Gromeko hizo salir a General, todavía tembloroso, y le examinó y se lavó las heridas. Luego apartaron el cadáver del león hacia un lado y decidieron continuar el sueña interrumpida. Makshéiev se quedó de guardia, y el resto de la noche transcurrió sin novedad. A le mañana siguiente, las tinieblas parecían memos profundas y las manchas del disco de Platón habían disminuido en número y en tamaño. Los viajeros optaron por esperar todavía un poco, y se pusieron a reparar la tienda, a medir al león muerta y a desollarlo. El tiempo había esclarecido ¡a la hora de lea comida y, algo más tarde, como si hubiera recobrada fuerzas, devoró la mayoría de las manchas que cubrían su disco y lanzó una luz que pareció muy brillante después de cuarenta horas de tinieblas.
Los exploradores recogieron rápidamente sus afectas, que cargaron en las lanchas y la balsa, y reanudaron El viaje, aunque más despacio, porque la embarcación no era bastante ágil y exigía remar con energía. El relieve empezó a cambiar hacia el final de aquella jornada: las colinas de las orillas fueron perdiendo altura, hasta desaparecer enteramente El bosque y la espesura impenetrable habían dejado sitio a una vasta estepa salpicada de sotos donde dominaba el baobab gigante. Sólo las orillas estaban bordeadas de una estrecha franja de exuberante vegetación compuesta de palmeras, bambús y lianas donde se veían aves y grandes monos de diferentes especies. Rebaños de antílopes variados, de mastodontes, de rinocerontes, de jirafas-camellos, de jirafas sin cuernos y de caballos primitivas pacían en la estepa. Cerca del río, en la espesura, había tigres, hipopótamos y ciervos.
Capítulo XXIV
REPTILES MONSTRUOSOS Y PÁJAROS DENTADOS
Los viajeros desembarcaron para descansar en una vasta isla, casi toda ella de carácter estepario; sólo las márgenes estaban bordeadas en algunos sitios de arbustos y juncos. Montaron la tienda en el extremo septentrional de la isla, desde donde se veía el río, dividido en dos brazos de lo menos cien metros de ancho cada uno.
Después de la cena rompieron la calma unos ruidos que llegaban desde la margen opuesta del río: largos gritos que recordaban el rumor de una multitud humana y a veces eran cubiertos por ladridos entrecortados y aullidos.
De la espesura desembocó, rompiendo los juncos y apianando los arbustos, un pequeño rebaño de cuadrúpedos con pelaje rojizo salpicado de blanco, que se lanzaron al agua y nadaron hacia la isla. Tras ellos salió una jauría de animales abigarrados. Entre aullidos y ladridos, también se metieron en el agua, tratando de dar alcance a uno de los primeros que, sin duda extenuado, se que daba atrás.
A los pocos minutos, los animales perseguidos llegaron a la isla y desfilaron al galope cerca de la tienda. Parecían caballos, aunque no tenían apenas crines.
El último también logró llegar a la orilla antes que los carniceros, pero trepó difícilmente la cuesta y, arriba, fué rodeada por sus perseguidores, que aullaban y ladraban. Reuniendo sus últimas fuerzas, coceaba y mordía; sin embargo, aquella lucha desigual con una docena de enemigos no podía durar mucho. Los carniceros evitaban las golpes, pero, no rompían al cerco, esperando a que estuviera completamente agotado.
Intervinieron los hombres: tres disparos hechos contra la jauría abatieran a dos animales y pusieron en fuga a los demás. Pero la víctima, extenuada, no, podía ya gozar de su inesperada salvación. Agonizaba cuando los viajeros se aproximaron. Tenía en el cuello una enorme herida, abierta probablemente por los dientes de un carnicero en el primer ataque al rebaño y causa de la debilidad de la víctima, que había ido desangrándose en la carrera.
El examen de los carniceros muertos demostró a los cazadores que pertenecían.a la clase de los mamíferos primitivos.
