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— Mire usted: más oro — anunció Makshéiev después de haber recorrido unos cincuenta pasos por la garganta. Levantó del suelo un trozo de roca donde el oro brillaba en pequeños puntos.

El fondo de la garganta empezaba a ascender a doscientos pasos de la entrada, para convertirse luego en una serie de salientes. Los geólogos treparon a los primeros hasta detenerse delante de una roca absolutamente perpendicular, de unos cuatro metros de altura, que les cerraba el camino ya que no había posibilidad de trepar por el muro liso.

Descorazonado, Makshéiev golpeó con el martillo contra el muro escarpado y exclamó:

— No se puede seguir adelante, conque ¡ adiós nuestras esperanzas de dar con la veta de oro!

— Sí, habrá que buscar otra garganta.

— Pero, ¿qué es esto? — lanzó Makshéiev furioso-. En lugar de darnos oro esta roca se quiere quedar con mi único martillo.

En efecto, el martillo aparecía pegado a la pared de donde el buscador de oro trataba en vano de arrancarlo.

En ese momento, Kashtánov, que estaba examinando un saliente de la roca, volvió la espalda a la pared, presentándole la escopeta que llevaba colgado al hombro; y notó que una fuerza poderosa le atraía. La escopeta golpeó contra la roca y el geólogo se vió imposibilitado para apartarse de ella.

— ¡Qué poder magnético tiene esta roca! — exclamó al comprender lo que sucedía-. Ha sido el imán natural el que ha atraído su martillo y mi escopeta.

— ¿Y cómo vamos a recuperarlos? Porque no es cosa de dejar aquí estos objetos necesarios como recuerdo perpetuo de nuestra excursión fallida.

Kashtánov deslizó el hombro fuera de la correa y la escopeta quedó pegada a la pared. Al mismo tiempo Makshéiev logró arrancar el martillo tirando de él con todas sus fuerzas. Luego empuñaron juntos la escopeta y entre los dos lograron apartarla de la roca.

— No tenemos más remedio que volvernos — constató Kashtánov-. Llevando objetos metálicos en la mano iba a ser un martirio andar por aquí.

— Espere usted, que se me ha ocurrido una manera de trepar a la roca. Dejaremos aquí las escopetas porque en esta garganta árida no puede haber un animal.

— ¿Y después?

— Ahora verá usted.

Makshéiev eligió entre la pedriza que andaba tirada por la garganta unos trozos angulosos de mineral bastante grandes y los aplicó uno tras otro por una de sus facetas a la pared abrupta del saliente: los trozos adherían al instante y quedaban bien agarrados, formando una escalera que permitía ascender, cierto que con algún riesgo, a la cumbre.

— Estoy pasmado de su ingenio — dijo Kashtánov-. Es usted un verdadero buscador de oro, que siempre encuentra!la manera de salir airoso de toda situación difícil.

— Muchas gracias por el elogio. Ha sido el martillo el que me ha sugerido la idea. Cuando estaba adherido a la pared con el mango hacia mí y no podía apartarlo presionando con la mano, se me ocurrió pensar que era como un peldaño. Y lo demás ya lo comprenderá usted.

Los geólogos dejaron las escopetas, las cartucheras y la mochila donde iban las muestras del mineral que habían recogido, y luego treparon por los peldaños improvisados. Makshéiev subía delante prolongando la escalera con los trozos de mineral que su compañero iba dándole desde abajo. A los cinco minutos ambos estaban arriba.

La garganta conservaba el mismo carácter: paredes abruptas a derecha e izquierda, una serie de salientes en el fondo y, por todas partes, imán natural más o menos fuerte. Después de trepar unos doscientos pasos más, los geólogos vieron en el fondo de la garganta un bloque de color amarillo brillante y del tamaño de la cabeza de un buey. Era un trozo de oro nativo.

— ¡A ver, buscador de oro! Llévese este trocito hasta nuestro campamento — dijo Kashtánov riendo.

— Efectivamente, es un pedrusco imponente — contestó Makshéiev, empujando con el pie el trozo de mineral, que ni siquiera se movió-. Debe pesar sus ochenta Kilos y valer alrededor de cien mil rublos. La veta de oro tiene que estar cerca.

