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Mientras Kashtánov y Pápochkin examinaban el pterodáctilo, Makshéiev y Gromeko fueron en busca del impermeable robado. Registraron el calvero hasta el pie de las rocas y penetraron en la espesura, pero sin ningún resultado.

— ¡qué cosa tan extraña! ¿Dónde ha podido ir a parar? — rezongaba el botánico, enjugándose el sudor que le bañaba el rostro-. Porque, vamos, no creo que se haya tragado el impermeable.

— Yo he visto perfectamente que el reptil lo ha soltado después del disparo — confirmó Makshéiev.

Entretanto, el segundo pterodáctilo, que hasta entonces había estado posado en un saliente de la roca, se remontó, planeó sobre las copas de las colas de caballo, recogió en ellas un objeto oscuro y prosiguió su vuelo.

— ¡Demonios! — profirió el botánico-. ¡Pero si es mi impermeable! Nosotros estábamos buscando en el suelo y se había quedado en los árboles.

Makshéiev apuntaba ya al reptil, que pasaba volando, cuando el impermeable se desenvolvió de pronto. Las plantas cayeron dispersadas y el animal soltó sobrecogido su presa. El cazador dejó a un lado la escopeta.

— Estos pterodáctilos no deben ser muy inteligentes, puesto que roban cosas no comestibles — dijo Gromeko yendo a recuperar su impermeable,

— O quizá sean más listos de lo que usted piensa. ¿Quién sabe si no han querido apoderarse de su impermeable y su forraje para construirles a sus pequeños un nido más confortable? — opinó Makshéiev en broma.

— ¿Ha dicho forraje? ¡Qué falta de respeto para mis colecciones de plantas! ¿No irá usted a explicarnos, para demostrar la inteligencia de los reptiles, que se llevaba mi impermeable a fin de revestir con él a sus pequeños desplumados?

Makshéiev se echó a reír.

— No, no llegaré hasta ese extremo. Pero no olvide que los reptiles voladores fueron los reyes del jurásico y se distinguían por un alto nivel de desarrollo, Además, por qué había recogido usted tantas plantas iguales? — añadió al ver que el botánico volvía a juntar unos tallos parecidos a juncos que, al caer se habían dispersado por el calvero.

¿A qué no sabe usted lo que es esto? — replicó Gromeko, presentando a su compañero uno de los tallos.

— A mi entender, un junco grueso y bastante punzante. Me imagino que sólo los iguanodones pueden alimentarse de ellos.

— Está usted en lo cierto. Los iguanodones lo comen muy satisfechos y tampoco estará mal para nosotros.

— ¿De verdad? ¿Puede servir para la sopa?

— Para la sopa no, pero sí para el té. Parta usted este tallo.

Makshéiev obedeció y un líquido transparente fluyó del tallo.

— Ahora, pruebe usted la savia de este junco desdeñado.

El jugo era espeso y dulce.

— ¿Será caña de azúcar?

— Si no es la caña de azúcar que crece actualmente en la superficie de nuestro planeta, es por lo menos una planta azucarera.

— ¿Cómo ha adivinado usted que era dulce?

— He visto un tallo como éste en la boca del joven iguanodón matado por el ceratosaurio en el calvero. Me ha parecido pegajoso. Me he puesto a buscar donde crecen, los he encontrado en abundancia a lo largo del arroyo y, naturalmente, he probado el jugo. Como nuestras reservas de azúcar se están terminando, podríamos sustituirla por el jugo de este junco e incluso fabricar con él azúcar verdadera. ¡Ya ve usted cómo mi forraje es a veces muy útil!

Al volver cerca del pterodáctilo muerto, Gromeko mostró a los otros viajeros el hallazgo al que se debía la aventura del impermeable. Todos aprobaron su plan y decidieron arrancar a la vuelta la mayor cantidad posible de juncos para intentar la extracción de azúcar.

Los cazadores siguieron por el desfiladero en cuyo fondo corría un arroyuelo entre una franja estrecha de rala colas de caballo y hierba áspera.

