Sorprendidos por aquel hermoso cuadro, los exploradores dejaron de remar. Las embarcaciones flotaban lentamente río abajo y los remeros admiraban aquel espectáculo. Pápochkin buscó un cazamariposas y, después de varios intentos, capturó a una de las libélulas. Pero cuando iba a sacarla de la red le mordió tan dolorosamente un dedo que, desconcertado, el zoólogo la dejó escapar.
La tupida cortina verde que bordeaba las orillas no les dejaba atracar y, cansados por le larga jornada, los viajeros buscaban en vano con la mirada algún lugar despejado para acampar.
El hambre empezaba a molestarles, pero los muros de colas de caballo iban haciéndose más espesos.
— ¡Nos debíamos haber detenido al final de la estepa! — dijo Gromeko.
— Otra vez lo haremos mejor — replicó Makshléiev riendo.
Los kilómetros se sucedían sin que apareciese el menor claro en la vegetación. Por fin, en un recodo del río, apareció en la margen izquierda una franja verde más baja. Se adentraba en el agua una lengua de tierra, larga y estrecha, rematada por un banco de arena, en la que sólo crecían colas de caballo. A falta de otra cosa, decidieron detenerse allí y acondicionar una pequeña superficie para el campamento. Después de resguardar las embarcaciones en una pequeña ensenada entre le lengua de tierra y la orilla, los viajeros empuñaron sus cuchillos de caza y se pusieron a luchar con las colas de caballo. Resultó una labor difícil porque los tallos gruesos, endurecidos por el abundante sílice que contenían, resistían a los tajos, y, aun después de cortados, dejaban unos tallos punzantes en los que era imposible sentarse o acostarse.
— Vamos a probar a arrancarlos de cuajo — propuso el botánico-. No creo que estén muy arraigados en este suelo blando del río.
El consejo era bueno: las colas de caballo se arrancaban sin dificultad y, al cabo de media hora, los viajeros habían dejado limpio el terreno necesario para la tienda de campaña y la hoguera. Pero se encontraron con que no podían encender fuego porque las colas de caballo estaban verdes y no urdían. Veíanse imposibilitados no sólo para hacerse la cena, sino incluso para hervir el agua del té Además, de entre las colas de caballo se habían alzado enjambres de mosquitos de veinte milímetros de longitud que sólo hubieran podido ser ahuyentados por el humo de la hoguera.
— Ahora que me acuerdo — dijo Gromeko —, he vista aquí muy cerca, antes de desembarcar, un tronco seco que asomaba entre la maleza. ¡Hay que traerlo!
Armados de hachas y cuerdas, Gromeko y Makshéiev desengancharon una de las lanchas y remontaron el rico. unos cien o doscientos pasos del campamento un grueso tronco seco con algunas ramas asomaba por encima de los matorrales verdes; pero crecía a tal altura sobre la margen que era imposible alcanzarle con la mano ni con el hacha.
— Habría que enganchar la cuerda en alguna de las ramas para ver si se parte — opinó Makshéiev.
Grometo retuvo la lancha agarrándose.a las colas de caballa. Makshéiev arrojó la cuerda a una gruesa rama y empezó a tirar de ella. La rama no se rompía, pero el árbol entero empezó a crujir.
— Suelte la lancha y ayúdeme a tirar — pidió a su compañero.
Ahora los dos tiraban de la cuerda, de pie en la frágil embarcación. El árbol se desplomó, golpeando en la proa de la barca, que empezó a sumergirse bajo su peso. Gromeko sólo tuvo tiempo de agarrarse a las colas de caballo y atraer hacia ellas la popa de la barca, cuya proa había desaparecido ya bajo el agua.
— ¡Sí que estamos bien! ¿Qué hacemos ahora? — exclamó Makshéiev.
Hallábanse los dos en la popa, con los pies metidos en el agua, agarrándose con una mano a las colas de caballo y reteniendo con la otra lo cuerda para que el desdichado árbol no se fuera a la deriva.
