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Los viajeros lanzaron su sonda improvisada: marcó veinticinco metros de profundidad. Desde aquel sitio se distinguía la orla blanca de la resaca al pie de las ropas.

El viaje había transcurrido hasta entonces sin incidentes y se asemejaba a una travesía de recreo. Pero los exploradores estaban condenados a pasar también momentos de apuro. Se encontrarían a un kilómetro de la orilla cuando un plesiosaurio asomó de pronto la cabeza a unos treinta metros de la embarcación y avanzó a su encuentro ondulando graciosamente el largo cuello. El reptil nadaba sin prisa, examinando a los hombres y la embarcación que debían parecerle un gran animal desconocido. Las escopetas estaban cargadas con balas explosivas y cuando el plesiosaurio se acercó restallaron dos disparos. Ambas balas dieron en el blanco. El cuello esbelto se estremeció, de la boca entreabierta salió un chorro de sangre y la cabeza pendió, desmayada, sobre el cuello herido. El animal se retorció convulsivamente en el agua, levantando tal oleaje que los viajeros, por miedo a que les hundiera la embarcación, se alejaron lo antes posible manejando los remos con energía.

Se dirigían afanosamente hacia la costa cuando una masa oscura pasó junto a ellos como un submarino, dejando una doble estela en el agua, de la que sobresalía un lomo de color verde pardusco y una cabeza enorme y alargada semejante a la de un cocodrilo. Entreabriendo la boca plantada de dientes agudos, el monstruo iba lanzado hacia el plesiosaurio agonizante que le ofrecía una presa fácil.

— ¡Debe ser un ictiosaurio! — exclamó Kashtánov, que seguía con la mirada al temible animal.

— Pues este bicho es todavía peor que el otro — observó Makshéiev-. Puede agarrar a una persona y cortarla en dos sin ningún esfuerzo.

— Además, es difícil descubrirlo y matarlo en el agua — dijo Gromeko.

La costa estaba ya próxima. Antes de llegar a ella los exploradores tuvieron ocasión de ver a un joven ictiosaurio persiguiendo peces que, para esquivarle, saltaban fuera del agua lo mismo que saltan los gobios cuando les da caza un lucio voraz. La boca del ictiosaurio, por otra parte, tenía mucho parecido con la de un lucio.

Evitando la marejada al pie de las rocas desnudas, los viajeros remaron hacia la orilla baja, bordeada de vegetación, donde se veía una pequeña playa de arena lisa, muy apropiada para acampar. Junto a la orilla el mar tenía tan poca profundidad que fué necesario saltar al agua y empujar las barcas y la balsa. La travesía había durado seis horas; no era más que mediodía y, después del almuerzo y de descansar un rato, aun les quedaría tiempo para visitar los contornos. Las barcas y la balsa fueron sacadas a la orilla, y luego se montó la tienda. Al ir a preparar el almuerzo se vió que tocaba a su fin la reserva de agua dulce.

— ¡Qué falta de precaución la nuestra! — dijo Pápochkin-. ¿Quién sabe si habrá agua dulce en esta orilla? Debíamos habernos traído una provisión para varios días.

— Si no encontramos agua, tendremos que volvernos sin haber visto casi nada en esta orilla — observó Gromeko.

— Sus aprensiones me parecen vanas les tranquilizó Kashtánov-. Si esta orilla estuviera completamente privada de vegetación, sería otra cosa. Entonces habríamos traído, naturalmente, agua dulce porque nos hubiera sugerido esa idea su aspecto desértico.

— Estoy convencido de que aquí cerca encontraremos algún arroyo o alguna fuente — dijo Makshéiev —, porque esta vegetación exuberante no podría alimentarse de agua salada.

Después de haber almorzado y descansado un poco, el zoólogo y el botánico se dirigieron al bosque a buscar agua mientras Kashtánov y Makshéiev exploraban tos acantilados de la orilla al Este del campamento.

Todos se llevaron las escopetas cargadas con balas explosivas por si encontraban reptiles terrestres o fieras. Ataron a General cerca de la tienda y encendieron a un lado una gran hoguera que debía alejar a los visitantes indeseables.