La garganta se convirtió al poco tiempo en una auténtica grieta oscura y húmeda con el fondo enteramente cubierto de agua. Los cazadores avanzaban en fila india: delante Makshéiev con la escopeta en la mano y detrás Kashtánov, probando las rocas con el martillo.

Al fin aumentó la luz y reapareció la vegetación. La grieta se ensanchaba rápidamente, convirtiéndose en una depresión bastante grande rodeada de rocas que, abajo abruptas, se escalonaban luego en todas direcciones formando anfiteatro. El fondo de la depresión estaba recubierto de una hierba jugosa y verde y en el centro se encontraba el lago del que fluía el arroyuelo.

— ¡Qué peste hay aquí! — exclamó Gromeko en cuanto se aproximaron al lago.

— Efectivamente, huele muy mal, como si hubiera carroña — confirmó Makshéiev.

— ¿No será éste un lago mineral con fuentes sulfurosas, por ejemplo? — aventuró Pápochkin inclinándose sobre el agua.

Los cazadores miraron a su alrededor porque les había llamado la atención un extraño silbido que alternaba con un chirriar semejante al que produce un trozo de corcho frotado contra un cristal. Estos sonidos llegaban desde arriba, desde los muros de la depresión, pero no se veía a nadie.

En aquel momento una gran masa oscura voló sobre el calvero y fué a posarse en uno de los salientes, donde la acogieron silbidos y chirridos más acentuados.

— ¡Un pterodáctilo! — exclamó Makshéiev.

— Se conoce que están por aquí los nidos de los reptiles voladores — calculó el zoólogo.

— Esa es la razón de que huela tan mal. Los animales estos no deben Ser muy limpios.

El reptil que se había posado en el saliente volvió a salir volando al poco tiempo, pero, al observar a los hombres en la depresión, se puso a girar encima de ella emitiendo gritos entrecortados. Los silbidos y los chirridos cesaron inmediatamente en las rocas.

— ¡Hombre, se han callado los pequeños!

— Sería curioso coger huevos y crías de los nidos — dijo el zoólogo.

— Pruebe usted a trepar a esos riscos y arrebatárselas a los padres. Me parece que iba a pasarlo mal.

— ¡Pero si hay muchos aquí! — exclamó Kashtánov, señalando a otro pterodáctilo asomado por detrás de las salientes mientras dos más planeaban ya en el aire.

— ¿Disparamos? — propuso Makshéiev, deseoso de hacer olvidar su fallo.

— ¿Para qué? Hemos, examinado ya a uno y debemos economizar las municiones — advirtió Kashtánov.

— Más vale que nos retiremos antes de que la alarma cunda a todos los nidos — declaró el botánico, a quien no le gustaba nada la estancia en aquel lugar apestoso.

Sobre el calvero volaban ya unos cuantos reptiles, y los cazadores consideraron más razonable seguir el consejo de Gromeko. Cuando se dirigían hacia la salida de la grieta advirtieron al pie del muro montones de huesos de diferentes tamaños, entremezclados con guano de los pterodáctilos.

— Hemos venido a parar al basurero de una colonia de reptiles — observó Makshéiev en broma.

— Han elegido un lugar seguro, una verdadera fortaleza.

— Se conoce que otros reptiles les roban los huevos y los pequeños — explicó el zoólogo-. Fíjense en que, aunque son reptiles, tienen ya costumbres de aves.

— Es verdad. Las alas les han permitido hacer otro modo de vida que sus antepasados.

— De todas formas, es una lástima que no hayamos podido ver cómo están hechos los nidos y el aspecto que tienen los huevos y los pequeños; sobre todo los huevos con el embrión.

— Yo pienso — dijo Kashtánov— que no empollan los huevos como hacen las aves, sino que los dejan calentarse al sol igual que los demás reptiles.

— No se apure, que todavía encontraremos en algún sitio huevos de iguanodón o de plesiosaurio — afirmó Gromeko para consolar al zoólogo.

— Si están frescos, nos haremos una tortilla colosal. Me imagino el tamaño que tendrán los huevos de esas bestias. Con uno bastaría para todos — observó Makshéiev en broma.