— Como no podemos salir a la orilla ni tenemos nada para achicar el agua, no nos queda más remedio que pedir auxilio — contestó Gromeko.
Las dos se pusieron a gritar. Nadie les contestaba al principio, pero luego se escuchó la voz de Kashtánov preguntando lo que había ocurrido.
— Vengan con un cubo. Senas hunde la barca.
— ¡Ahora voy! — contestó Kashtánov.
En esto, junto.a la proa hundida, emergió del agua urna enorme cabeza de color verde pardusco, hocico corto y ancho y ajillos pequeños bajo un cráneo aplastado. El,animal estuvo algún tiempo contemplando a los hombres sobrecogidos por la sorpresa y luego, abriendo una boca plantada de varias hileras de dientes agudos, se puso a trepar a la embarcación, que se hundió más todavía bajo su peso. Apareció un cuello corto y grueso, luego parte del cuerpo lisa. Las garras de las anchas patas delanteras se aferraron al borde de la barca. Al marcharse en busca de leña tan cerca del campamento, los cazadores no se habían llevado las escopetas y ahora se encontraban desarmados frente a un reptil de raza desconocida pero seguramente carnicero y fuerte. Las hachas se habían quedado en la proa y ahora se hallaban en el agua, bajo las patas del enemigo.
— Ate usted pronto el cuchillo al mango de un remo mientras yo trato de contener a este monstruo con el otro — gritó Makshéiev.
Sacó el cuchillo, que agarró entre los dientes, y luego, empuñando el remo, hundió con todas sus fuerzas la pala en la boca entreabierta del animal que, sobrecogido por aquel fuerte golpe contra el paladar y la lengua, apretó las mandíbulas. Luego se oyó un chasquido. Los dientes agudos desmenuzaban la madera y atacaban ya el borde de hojalata. Makshéiev continuó hundiendo el remo en las fauces, pero el pala disminuía porque el animal no dejaba de triturarlo para escupir luego las astillas teñidas de sangre.
Entretanto, Gromeko, que había tenido tiempo de atar su cuchilla de caza con las correas de las botas al mango
del segundo remo, acercóse por detrás de Makshéiev y hundió aquella lanza improvisada en un ojo del monstruo.
Enloquecido de dolor, el animal dió un salto de lado, arrancó el remo de manos de Makshéiev y desapareció en el agua, mostrando por un instante su lomo ancho, de color pardo verdoso, con una doble hilera de escamas a lo largo y una cola corta y gruesa que golpeó en el agua con tanta fuerza que ambos cazadores quedaron empapados de pies a cabeza.
Apartada de la orilla por el movimiento del monstruo, la lancha se hundió definitivamente en el agua.
Kashtánov, que acudía en auxilio de sus compañeros, se encontraba ya cerca del lugar del suceso. Al desembocar del recodo vió la tromba de agua levantada por el monstruo, pera sin comprender lo que ocurría. El árbol seco pasó por su lado, apareciendo y sumergiéndose al capricho de las olas. Creyendo que se trataba de un cocodrilo, el remero iba a golpearlo con su bichero cuando Gromeko, que no quería perder aquel botín lograda la costa de tantos esfuerzos, gritó:
— ¡El tronco! ¡Agarre el tronco, que es nuestro combustible!
Kashtánov enganchó el árbol con el bichero y, remolcándolo, llegó por fin hasta donde estaban sus camiaradas metidos en el agua hasta la cintura.
Después de algunos esfuerzos, lograron sacar la barca, achicaron el agua y volvieron con su botín hacia la tienda donde Pápochkin luchaba desesperadamente contra los mosquitos. En cuanto a General, se había refugiado metiéndose en el agua hasta las orejas.
Una vez el tronco en tierra, hicieron pastillas y pronto crepitaba una alegre hoguera. Las colas de caballo que echaron encima despidieren un humo tan intenso que los mosquitos desaparecieron al instante y Makshéiev y Gromeko, que estaban secándose junto al fuego, empezaron a llorar a lágrima viva.