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A unos cien metros de la orilla emergieron sobre el mar, primero una y luego otra, dos cabezas aplastadas como las de las serpientes rematando unos cuellos que ondulaban graciosamente. Hubiérase dicho dos enormes cisnes negros cuyas cuerpos: apenas sobresalían del agua.

— No son serpientes — declaró Kashtánov después de haberlas examinado con las prismáticos-. Estoy seguro de que se trata de plesiosaurios, cuya presencia es muy posible en un mar del jurásico superior.

— ¡Qué monstruos! — observó Pápochkin, que también seguía con unos prismáticos las evoluciones de los animales —, Me parece que el cuello tiene lo menos dos metros de largo.

— ¿No se les ocurrirá venir a hacernos una visita? — preguntó Gromeko, que no había olvidado todavía la aventura de la barca y el reptil.

— ¡Cualquiera sabe! Pienso que en tierra firme han de ser muy torpotes y podremos escaparles fácilmente. De todas formas, vamos a cargar las escopetas con balas explosivas.

Pero los monstruos marinos no parecían tener el propósito de salir a tierra. Se zambullían en busca de peces. Nadaban lentamente a lo largo de la orilla para espiar a sus víctimas y luego las agarraban doblando el cuello con movimiento rápido y las arrojaban al aire a fin de engullirlas de cabeza.cuando caían, en la dirección de las escamas y las aletas. Pero a veces se les escapaba la presa y entonces los monstruos las perseguían saliendo casi del agua que cortaban ruidosamente y adelantando el cuello.

La pesca de los plesiosaurios, que los exploradores observaban con gran interés, terminó.en una pelea: los dos animales se habían apoderado del mismo pez, sin duda bastante voluminoso, y procuraban arrancárselo el uno tal otro.

Uno de ellos lo logró al fin y se escapó. El otro salió tras él, le dió alcance y enrolló su cuello al cuello de su adversario para hacerle soltar el pez. Los cuellos enlazados ondulaban de un lado a otro, los cuerpos oscuros se empujaban, los rabos cortos y las paletas natatorias golpeaban frenéticamente el agua levantando verdaderos surtidores. Por fin, uno de los plesiosauros, enfurecido, soltó el pez y hundió los dientes en el cuello de su adversario, arrastrándole al fondo. El agua continuó mucho tiempo agitada en el sitio donde se habían sumergido los monstruos.

Una hora más tarde Gromeko y Kashtánov, que recogían en la orilla restos de árboles: traídos por las olas para alimentar la hoguera del campamento, vieron una masa oscura mecida por las olas. Flotaba a lo largo de la orilla, aproximándose gradualmente, hasta que se inmovilizó, varada sin duda en un banco de avena.

Cuando volvieron a la tienda con la leña, sus compañeros dormían ya. Entonces los dos hombres desengancharon una lancha y remaron en dirección a la masa oscura. Era uno de los plesiosaurios, cuyo cadáver estaban despedazando unas aves grandes, montadas en él. Otras más pequeñas giraban en el aire, aguardando probablemente su turno de regalarse, con unos gritos semejantes al croar de ranas enormes. En su vuelo se asemejaban a los murciélagos.

Hubo que dispersar con algunos disparos a aquella bandada para acercarse al cadáver, que tenía la cabeza y la parte superior del cuello colgando de unos jirones de piel desgarrada por los dientes de su adversario. El animal muerto flotaba con el vientre al aire; sus enormes paletas natatorias emergían fuera del agua. La piel del vientre era lisa, de un color pardo verdoso.

Era imposible sacar al plesiosaurio a la orilla: el cuerpo medía dos metros largos, la cola un poco menos y el cuello más. Las paletas posteriores alcanzaban casi metro y medio.

Las aves matadas por los cazadores eran reptiles voladores de dos especies: los mayores (pterodáctilos) eran de tamaño superior al de un águila y los otros alcanzaban las dimensiones de un pato grande.

Unos y otros tenían cabeza voluminosa, que remataba un pico dentado, el cuerpo desnudo y alas membranosas uniendo las patas anteriores y las posteriores como ocurre a los murciélagos. La especie más pequeña tenía una larga cola.

