El geólogo puso inmediatamente en juega el martillo, pero Pápochkin, que se había deslizado por entre los arbustos, le detuvo exclamando:
— ¡No hagan ruido! En la otra vertiente hay toda una colonia de herbívoros.
Kashtánov dejó de martillear, se guardó en el bolsillo el trozo de roca arrancado y metióse por entre los matorrales, seguido de Gromeko.
En la vertiente meridional de la colina, todavía más suave, diferentes animales pacían tranquilamente. A proximidad de los exploradores había una familia de rinocerontes, muy distintos de los que viven en la India y en Africa, así como del rinoceronte de pelo largo. Eran unas bestias achaparradas, de patas bajas, más bien semejantes a hipopótamos pequeños. Pero Ira forma de la cabeza y el cuerno corto y grueso del macho traicionaba su raza. En lugar de cuernos, la hembra tenía una callosidad abultada. La cría, que jugueteaba junto a la madre, parecía una enorme salchicha. Para llegar hasta la ubre, se tendía en el suelo y se deslizaba de lado baja la panza de la madre que, al moverse, le aplastaba un poco, provocando disgustados gruñidos del pequeño.
Un poco más abajo pacía en la vertiente una manada de elefantes gigantescos. Después de observarlos can los prismáticos, Kashtánov declaró que debían ser mastodontes. Se diferenciaban de los mamuts por las defensas largas y rectas, la frente huidiza y el cuerpo más alargado.
Cerca de ellos andaban unos cuantos antílopes descomunales, can el pelaje amarillo pardo punteado de negro como el del leopardo y largos cuernos en forma de puñal. Se desplazaban a saltos porque tenían las patas traseras mucho más largas que las de delante. Al principio, Gromeka los había confundido con liebres gigantescas.
En el lindero del bosque había animales todavía más extraños, que se asemejaban en parte a las jirafas por el cuello muy largo y la cabeza coronada de pequeños cuernos yen parte a los camellos por el color parda y la forma algo chepuda. Una pareja de estos animales, en las que Kashtánov reconoció a los antepasados de la jirafa y del camello, andaba al borde del lindera arrancando sin dificultad ramitas y hojas a cuatro metros de altura.
La presa más interesante les parecieron a los cazadores los antílopes y las jirafas-camellos. Por eso se dividieron en tres grupos: Kashtánov dió un rodeo para acercarse a las jirafas-camellos, Pápochkin se dirigió hacia los antílopes en tanto Gromeko se disponía a fotografiar a los rinocerontes y los mastodontes.
Seducido por el aspecto del rinoceronte pequeño; que le pareció digno de la brocha, Gromeko abatió de un disparo a le cría cuando más descuidada estaba. Los padres, en lugar de huir como esperaba el cazador, olfatearon el cadáver y luego se lanzaron con gruñidos feroces sobre el botánico, que había tenido la imprudencia de asomarse al borde del soto. Volvió a ocultarse entre los matorrales y apenas se había apartado un poco cuando, en el sitio donde se encontraba paco antes, se escuchó un formidable crujido de ramas y los dos rinocerontes, pisoteando los matorrales y arrojándolos a un lado y otro con los hocicos, aparecieron en la alta de la cresta y continuaron su camino. Pero, al advertir que su enemiga había desaparecido, dieron media vuelta y lanzáronse hacia el lugar donde las ramas estremecidas traicionaban la presencia del cazador.
En ese momento, Pápochkin hizo un disparo cerca de los antílopes y toda el rebaño remontó corriendo la vertiente. El mismo camino siguieron los mastodontes, enarbolando las trompas y emitiendo bramidos inquietos. La situación de Gromeko se hacía crítica: de un lado, tenía que vigilar a los rinocerontes y rehuirlos yendo y viniendo por entre los matorrales; de otra parte, le acechaba el peligro de ser pisoteado por los antílopes y los mastodontes. Pero el botánica tuvo una idea feliz. Al ver que los antílopes y los mastodontes subían por lados distintas, aunque convergiendo en el mismo punto de la cresta, dejó de ir y venir para evitar ¡os rinocerontes y descendió corriendo la cuesta entre los antílopes y los mastodontes, calculando que unos u otros detendrían a sus perseguidores. El cálculo era justo: después de atravesar los matorrales, los rinocerontes furiosos chocaron, uno con los mastodontes y el otro con los antílopes. En la barahunda que se produjo, el primero fué derribado y pisoteado mientras el segundo espantó a los antílopes y luego corrió tras ellos. Gromeko quedó vencedor en el campo de batalla.
Cuando recobró el aliento después de aquella carrera enloquecida, volvió a subir hacia los matorrales, encontró la escopeta abandonada durante su fuga y se puso a buscar su presa, el rinoceronte pequeño por culpa del cual le había ocurrido todo, aquello. Lo descubrió fácilmente porque el cadáver, redondo como un tonel, se veía desde lejos entre la hierba pisoteada. Gromeko se unió luego a sus compañeros y, cargados de pieles, de cráneos y de carne, volvieran hacia el campamento donde Makshéiev sentíase ya inquieto de su larga ausencia. Aunque sin moverse de allí, también él había cazado: unja fiera que se acercaba furtivamente.a la tienda, sin duda con el propósito de devorar a Genenal y que, en vez de ello, se había ganado una bala. Era un animal semejante al lobo, pero con La cabeza voluminosa, el cuerpo de un felino y una melena bastante larga sobre la cabeza y el cuello. Kashtánov declaró que debía ser el antepasado pliociénico de los lobos contemporáneos.
Capítulo XXIII
PLUTÓN SE EXTINGUE
Mientras la carne de antílope hervía en el caldero y el rinoceronte pequeño se asaba a la brocha, los viajeros se dedicaron a ordenar el abundante material recogido durante la jornada.
Estando dedicados.a ello advirtieron que la luz bajaba y se tornaba más roja que de costumbre. Al levantar la cabeza buscando las causas de aquel fenómeno, constataron que el cíele estaba despejado, pero que Plutón lanzaba una luz opaca y que una multitud de grandes manchas oscuras salpicaban una mitad del disco.
Al mismo tiempo que descendía la luz, disminuyó la temperatura, que aquel día había llegado a 28 a la sombra. Esto último hubiera sido causa de alegría si lo primero no hubiese inspirado cierta alarma.
— ¿Y si Plutón se extingue ahora definitivamente? — preguntó Gromeko, ya que durante la cena constataron que la luz seguía decayendo y aumentaba el número de manchas oscuras en el disco.
— Podemos encontrarnos de pronto en una oscuridad absoluta a la que siga inevitablemente el frío polar? — preguntó Pápochkin.
— ¡Pero si nos hemos dejado la ropa de abrigo, allá al Norte, en layurta —exclamó Makshéiev.
— Yo calculo que.se trata de un fenómeno pasajero — declaró Kashtánov-. A juzgar por la luz rojiza y la abundancia de manchas oscuras, Plutón se encuentra efectivamente en la última fase de combustión. Pero este período puede prolongarse aún centenares y miles de paños. Hay estrellas análogas a Plutón observadas en el espacio celeste que a veces sufren eclipses momentáneos, se extinguen casi y vuelven a encenderse. Las reservas de calor que contiene su masa son todavía muy grandes y la corteza, que se forma en su superficie consecuencia del enfriamiento y da origen a las manchas oscuras que vemos, revienta muchas veces y se disuelve bajo los efectos de ese calar. La extinción, de un astro no puede producirse de golpe.