Con la cabeza levantada, los dos hambres se pusieron a examinar atentamente las paredes escarpadas de la garganta y pronto descubrieron a la derecha, a unos cuatro metros, una veta de oro que atravesaba en línea oblicua la masa oscura del imán natural. En algunos sitios llegaba a medir medio metro de anchura y en otros se estrechaba ramificándose hacia arriba y abajo.

— ¡Esto que estamos viendo son millones y millones! — suspiró Makshéiev, calculando con la mirada la longitud de la veta-. Aquí están a la vista decenas de toneladas de oro.

— Usted se apasiona demasiado por el oro — observó Kashtánov-. Aunque este filón valga decenas de millones, no es, al fin y al cabo, nada más que un filón. En cambio, le rodea una montaña de miles de millones de toneladas de precioso mineral que tiene un valor también de miles de millones.

— Pero es muy probable que la veta no sea la única. Posiblemente haya partes enteras de la montaña compuestas de oro y, en ese caso, sus reservas valdrían también miles de millones de rublos.

— Si se lograse extraer semejantes cantidades de oro pronto decaería su precio en el mercado. El valor del oro se debe a que no abunda en la naturaleza. Pero en la historia de la humanidad el oro desempeña un papel mucho más pequeño que el hierro, sin el cual no podría vivir la técnica moderna. Anule usted la moneda oro y las alhajas, absolutamente inútiles, y la demanda de oro resultará bien pequeña.

— Exagera usted el papel del hierro — objetó Makshéiev-. Si existiera grandes cantidades de oro, sustituiría muchos metales, sobre todo en las aleaciones de cobre, de cinc y de estaño. La industria tiene gran necesidad de metales y aleaciones sólidas inoxidables. Con el oro barato se fabricaría bronce, cables y otras muchas cosas para las cuales se ha de emplear a la fuerza el cobre y sus aleaciones.

— De todas formas, es indudable que las reservas de hierro son aquí enormes y en cambio son problemáticas y relativamente pequeñas las reservas de oro.

— Bueno, pues usted quédese con las reservas de hierro y déjeme a mí el oro cuando volvamos aquí para explotar estos yacimientos — concluyó Makshéiev riendo.

— Puedo cederle también el mineral de hierro y sean para usted estos millones o estos miles de millones — replicó Kashtánov siguiendo la broma.

Cuando volvieron al borde del mar, los exploradores visitaron otras cuantas gargantas semejantes. Los muros eran en todas partes de mineral de hierro con algunas pequeñas vetas y manchas de oro. Pero no encontraron ya ningún filón del grosor del que habían hallado en la primera garganta. Makshéiev vióse obligado a reconocer que las riquezas representadas por el mineral de hierro eran incomparablemente mayores que las del oro. Abrumados bajo la carga de las muestras de mineral inapreciable, los geólogos volvieron por fin al campamento, donde sorprendieron con su relato a los compañeros que habían regresado poco antes.

Capítulo XXIX

EL BOSQUE DE COLAS DE CABALLO

La playa de arena y pedriza estaba limitada por una tupida vegetación. Enormes colas de caballo de ocho o diez metros de altura crecían muy cerca las unas de las otras. Sus ramas verdes comenzaban tan cerca del suelo que únicamente a rastras o muy inclinado se podía pasar por debajo de ellas. Entre los troncos crecían helechos arborescentes de diferentes especies. El conjunto formaba una espesura casi impenetrable para el hombre.

Pápochkin y Gromeko, que habían salido en busca de un sendero o un paso natural en la espesura, acabaron encontrando una pequeña vaguada que separaba los acantilados y el bosque. No lejos del mar se bifurcaba la vaguada: el brazo izquierdo continuaba entre las rocas y al bosque, mientras el derecho se adentraba en la espesura. La vegetación se había modificado aquí un poco: además de las colas de caballo y de los helechos aparecían a veces palmeras de azúcar que descollaban varios metros por encima de las collas de caballo. El suelo del bosque estaba cubierto de una hierba menuda, áspera como un cepillo. También crecían otras plantas a lo largo de la vaguada bordeando la espesura. Más interesado a cada momento, Gromeko pronunciaba diferentes nombres.