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Restalló un disparo. El animal dió un salto y desplomóse pesadamente en el prado. Cuando se inmovilizó, los cazadores abandonaron su refugio y se acercaron a él.

La talla del joven reptil era mayor que la de un hombre. Su cuerpo sin armonía se apoyaba sobre las patas traseras, gruesas y largas, y sobre el rabo abultado que en seguida se afilaba en la punta. Las patas delanteras, cortas y finas, terminaban en cinco dedos de uñas cortas y aceradas, mientras las patas traseras tenían tres dedos con uñas grandes pero romas. Toda la estructura del cuerpo demostraba que el animal prefería la posición vertical a la horizontal, ya que en esta última la grupa se encontraba mucho más alta que la parte delantera. La cabeza era grande, de aspecto bastante repulsivo, con labios abultados y ojillos pequeños. La piel, absolutamente lisa como la de las ranas, tenía el mismo tacto viscoso y frío.

- ¡No es muy apetitoso, que digamos! — exclamó Gromeko empujando con la punta del pie uno de los gruesos muslos del reptil-. Parece algo así como una rana enorme.

— Si los franceses comen de buen grado ancas de rana, ¿por qué no han de probar unos viajeros rusos los filetes de íguanodón? Pero vamos a hacer su descripción primero, y luego lo desollaremos.

Una vez medido, descrito y fotografiado el reptil, los cazadores le cortaron las carnosas patas traseras, que pesaban cada una casi dieciséis kilos, y volvieron hacia el campamento, cargados con la carne y el agua.

La carne de iguanodón, frita en lonchas delgadas, resultó tan sabrosa y tierna, que incluso Gromeko, gran enemigo de todos los reptiles y los anfibios, la comió con placer.

Mientras cenaban, los viajeros hablaron de cómo continuar el viaje. La navegación, que hasta entonces había sido tan ventajosa, resultaba ahora imposible si es que no desembocaba en el mar algún río que llegase del Sur y que pudiera ser remontado. Lo que se debía hacer, ante todo, era buscar una desembocadura.

Durante estas búsquedas se podría igualmente explorar aquella costa y, en caso de no dar con ningún río, trazar, según su carácter, el futuro itinerario. Pero entonces habría que proseguir el viaje a pie, cosa que lo limitaría sensiblemente.

Capítulo XXX

REPTILES CARNICEROS Y HERBIVOROS

Al otro día un viento bastante fuerte agitó el mar, arrojando incluso hasta la tienda salpicaduras de la resaca. Navegar con aquel tiempo en las frágiles embarcaciones resultaba imposible, y los viajeros optaron por hacer juntos una excursión al interior de la región desconocida, remontando la vaguada que atravesaba el bosque.

Como era poco probable que los monstruos marinos atacasen la tienda de campaña vacía, sólo quedó junto a ella General, aunque sin atar para que, en caso de peligro, pudiese refugiarse en la espesura.

Los cazadores tiraron por el brazo izquierdo de la vaguada, que flanqueaba a un lado y otro la misma pared de colas de caballo y helechos. Sólo aquí y allá serpeaban entre la espesura estrechas sendas abiertas por animales pequeños. En el aire, sobre las cumbres de los árboles, volaban enormes libélulas y otros insectos de gran tamaño. A veces pasaban pterodáctilos de talla regular que perseguían a los insectos. Pero la selva parecía muerta, deshabitada: no se escuchaban en ella ni el canto de aves ni los susurros tan frecuentes en los bosques de las orillas del río Makshéiev. Sólo una vez distinguió Gromeko, que abría marcha, un animal oscuro, del tamaño de un perro, atravesando una trocha; pero desapareció a tal velocidad que el cazador no tuvo siquiera tiempo de apuntarle. Hubo que conformarse con cazar insectos. Pápochkin capturó a una mariposa de treinta y cinco centímetros de envergadura, que se había posado sobre una flor de palmera, y unos cuantos escarabajos, gruesos como un puño grande, que mordían y arañaban muy dolorosamente.