Tenían el tamaño de un lobo de Siberia, aunque su cuerpo, así coma el rabo larga y fino, recordaban más bien el género de los félidos. El pelaje era, en el lomo y los flancos, de color parda con hayas transversales amarillas y también amarillo en el vientre. Las dientes, casi todos iguales, tenían aspecto de colmillos.
La víctima de los carniceros sólo merecía,con grandes reservas, el nombre de caballo Del tamaño de un asno fuerte, aunque más gracioso, tenía unas patas finas terminadas en cascas de cuatro dedos y no de uno como los caballos de verdad. Además, tres se hallaban en estado embrionario y sólo el del centro tenía el desarrollo normal.
Al examinar aquel extraño Caballo, Kashtánov y Pápochkin llegaron a la conclusión de que se hallaban cante un caballo primitivo, antepasado de los caballos contemporáneos y más semejante a un guanaco de América.
Al día siguiente continuó la región esteparia, verdadera sabana o pradera de alta hierba, con sotos y grupos de arbustos y árboles en las márgenes del río apacible y de las numerosas islas. En una de las islas más grandes los viajeros vieron un rebaño de titanoterios, animales intermedios del hipopótamo y el rinoceronte.
Los viajeros quisieron atracar un poco más abajo, entre unos matorrales, para deslizarse hasta los titanoterios y apoderarse de uno de ellos, pero se encontraron con un animal más curioso todavía, representante de los más antiguos paquidermos: un rinoceronte de cuatro cuernos que bebía con las patas de delante metidas en el río. Cuando la balsa se acercó a él, levantó su cabeza monstruosa y abrió una boca enorme como si quisiera, tragarse a visitantes importunos o, por lo menas; escupirles. De la mandíbula superior salían dos largos, colmillos amarillentos; entre los ojos se alzaban dos cuernos pequeñas divergentes y detrás de las orejas asomaban dos cuernos más, romos, parecidos a muñones.
Pero mientras los exploradores atracaron y cruzaron. sin ruido la espesura par a fotografiarlo, Raquel interesante animal había abandonado ya la margen y se alejaba trotando pesadamente. Kashtánov y Pápochkin le siguieron esperando que se detendría y entonces vieron en un clara vecina a un animal gigantesco que arrancaban las hojas de un árbol enorme a una altura de cinco metros. Por la silueta y el color de la piel parecía un elefante cuyo lomo se alzara a cuatro metros del suelo, pero la cabeza y el cuello larga se diferenciaban mucho de los de un elefante: la cabeza, pequeña comparada a la masa del cuerpo, recordaba la cabeza de un tapir con el labio superior alargado que servía al animal pana arrancar rápidamente las hojas por ramilletes.
— ¡qué monstruo! — murmuró Pápochkin-. Tiene cuerpo de paquidermo, cuello de caballo, cabeza de tapir y hábitos de jirafa.
— Pienso — observó Kashtánov— que hemos tenido la suerte de ver a un ejemplar raro del orden de los rinocerontes sin cuernos, cuyos restos se han descubierto recientemente en el Beluchistán, por lo cual este coloso — el mayor de los mamíferos terrestres— he recibido el nombre de beluchisterío. Vivió a finales del oligóceno o principios del mioceno.
— ¡Es efectivamente un coloso! — dijo el zoólogo admirado-. Me parece que podría pasar por debajo de su vientre sin inclinarme y doblando únicamente un poco la cabeza.
— Si se colocara junto a él a un rinoceronte indio adulto tampoco le llegaría con el lomo más arriba del vientre y podría pesar por cría suya.
— Es una lástima que no podamos colocarnos junto a él al retratarlo para la comparación — dijo Pápachkin manipulando el aparato-. Aunque parece un animal inofensivo, yo no me atrevería a acercarme: sin querer le puede a uno partir los huesos de una patada.