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Aun bogaron unas cuantas horas por los pantanos, remando con energía para alejarse de ellos lo antes posible. La fauna parecía limitarse allí a los insectos y los pájaros primitivos que surcaban el aire y a los peces y los reptiles disimulados en el fondo del agua oscura y que sólo traicionaban su presencia por el chapoteo y los remolinos. La existencia de cuadrúpedos terrestres debía ser impasible en aquella espesura pantanosa.

— ¡Además, no hay animal terrestre capaz de soportar las picaduras de estos horribles bichos! — afirmó Gromeko.

Por fin sopló del Sur una brisa fresca, que a veces traía un rumor lejano y monótono.

Makshéiev fue quien primera percibió el ruido y anunció:

— Delante de nosotros,debe haber un gran lago descubierto de orillas desnudas o quizá un mar.

— ¿Un mar? — sorprendióse Pápochkin-. ¿Será posible que también haya un mar en Plutonia?

— Habiendo ríos, cosa de la que no podemos dudar, alguna vez tienen que desembocar en una cuenca de agua quieta, porque no van a estar corriendo hasta lo infinito.

— ¿Y no pueden perderse en lagos pantanosos como el que atravesamos o consumirse en los arenales?

— Desde luego. Pero, dada la abundancia de agua, es más probable que exista un depósito descubierto del que sólo sería la antesala el lago medio cubierta de vegetación que estamos atravesando.

Capítulo XXVI

EL MAR DE LOS REPTILES

Los exploradores sentían grandes deseos de conocer las dimensiones de aquel depósito y se preguntaban si no pondría fin a su viaje al interior de Plutonia, ya que hubiera sido desde luego imposible aventurarse sobre un mar inmenso en frágiles lanchas de lona.

Al cabo de una hora se divisó delante una franja azul al extremo del ancho río-lago de corriente imperceptible. La desembocadura estaba cerca. remando con redoblada energía, los navegantes llegaron media hora más tarde al nacimiento del lago o del mar.

La vegetación de las orillas del río no llegaba hasta el borde del mar, enmarcado por una ancha franja de arena desnuda. La resaca impedía probablemente que las plantas arraigasen al lado del agua.

Los viajeros acamparan para dormir en aquella playa de arena refrescada por la brisa marina y libre de agobiadores insectos.

Después de descargar la impedimenta en la orilla y de encender una hoguera todos corrieron hacia el mar para comprobar si se encontraban frente a un depósito cerrado de agua salada o frente a un gran lago de agua corriente. Además tenían muchos deseos de bañarse porque en los últimos días habían tenido que renunciar a hacerlo en el río al ver que en sus aguas habitaban grandes reptiles.

Se desnudaron rápidamente en la fina arena de la playa y metiéronse en el agua cuya profundidad iba aumentando de manera casi imperceptible: sólo a unos cincuenta pasos de la orilla les llegó el agua a la cintura: estaba salada, aunque no tanto corno en los océanos de la superficie terrestre; se la hubiera podido comparar al agua del mar Báltico.

Refrescados por el baño, los viajeros debatieron el itinerario ulterior. El mar no era ilimitado: en la parte meridional del horizonte se podía distinguir la orilla opuesta incluso a simple vista y con unas buenos prismáticos se divisaba netamente una vegetación tupida, grupos de árboles más altos y, en algunos lugares, unos macizos oscuros, violáceos, que debían ser rocas o acantiladas. Más allá del muro de vegetación, y gracias a la superficie cóncava del suelo, se discernía también, aunque menos distintamente, un terreno unido del misma matiz violeta y, en algunos sitios, grupos: de montañas más altas. Aquel relieve excitó en todos los exploradores el desea de llegar a la orilla meridional. La empresa no parecía imposible: la distancia sería de cuarenta a cincuenta kilómetros y, en un día de calma, con una ligera brisa propicia que permitiese el empleo de la vela, no era muy azaroso ponerse en camino.

Como la caza había sido últimamente mala en la zona de las pantanos y las lagos y la reserva de carne estaba agotada, sólo tenían pastas alimenticias para cenar. Pero Makshéiev y Pápochkin recurrieron a la pesca. Mientras se bañaban habían visto grandes peces, de manera que, provistos de cañas, remontaron la orilla hasta el sitio donde el río salía de las malezas y el agua era más profunda. Los flotadores permanecieron bastante tiempo quietos y los pescadores se disponían ya a cambiar de sitio cuando los peces empezaron a picar con fuerza en ambos anzuelos.

Makshéiev atrajo y sacó a la orilla un pez grande, pero el de Pápochkin era tan pesado que podía romper el bramante. Por eso fué tirando de él hacia la orilla para sacarlo allí con la red. Súbitamente, el agua se cubrió de burbujas, la caña sufrió una sacudida y una masa negra se llevó el pez y el anzuelo. El pescador sólo tuvo tiempo de ver un lomo cubierto de grandes escamas y una cola carta.

Makshéiev, ocupado en desenganchar su pez del anzuelo, oyó un fuerte chapoteo y exclamó:

— ¡Ha debido usted agarrar un pez de lo menos ocho kilos!

— A mí me parece que de ochocientos — contestó el zoólogo sobrecogido de espanto-. Ha roto la caña y se ha escapado.

Makshéiev se acercó corriendo para enseñarle su presa. Era un animal muy extraño, ancho y aplastada como una barbada, cubierta de ásperas escamas de un centímetro cuadrada, con la cola de una sola hoja, los das ojos en el mismo lado del cuerpo y largas espinas erizándole la espalda.

— ¿Será comestible este monstruo? — preguntó dudoso.

— Cloro, que sí. Se parece a una barbada, aunque en algo se diferencia de ella. Debe ser una raya. Además, todo pescado fresco es comestible, porque únicamente las huevas, la lecha y la película negra de la cavidad abdominal son venenosas en algunas especies. Una vez destripados, se puede comer los peces incluso de clases desconacidas, siempre que no tengan la carne maloliente o demasiado espinosa.

— Entonces, vamos a probarlo y trataremos de pescar otros. ¿Y qué aspecto tenía el que se le ha escapado a usted?

— Me parece que ha sido algún reptil grande que se ha llevado, el pez con el anzuelo y un troza de bramante.

— ¡Hombre, se conoce que también hay aquí carniceros de ésos! ¡Y nosotros bañándonos tan tranquilos en el mar!..

— Sí, habrá que tener más cuidado parque las mares del jurásico, y éste debe ser uno de ellos, estaban habitados por enormes ictiosauros, plesiosaurios y otros reptiles carniceros a los que no le hubiera costado ningún trabajo partir a un hombre por la mitad.

— ¿Y las tiburones? ¿No existían en esa época aún?

— También existían. Remontan casi al período devoniano y eran de dimensiones enormes. Se han encontrado dientes suyos de setenta centímetros. ¡Puede usted. figurarse lo que sería una boca correspondiente a esa dentadura!

Los pescadores volvieron a lanzar sus cañas y pronto capturaron unos peces grandes, parecidos a esturiones. Una vez limpios los echaron al caldero y, mientras se hacía la sopa, pescaron unos diez más.

Después de cenar se sentaron junto a la tienda a fumar sus pipas y a debatir su próxima travesía de aquel mar que expiraba, suavemente en la arena salpicada de conchas de diferentes moluscos que despertaron gran interés en el zoólogo.

Mientras sus compañeros estaban pesando había recogido toda una colección y determinado que eran amonitas*

Gromeko interrumpió la conversación exclamando:

— ¡Miren ustedes qué serpientes de mar tan enormes!