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Después de haber vuelto por la grieta al calvero que se extendía al pie de las montañas y de haber recogido por el camino juncos dulces, los viajeros se encaminaron hacia el lugar donde estaba muerto el reptil carnicero.

Una gran animación reinaba en aquel sitio. Reptiles voladores de diferente tamaño iban de un lado para el otro por el aire. Los cadáveres del ceratosaurio y del iguanodón estaban cubiertos de aquellos animales. Después de arrancar trozos de carne a los cadáveres, unos los devoraban allí mismo y otros se los llevaban hacia el Sur, a las gargantas de las montañas, donde estaban sin duda sus nidos. Lanzaban silbidos, croaban y resoplaban con un ruido que desgarraba los oídos.

Al acercarse, los hombres turbaron el festín de la bandada. Unos animales remontaron el vuelo y empezaron a girar sobre el calvero; otros se apartaban un poco, contoneándose sobre las patas cortas y arrastrando las alas medio abiertas. Probablemente se habían hartado hasta el punto de no poder volar. Pápochkin tuvo tiempo de fotografiar dos momentos de aquella agitación.

Ahitos, los reptiles no atacaban a los hombres que habían interrumpido su festín, limitándose a atronar el aire con gritos diversos que, sin duda, expresaban su descontento.

Después de haber recogido en la espesura las patas traseras del iguanodón, los cazadores se adentraron en el bosque por la misma vaguada. Acercábanse ya a la depresión cuando Gromeko, que abría marcha, se detuvo súbitamente para enseñar a sus compañeros las huellas de unas patas enormes marcadas a gran profundidad en la arena húmeda.

— No es un iguanodón — observó Pápochkin-. Este animal anda sobre las cuatro patas. Miren ustedes: aquí están las huellas de las patas traseras con tres dedos y aquí están las de las patas delanteras con cinco.

— Además, las plantas tienen otra forma y son mayores que las del iguanodón — añadió Kashtánov.

— ¿Y es posible determinar por las plantas si se trata de un animal carnicero o hervíboro? — preguntó Makshéiev.

— Debe ser un herbívoro. Los dedos no están rematados por garras, sino por una especie de cascos que no sirven para agarrar la presa.

— Y aquí está la huella del rabo, más corto y más fino que el del iguanodón — observó el zoólogo, señalando un surco que corría entre las huellas de las patas.

— En todo caso, el animal es muy grande y debe encontrarse cerca de nuestro lago, porque.no se ve la huella de que haya vuelto — dijo Gromeko.

— Entonces, hay que ir prevenidos y con las escopetas preparadas — advirtió Makshéiev.

Lentamente, paso a paso, los cazadores remontaron la vaguada inspeccionando con atención el camino que seguían. Pero nada aparecía. Unicamente las libélulas y los escarabajos revoloteaban sobre las colas de caballo y los helechos. Cuando hubieron llegado hasta las rocas por el estrecho pasillo verde, los exploradores se detuvieron indecisos.

Makshéiev dijo en voz baja a sus amigos que le esperaran, se adelantó por la vaguada y luego hizo una señal para que los demás se uniesen a él. Cuando llegaron al borde de la depresión todos se ocultaron detrás de los árboles y pudieron observar un curioso espectáculo.

En el calvero pacía un monstruo superior, por las dimensiones y por su extraño aspecto, a cuantos habían visto hasta entonces los viajeros en Plutonia, país de los fósiles gigantes.

El animal mediría ocho metros de largo por cuatro de altura. Las patas de delante eran mucho más cortas que las traseras y el cuerpo macizo, inclinado hacia adelante, terminaba en una cabeza pequeña de lagarto. Dos hileras de escudillos o placas se levantaban, un poco abiertas en forma de aletas, a lo largo de la espalda. Las ocho más grandes, en parejas, erizaban el cuerpo, seis pequeñas el cuello grueso y cuatro la cola que, menos maciza y más corta que la del iguanodón y del ceratosaurio, tenía además, a continuación de las placas, tres pares de largos pinchos. La piel, desnuda y fofa, del monstruo estaba salpicada de excrecencias verrugosas, más profusas y menudas en el cuello y la cabeza y más gruesas y espaciadas en el cuerpo y la cola. Manchas y chafarrinones parduscos resaltaban sobre el fondo verde sucio de la piel, acentuando el aspecto repulsivo del animal.

