Dos cuernos menores asomaban detrás de los ojos y, desde la nuca, la espina y la cola estaban erizadas de una hilera de púas cortas pero agudas. La piel, desnuda y arrugada, tenía un calor gris verdoso. El animal, que alcanzaba cinco metros de largo, debía poseer una fuerza enorme, y fácil era juzgar de su agilidad y su audacia por el ataque a los iguanodones.
Después de haber examinado el cadáver, Kashtánov dijo que debía tratarse de un ceratosaurio, del mismo orden de los dinosaurios al que pertenecían también los iguanodones y otros reptiles terrestres del período mesozoico.
— ¡Supongo que no vamos a probar la carne de esta horrible fiera! — dijo Gromeko cuando terminaron de medir y describir el monstruo.
— Por qué no? Si no tuviéramos otra cosa, habríamos de conformamos con ella — contestó Makshéiev-. Pero podemos aprovecharnos del iguanodón, al que el carnicero sólo ha tenido tiempo de matar.
— Habrá que esconderlo bien. De lo contrario, los pterodáctilos no van a dejarnos ni pizca. Fíjense: ya lo han olfateado.
En efecto, sobre el calvero giraban ya reptiles voladores con un ronco croar. Por eso, los cazadores cortaron las patas traseras del joven iguanodón y las disimularon en la espesura, suspendiéndolas de las ramas, y entonces se dirigieron hacia la garganta, atravesando el calvero, que había quedado desierto después de la lucha y los disparos.
Capítulo XXXI
EL DESFILADERO DE LOS PTERODÁCTILOS
La boca del desfiladero era ancha, y un arroyuelo enmarcado de grupos de helecho serpeaba por el fondo. En las vertientes abruptas no había vegetación. Eran desnuda, rocosas, de color rojizo, negro o amarillo. Kashtánov y Makshéiev se dirigieron presurosos hacia las rocas. Gromeko se dedicó a buscar nuevas plantas a lo largo del arroyo y Pápochkin a cazar mariposas gigantescas.
El primer risco al que llegaron los geólogos era de color rojo oscuro. Kashtánov esperaba encontrar también en él mineral de hierro, pero, después de haber arrancado un pedazo y de haberlo examinado con la lupa, sacudió la cabeza murmurando:
— Esta es una cosa nueva.
Unos cuantos pedazos, arrancados en otro sitio, tenían el mismo carácter; pero las rocas, duras y lisas, no permitían arrancar una muestra más grande. Uniendo sus esfuerzos, los dos geólogos intentaron partir un bloque del mismo mineral que había en el suelo. Al fin se hizo una grieta y el bloque quedó partido en dos. En el interior brillaron pequeñas vetas y manchas de un metal blanco.
Kashtánov se inclinó y exclamó asombrado:
— Es plata nativa, encerrada al parecer en mineral argentífero rojo.
— ¡Más millones! — ironizó Makshéiev.
Después del descubrimiento del filón de oro, cuya importancia había denigrado tanto su erudito compañero, Makshéiev consideraba con cierta desdén los dones del reino mineral de aquel país encantado.
Continuando su camino al pie del risco, los geólogos llegaron pronto a un lugar donde el color rojo oscuro era sustituido por el color negro con manchas y vetas amarillas y rojas. Se trataba otra vez de imán natural. Luego, unas rocas erosionadas y salpicadas de hoyos eran de un color amarillo intenso o verdoso. Kashtánov reconoció en ellas molibdeno de plomo y cerusa en cuya interior podían ocultarse también galenas.
Más adelante, en una vertiente del desfiladero se alzaba una roca grande que llamó la atención de los viajeros por su color verde oscuro. Desde lejos parecía recubierta de musgo o de líquenes. El martillo rebotaba con ruido sonoro al pegar en ella y sólo a posta de grandes esfuerzos lograron los geólogos arrancar algunas partículas que aumentaron el asombro de Kashtánov.
— Es una masa compacta de cobre natural oxidada en la superficie — declaró.
— ¡Qué riquísimo es este país! — exclamó Makshélev-. Contiene todos los minerales que se quiera. Habría para instalar aquí una fábrica metalúrgica universal.
— Sí. Cuando el mineral no baste ya en la superficie exterior de nuestro planeta para la demanda creciente de la humanidad no habrá más remedio que venir a buscar minerales aquí. Y, entonces, ni los hielos ni la niebla ni las nevascas le importarán al hombre.
— Incluso es posible que se abra un túnel en la corteza terrestre para llegar por la vía más corta a estos enormes yacimientos — aventuró Makshéiev en broma.
En este momento una sombra grande pasó rápidamente sobre los geólogos, absortos en la observación de los minerales, y se oyó gritar a Gromeko:
— ¡Cuidado! ¡Un reptil volador!
Ambos empuñaron las escopetas y levantaron la cabeza. A unos veinte metros planeaba sobre ellas un animal enorme, de color oscuro. Por su manera de volar se notaba en seguida que el reptil pertenecía al grupo de los pterodáctilos. Era mucho mayor que los que habían visto ala orilla del mar y medía alrededor de seis metros de envergadura. Inclinada la cabeza provista de un pico enorme, el reptil buscaba una presa y contemplaba con sorpresa aquellos animales bípedos desconocidos.
Pero los cazadores no podían aguardar a que resolviera sus dudas ya que, al caer desde bastante altura sobre su víctima, el reptil podía matarla o herirla gravemente con las garras o los dientes. Makshéiev apuntó en seguida y disparó. El pterodáctilo dió una espantada, agitó precipitadamente las alas y fué a posarse sobre un saliente de la roca, donde empezó a mover la cabeza; abriendo y cerrando el pico dentado.
— Le he debido tocar — observó Makshéiev, sin decidirse a tirar una segunda vez porque el animal estaba demasiado lejos.
En esto un grito seguido de una detonación se escucharon en el pequeño prado donde habían quedado el zoólogo y el botánico.
Detrás de las colas de caballo y de los helechos que separaban el arroyo de las rocas remontaba el vuelo otro pterodáctilo llevándose entre las uñas un gran objeto oscuro. Pensando en el primer momento que el reptil volador se había apoderado de uno de sus compañeros, Kashtánov disparó a su vez. El rapaz agitó las alas, dejó caer su presa y se desplomó como una piedra detrás del muro de los árboles.
Los geólogos corrieron a toda velocidad hacia aquel sitio con la idea de prestar auxilio a su compañero, precipitado desde una altura de varias metros. Pero, después de haber atravesado la espesura, tropezaron con Gromeko y Pápochkin que acudían en sentido contrario.
— ¿ Pero no les ha pasado nada a ninguno? ¿Cuál de ustedes acaba de caer de entre las garras del reptil?
Sus compañeros se echaron a reír.
— El reptil se llevaba únicamente mi impermeable, que yo había dejado en el calvero envolviendo las plantas recogidas. Y se conoce que le había parecido alguna carroña — explicó el botánico.
— Yo había disparado contra él, pero he debido fallar
— añadió el zoólogo.
Tranquilos en cuanto a la suerte de sus compañeros, los geólogos fueron con ellos hacia el sitio donde aun palpitaba el reptil abatido. Al ver acercarse a los hombres, se puso en pie y corrió a ellos agitando un ala y arrastrando la otra, probablemente rota.
Corría, contoneándose como un pato, croando furioso, con la cabeza enorme adelantada y el pico abierto. La carúncula que le crecía en el nacimiento de la nariz, inyectada en sangre, era ahora de color rojo intenso. El reptil alcanzaba la talla de un hombre y, aunque herido, podía ser un enemigo peligroso. Por eso hubo que rematarlo de otro disparo.