Al fin terminó el bosque, y los cazadores salieron a un espacioso calvero tapizado de la misma hierba áspera y, en algunos sitios, donde el suelo era húmedo, de licopodios, musgos y pequeñas matas de helechos rastreros. Al Sur terminaba el calvero en el muro desnudo y abrupto de una cadena de montañas de color granate que tendría unos doscientos metros de altura y estaba partida por una garganta bastante profunda. De ella fluía, probablemente, el agua que empantanaba el calvero y, durante las lluvias, desembocaba en el mar siguiendo la vaguada. El calvero medía más de un kilómetro de largo por unos cien o doscientos de ancho.

Los exploradores se sentían atraídos por la garganta que penetraba en las montañas. Pero, al apartarse un poco, vieron que en el extremo septentrional del calvero, detrás de unos salientes del bosque, pacía un pequeño grupo de reptiles.

Unos, erguidos sobre las patas traseras, arrancaban con sus gruesos labios las hojas de palmera, y otros, más jóvenes, los brotes tiernos de las colas de caballo y los helechos. Y, en fin, los menores se alimentaban de hierba, con la abultada grupa risiblemente levantada más alta que la cabeza y agitando el rabo. A veces se ponían a juguetear y a perseguirse tan pronto sobre las cuatro patas como sobre dos, dando unos pesados brincos.

¡Quién dejaba escapar aquella ocasión tan interesante de fotografiar a unos iguanodones paciendo y jugando! Los viajeros regresaron precipitadamente al lindero del bosque y luego lo siguieron con mucha precaución para acercarse a los animales. Lo consiguieron, y habían hecho ya una primera fotografía, cuando los iguanodones manifestaron de pronto inquietud. Los mayores, alerta, dejaron de comer y lanzaron un silbido estridente. Al oírlo, los pequeños se irguieron sobre las patas de atrás y, torpotes, balanceándose, corrieron hacia sus padres, que formaron un círculo alrededor de ellos con las grupas para afuera.

Las dos fotos siguientes perpetuaron esta alarma de los iguanodones, que no,era vana como pronto pudo verse. Del extremo opuesto del calvero llegaba a grandes saltos de varios metros de largo, bordeando el lindero del bosque, un monstruo que al principio les pareció a los cazadores un iguanodón.

Era tan grande como los reptiles herbívoros y utilizaba también únicamente las patas de atrás para moverse; sin embargo, cuando estuvo cerca pudo verse que se distinguía de los otros animales por tener el cuerpo más esbelto y los movimientos incomparablemente más rápidos. Una vez al lado del círculo de los iguanodones, el monstruo lanzó un resoplido amenazador al que sus adversarios respondieron con un largo silbido quejumbroso. Luego empezó a saltar en torno a los iguanodones, pero no encontró por todas partes más que grupas levantadas y pesadas colas batiendo el aire. Y los coletazos o las coces con las macizas patas de atrás debían ser terribles.

Convencido de que era imposible penetraren el círculo y apoderarse de uno de los animales jóvenes, la fiera pegó de pronto un salto prodigioso por encima de la cabeza de los defensores y cayó en medio de los jóvenes iguanodones que se apretujaban en el centro. Los medrosos herbívoros se dispersaron, huyendo del enemigo, que tuvo tiempo de apoderarse de uno de los iguanodones pequeños y degollarlo al instante.

Las diferentes fases del ataque fueron igualmente fotografiadas, después de lo cual restallaron dos disparos y el carnicero quedó tendido junto a su víctima. Cuando dejó de debatirse, los cazadores se acercaron y pudieron examinar aquel nuevo representante de los reptiles gigantes. Se parecía, en efecto, a los iguanodones por las largas patas traseras y la gruesa cola que servía de soporte al cuerpo,

Las patas delanteras, muy cortas, terminaban en cuatro dedos de uñas aceradas. El cuello, breve, sostenía una cabeza pequeña de enormes fauces provistas de dientes agudos. Un cuerno corta y aplastado se alzaba en el nacimiento de la nariz y más servía de adorno que de arma ofensiva.