* Género de moluscos cefalópodos fósiles cuya concha, enrollada en espiral, está dividida por tabiques. Sus especies fueron particularmente numerosas en los períodos triásico, jurásico y cretáceo.

Capítulo XXVII

LA TRAVESÍA DEL MAR

Al día siguiente hizo un tiempo muy bueno para navegar por el mar: el cielo estaba casi sin nubes y soplaba del Norte una brisa ligera que permitía utilizar la vela aunque no levantaba gran oleaje. Al hacer los preparativos de viaje, los exploradores inspeccionaron minuciosamente las barcas y la balsa y pusieron de vela la tienda de campaña entre dos bicheros que servían de mástiles. Sobre una pirámide, que Makshéiev levantó en la orilla con troncos arrojados por el agua a la playa, se plantó una pértiga con una bandera blanca que debía servir de punto de referencia a la vuelta. Algo más atrás, al borde de las malezas donde la marea no llegaba más que en casos excepcionales, abrieron un hoyo en la arena a fin de enterrar las colecciones de minerales, los herbarios, los cráneos, los huesos y las pieles de animales para no llevarse aquella carga superflua que, además, corría el riesgo de mojarse durante la navegación. Una vez cegado el hoyo, levantaron otra pirámide idéntica para que no pudieran abrirlo las fieras si eran atraídas por el olor de las pieles. En lo alto fué plantada una botella pequeña con la descripción del itinerario seguido por la expedición desde layurtahasta el mar.

Terminados estos trabajos, los exploradores subieron a las barcas y se pusieron en camino rumbo al Sur, hacia la orilla opuesta, que se vislumbraba apenas a lo tejos. Cavando la embarcación se apartó un poco de la playa, el viento hinchó la vela y se avanzó con mayor rapidez.

Desde lejos, los viajeros podían juzgar mejor del carácter general de la orilla septentrional del mar: a Este y Oeste de la desembocadura del río Makshéiev estaba bordeada de la misma alta muralla verde que desgarraban en algunos otros sitios estuarios semejantes. La pirámide y la bandera se dibujaban netamente sobre el fondo verde. Detrás.de la franja de vegetación no se veían montes ni colinas. Era, pues, probable que el terreno próximo a aquella parte del litoral fuera una vasta llanura pantanosa y boscosa.

Después de dos horas de navegación, los viajeros dejaron que la barca fuera empujada sólo por la vela para descansar ellos un poco.

El mar estaba casi quieto. Una brisca ligera ondulaba apenas la superficie, absolutamente desierta lejos de las orillas. La profundidad debía ser muy grande porque un cordel de cien metros, con un peso en el extremo, no llegaba al fondo. Los exploradores no tenían otra sonda. Después de descansar remaron una hora más.

Ahora debían encontrarse aproximadamente en el centro del mar porque ambas orillas parecían igual de lejanas. Pronto refrescó el viento. Se aceleró la marcha de la embarcación. Distinguíanse ya perfectamente alto acantilados negros, violáceos y rojizos que se adentraban en terrazas hacia el interior del país. Bordeaban la costa y, a la derecha, cedían el sitio a los macizos verdes del bosque, sustituido luego por unas altas colinas rojizas que unas veces llegaban hasta el aborde del agua y otras se replegaban detrás de una estrecha franja de vegetación.

El mar se animaba a medida que se acercaba la costa: aparecieron enormes medusas de un metro de diámetro, balanceando su cuerpo gelatinoso y translúcido al capricho de las olas. Cuando dejaban de remar, los viajeros veían en el agua bancos de peces grandes y pequeños. A veces asomaban argonautas con las velas y los tentáculos rojos desplegados sobre la concha nívea.

A dos kilómetros de la costa aumentó el número de habitantes del mar. En algunos sitios, las algas formaban islas flotantes y los remos se hundían difícilmente en su blanda masa verde. Al mismo tiempo que las algas se podía sacar del agua pequeños moluscos, pececillos e insectos.