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— ¿Sabe usted en qué período geológico nos encontramos ahora? — acabó exclamando.

— ¿No será el carbonífero por casualidad? — rezongó el zoólogo, que hasta entonces no había encontrado ningún

botín en el bosque y en cambio tenía todas las manos arañadas por la hierba áspera.

— ¡Eso ya es demasiado! ¿Acaso existían los ictiosaurios y 1os plesiosaurios en el período carbonífero? Gracias a nuestro trato con geólogos, ya sabemos a qué atenernos a este respecto. No señor, ahora estamos en el jurásico. Mire usted: aquí está el helecho típico de aquel período, aquí está este arbolillo esbelto, el ginkgo y también esta hierba áspera, descubierta por primera vez en los sedimentos jurásicos de la provincia de Irkutsk, al borde del Angará, por el geólogo Chekanovski, al que debe su nombre.

— ¡Pues valiente honor le hicieron al geólogo con eso! Es peor que nuestras ortigas y únicamente podría alimentarse con ella algún reptil de gaznate de hierro.

— Hablando del rey de Roma… — pronunció Gromeko interrumpiendo a su irritado compañero-. Mire usted qué huella tan linda. Me parece que esto es ya de su incumbencia.

Se detuvo en medio de la vaguada señalando con el dedo hacia el suelo. En la arena menuda se veían las hueIlas profundas de unas enormes patas tridáctiles terminadas por uñas romas. Cada una de las huellas media más de treinta centímetros de largo.

— ¡Menudo monstruo ha debido pasar por aquí! — exclamó el zoólogo con un ligero temblor en la voz-. Desde luego, es un reptil. Ahora bien, convendría saber si herbívoro o carnicero. En el segundo caso no resultaría muy agradable encontrarse con él.

Pápochkin observó atentamente las huellas impresas en la arena, que se perdían allí donde empezaba la pedriza.

— Lo extraño es que todas las huellas tengan la misma dimensión — dijo Gromeko-. En lo que yo entiendo, las patas delanteras suelen ser siempre más pequeñas que las traseras. Además, ¿qué surco es ése entre las huellas de las patas traseras derecha e izquierda? Cualquiera diría que el animal ha ido arrastrando un tronco enorme.

Pápochkin se echó a reír.

— Esa es la huella que ha dejado el rabo del reptil. Y, teniendo en cuenta su dimensión y el tamaño idéntico de la huellas de las patas, supongo que el animal marcha solamente sobre las patas traseras, apoyándose en la cola.

— ¿Acaso han existido semejantes reptiles bípedos?

— Pues claro que sí, y precisamente en el período jurásico. Por ejemplo, el iguanodón, que se asemejaba a un gigantesco canguro y tenía las patas traseras enormes y las de delante pequeñas.

— ¿Y de qué se alimentaba?

— De plantas, a juzgar por la forma de sus dientes.

Si estas huellas pertenecen en efecto a un iguanodón, no tenemos nada que temer aunque este monstruo medía, en el jurásico, de cinco a diez metros de longitud.

— ¡Menos mal! — suspiró el botánico más tranquilo-.

No he podido olvidar todavía aquel horrible reptil que se disponía a agarrarnos a Makshéiev o a mí en el río para la cera.

Al llegar a la bifurcación de la vaguada, los viajeros decidieron seguir el brazo derecho, que iba hacia el pie del acantilado, donde era más probable encontrar una fuente de agua, objetivo principal de la excursión. En efecto, subiendo por aquel ramal, la humedad del suelo iba en aumento y la baja vegetación que lo bordeaba se hacía más exuberante y variada.

Pronto se vió brillar el agua en el fondo de la vaguada entre los tallos de las plantas.

— ¡Estamos salvados! — exclamó Pápochkin-. La fuente está cerca de nuestro campamento.

— ¿Y si fuera saluda? — sugirió Gromeko para hacerle rabiar.

— Pruebe usted. Al parecer es dulce.

— ¿Cómo distingue usted el agua dulce del agua salada por el aspecto? Es un arte que yo ignoro.

— Usted, que es botánico, ¿ignora qué clases de: plantas crecen cerca de las aguas saladas?

— Por lo pronto, estamos en el período jurásico y no sabemos las plantas que crecían en torno a las aguas saladas jurásicas. En segundo lugar, usted ha dicho que distingue el agua por su aspecto y no por el aspecto de las plantas que la rodean.

— Me he expresado mal. Debía haber dicho: por el aspecto del cauce. Si el agua de la fuente fuera salada, el lecho estaría lleno de sedimentos de sales diversas.

Hablando de esta suerte, Pápochkin y Gromeko remontaban rápidamente la vaguada que pronto se encajonaba en una estrecha garganta entre altas rocas, canalizando un arroyuelo de agua dulce que poco a poco desaparecía en la arena donde abundaban las huellas grandes y pequeñas de reptiles que venían a abrevarse.

— ¡Pero si aquí viene una infinidad! — exclamó Gromeko-. Todo será que nos demos de manos a boca con uno de esos monstruos bípedos.

Después de saciar la sed, los cazadores remontaron el arroyuelo por la garganta llevando las escopetas preparadas por si acaso. La garganta se ensanchaba rápidamente, convirtiéndose en una depresión enmarcada de rocas casi abruptas cuyo color granate hacía un bello contraste con los arbustos y los árboles que crecían a su base En el fondo de la depresión, en medio de una verde pradera, brillaba un pequeño lago alimentado evidentemente por fuentes subterráneas. Atravesando el prado, conducía al lago un sendero ancho bien desbrozado. A través del agua transparente se divisaba el fondo del lago.

Los cazadores llenaron de agua las vasijas de hojalata que habían traído y se disimularon entre los arbustos, en la esperanza de que viniese a beber algún animal. Pero los minutos se sucedían sin que apareciera ninguno. Sólo algunas libélulas, mayores todavía que las del río Makshéiev, surcaban el aire. Pápochkin, que seguía su vuelo con la mirada, echó de pronto mano a la escopeta.

— ¿Qué le ocurre? ¿Quiere usted disparar con bala explosiva contra las libélulas? — preguntó Gromeko riendo.

— Calle. Mire usted allí, hacia aquella roca — murmuró el zoólogo indicando el acantilado que dominaba la entrada a la depresión.

En un pequeño rellano, de pie sobre las patas traseras y apoyándose en el rabo largo y grueso, había un reptil de tamaño mediano muy semejante a un canguro, aunque de color verde oscuro con manchas parduscas. Su cabeza recordaba la cabeza de un tapir con el labio superior colgante en forma de trompa.

— ¡Debe ser un iguanodón! — murmuró Pápochkin.

— Lástima que no sea un canguro — lamentó el botánico-. Al canguro lo hubiéramos guisado para la cena y en cambio no creo que nos decidamos a probar la carne de reptil.

— Amigo mío, no olvide usted que nos encontramos en el período jurásico y no vamos a tener mamíferos ni aves para alimentarnos. De manera que, si no queremos morirnos de hambre, habremos de pasar a la carne de reptil. Con todo su entusiasmo botánico, por ahora no ha encontrado usted raíces, frutos o hierbas comestibles. Y no querrá usted que comamos colas de caballo o esta hierba de Chekanovski tan odiosa.

— ¿Y el pescado? Porque en los mares hay peces.

— ¿Por qué razón no le importa comer pescado y en cambio tiene miedo a alimentarse con la carne de un reptil herbívoro? Todos ésos son prejuicios que se deben olvidar en este reino subterráneo.