Capítulo XXVIII

LOS MILLONES DE MAKSHEIEV

Los acantilados más próximos, de color casi negro, con manchas rojas y amarillas y rayas en la superficie, eran de mineral de hierro, de imán puro. Cada martillazo desnudaba el mineral y sólo en algunos sitios aparecían manchas y vetas de otra roca oscura.

— ¡Cuántas riquezas perdidas aquí inútilmente! — exclamó Makshéiev después que hubieron examinado una hilera del acantilado, encontrando en. todas partes mineral únicamente con la superficie un poco horadada y oxidada.

— En efecto, se podría construir aquí una explotación que proporcionara mineral a todos los habitantes de la superficie terrestre — observó Kashtánov-. Naturalmente, habría que empezar por tender un ferrocarril a través de Plutonia y de la Tierra de Nansen y emplear rompehielos gigantescos en el mar de Beaufort.

— Esa es cuestión de un porvenir no muy lejano. Cuando arriba se reduzcan las reservas de mineral de hierro, las empresas de este género serán útiles e incluso necesarias para la humanidad.

A un kilómetro sobre poco más o menos del sitio donde comenzaban los acantilados, la exploración de la orilla fué cortada por el mar, cuyas olas se rompían al pie mismo de las rocas abruptas sin dejar el menor sendero para el paso.

— Tendremos que continuar nuestras investigaciones

en abarca cuando el mar esté en calma — dijo Makshéiev. — ¿Y si probásemos, de momento, a subir por una de las gargantas que acabamos de dejar atrás? — preguntó Kashtánov.

Después de volver un poco sobre sus pasos, los dos investigadores se adentraron en la primera garganta que cortaba las rocas siderolíticas. La entrada estaba cegada por enormes bloques de mineral que tuvieron que escalar con gran esfuerzo.

Durante este ejercicio gimnástico, Makshéiev se detuvo de pronto sorprendido.

— ¡Fíjese usted en esto! — exclarnó, señalando una veta intensamente amarilla de cinco a diez centímetros de espesor que cortaba un enorme bloque de imán natural-. ¡Apuesto la cabeza a que es ora nativo!

— Tiene usted razón — contestó Kashtánov-. Es oro nativo y de bastantes quilates.

— ¡Qué cantidad de riquezas perdidas! — exclamó el antiguo buscador de oro-. He visto muchos yacimientos auríferos en California y en Alaska, pero nunca había encontrado una veta compacta de oro ni oído hablar de nada semejante.

— Tampoco había tenido yo ocasión de leer nunca descripciones de vetas parecidas — confirmó Kashtánov-. Pero, al fin y al cabo, la veta atraviesa únicamente este bloque y no la roca, de manera que su riqueza se reduce a unas cuantas decenas de kilos.

— Si hay una veta en el bloque, ¿.por qué no puede continuar en la roca de la cual se ha desprendido?

— Efectivamente. Desde luego, vamos a hacer búsquedas; pero es posible que atraviese un pico inaccesible y entonces tendremos que contemplarla como contemplaba las uvas la zorra del cuento.

— No hay picos inaccesibles a la dinamita y a las obras de minería — exclamó arrebatado Makshéiev-. Lo que hace falta es encontrar la veta.

— Mi impresión es que el interés de este descubrimiento será para nosotros puramente teórico; ya que no podremos llevarnos en nuestras lanchas, no ya una tonelada, sino ni siquiera un centenar de kilos de oro.

— ¡Qué se le va a hacer! Nos llevaremos todo lo que podamos y luego enviaremos al centro de la tierra una expedición especial en busca de oro.

Después de examinar los acantilados que se alzaban a la entrada de la garganta sobre los montones de bloques y de convencerse de que no se veía en ellos oro, los geólogos remontaron la garganta que, más adelante, se ensanchaba un paco. Las paredes se alzaban perpendicularmente y el suelo estaba cubierto de pedriza y escombros menudos. Las rocas laterales contenían sólo imán natural, pero Kashtánov descubrió otros minerales entre la pedriza.