Pacía tranquilo al borde del lago, arrancando con sus poderosas mandíbulas, completamente desproporcionadas a la pequeña cabeza, ramos de juncos dulces y de menudas colas de caballo. Los movimientos del cuerpo hacían aletear las placas dorsales.

— ¡Parecen las alas de un cupido! — murmuró Makshéiev.

— ¡Sí que es hermoso este cupido del jurásico! — replicó Gromeko riendo-. Nunca hubiera imaginado que pudiesen existir semejantes monstruos.

Su aspecto terrible, las placas, los pinchos, las verrugas y las manchas tienen por objeto asustar a los enemigos de este apacible animal que debe ser absolutamente inofensivo — explicó el zoólogo, que había hecho ya varias fotografías-. ¿Cómo se llama este cupido? — preguntó al geólogo.

— Naturalmente, se trata del estegosaurio, el más original del grupo de los dinosaurios, que comprende también el iguanodón, el ceratosaurio y el triceratops, que hemos visto ya. En el jurásico superior existieron varios géneros de monstruos de éstos, cuyos restos han sido hallados en América del Norte.

Cuando hubieron contemplado suficientemente el animal, los cazadores hicieron desde su escondite un disparo que el eco repitió entre las rocas y luego lanzaron al unísono gritos salvajes.

Asustado, el animal huyó, haciendo recordar en su carrera el paso de andadura. Las placas dorsales se entrechocaban, castañeteando.

Cuando hubo desaparecido, los cazadores abandonaron su refugio, cogieron agua del lago y descendieron la vaguada en dirección a su campamento, saboreando de antemano el asado de iguanodón y el reposo al borde del mar tranquilo.

Capítulo XXXII

VÍCTIMAS DE UN ROBO

Pero, cuál no sería su asombro cuando, al salir del bosque ala orilla del mar, vieron que la tienda había desaparecido.

— Hemos debido equivocarnos de camino y salir a otro punto — dijo Kashtánov.

— ¡No es posible! Acabamos de pasar la barrera que habíamos levantado ayer al arranque de la vaguada, cerca del campamento — contestó Makshéiev.

— Es verdad. Entonces, ¿dónde está la tienda?

— ¿Y toda la impedimenta?

— ¿Y General?

Pasmados, los viajeros corrieron hacia el sitio donde debía encontrarse la tienda. Pero no quedaba nada: ni tienda, ni impedimenta, ni el menor trozo de papel. Quedaban únicamente los restos apagados y fríos de la hoguera y los agujeros de las estacas arrancadas de la tienda.

— ¿Pero qué es esto?. — pronunció Gromeko cuando estuvieron los cuatro agrupados en torno a los restos de la hoguera donde contaban asar el iguanodón.

— No lo entiendo — murmuró Pápochkin desanimado.

— Pues está bien claro — lanzó Makshéiev-. Nos han robado todo cuanto teníamos.

— Pero, ¿quién, quién? — gritaba Kashtánov-. Hubieran podido hacerlo únicamente seres racionales, y no hemos encontrado ni uno solo desde que hemos abandonado elEstrella Polar.

— ¡No van a ser los iguanodones los que nos han robado!

— ¡Ni los estegosaurios!

— ¡Ni los plesiosaurios!

— ¿Y si esos malditos pterodáctilos se lo han llevado todo a sus nidos? — hipotetizó Gromeko acordándose de la historia de su impermeable.

— ¡No es verosímil! ¿Cómo han podido llevarse la tienda de campaña, los cacharros, la ropa de dormir y todos los demás objetos? Me parece imposible en ellos esta manifestación de inteligencia y astucia — contestó Kashtánov.