Makshéiev tomó en brazos al perro, que se quejaba lastimeramente, y lo llevó hacia la orilla del mar. Gromeko fué rociándole el cuerpo con agua. Al principio, el perro trataba de escapar chillando, pero pronto se aplacó bajo el efecto calmante del agua. Entonces lo metieron en el agua de cintura para abajo.
Mientras el botánico se ocupaba de General, los demás sacaron de la espesura las barcas y los remos, echaron al agua las embarcaciones y metieron en ellas los pocos objetos que les quedaban por habérselos llevado durante la desgraciada excursión. Dos de ellos volvieron luego hacia el lago de las rocas para completar la reserva de agua potable, mientras los demás asaban el resto de la carne de iguanodón a fin de que la preparación de la comida no les hiciera detenerse en la persecución de los ladrones.
En la hora que precisaron para los preparativos disminuyó sensiblemente la hinchazón del perro y ya pudo tenerse de pie. Quedó decidido meterlo en una de las barcas, ya que dos de los exploradores irían bordeando la costa en las embarcaciones cargadas mientras los demás seguirían las huellas de los ladrones en tanto no se alejasen de la orilla. De esta manera, los remeros podían acudir en auxilio de los que iban a pie en caso de necesidad o bien embarcarlos. Los que iban a pie podían a su vez detener a los otros en cuanto las huellas se apartasen hacia el interior de la región.
Capítulo XXXIII
SOBRE LA PISTA DE LOS LADRONES
Makshéiev y Gromeko echaron a andar a pie y Kashtánov y Pápochkin subieron a las lanchas sin quedar a la zaga de sus compañeros pero sin adelantárseles tampoco. Felizmente, el tiempo era apacible y el mar apenas mojaba la playa. Makshéiev iba delante por las huellas de los ladrones, deteniéndose de vez en cuando para intercambiar sus observaciones con el botánico. En un sitio, por ejemplo, se veían las huellas de muchos de los objetos robados, que los ladrones habían depositado en el suelo durante algún alto. En otro aparecieron las huellas claras de la balsa que hicieron exclamar a Makshiéiev:
— El enigma de la balsa ha quedado también esclarecido: los ladrones se la han llevado a cuestas.
— ¿Para qué demonios la necesitarían? — preguntó Gromeko.
— Pues para lo mismo que necesitaban nuestra tienda de campaña, la ropa de cama y los demás objetos. ¡Si se han llevado incluso las muestras de oro y de mineral!le hierro que recogimos ayer Kashtánov y yo!
— Es inconcebible. ¿Qué animales serán éstos? Cualquiera diría que se trata de seres racionales. No me
chocaría nada que montasen la tienda, se acostaran en nuestras sábanas y comieran en nuestra vajilla.
— Todo es posible en este maravilloso país de remotos períodos geológicos. ¿Acaso no han podido alcanzar ciertos insectos del jurásico un grado de desarrollo intelectual tan alto que les haya hecho desempeñar el papel de reyes de la naturaleza?
— La verdad es que incluso en el período actual existen insectos muy inteligentes, organizados en sociedades que se rigen por leyes determinadas, como ocurre, por ejemplo, con las abejas y las hormigas.
— ¡Calle! Me ha dado usted una idea. ¿No habrán sido hormigas las autoras del robo?
- ¿Y por qué no han podido ser abejas o avispas?
— A juzgar por las costumbres de las hormigas de la superficie exterior de nuestro planeta, les cuadra mejor el papel de ladrones. En efecto, las hormigas se llevan al hormiguero todo lo que encuentran, incluso las cosas absolutamente inútiles, y poseen una fuerza enorme en comparación con su tamaño.
— Es verdad. Las abejas son mucho más débiles y no almacenan en su colmena nada más que miel y cera; en cuanto a las avispas, no almacenan nada más que alimentos. Además, tanto las unas como las otras tienen alas, mientras nuestros ladrones no parecen tenerlas.
— Lo mismo opino yo, aunque también insectos alados hubieran podido arrastrar por el suela objetos demasiado pesados para llevarlos por el aire.
— En una palabra, que debemos estar en buen camino: las sospechas van primero a las hormigas, luego a las avispas y en fin a las abejas.
— Y como todas ellas pertenecen a los insectos que pican o muerden introduciendo veneno en la herida, me inclino a creer que ellas son las que han picado a General cuando defendía el acceso a la tienda.
— Justo, Las mordeduras de esos insectos causan inflamación, dolores agudos y, teniendo en cuenta su tamaño, se puede admitir que el veneno produzca quizá una parálisis momentánea.
Charlando de esta manera acerca de la naturaleza de los ladrones, nuestros viajeros anduvieron dos horas, al cabo de las cuales se sintieron extenuados, ya que la arena de la playa era bastante blanda y hacía difícil la marcha.
— Yo no puedo más — pronunció al fin Gromeko, deteniéndose para enjugar el sudor que le inundaba el rostro-. Hoy hace un calor asfixiante y no sopla la menor brisa.
— A cambio de ello el mar está tranquilo y nuestros compañeros no quedan a la zaga.
— ¿Y si cambiásemos con ellos? Nosotros estamos cansados de mover los miembros inferiores y ellos de mover los miembros superiores.
— ¿Podrán ellos seguir la pista? Aunque, por probar no se pierde nada.
Makshéiev llamó a los que iban en las barcas. Cuando desembarcaron señaló a Kashtánov y a Pápochkin las huellas de los insectos y anduvo algún tiempo con ellos para ver si podían seguir la pista. Luego el botánico y él subieron a las lanchas y empuñaron los remos.
El relieve de la región continuaba siendo el mismo. A lo largo de la orilla se extendía una playa de arena y de pedriza de cien a doscientos pasos de anchura, que sin duda recubrían las olas durante las fuertes tempestades. Enmarcaba la playa una muralla compacta de colas de caballo y helechos, donde a veces surgía una estrecha abertura: una vaguada seca, semejante a la que habían explorado la víspera. Los iguanodones que tomaban el sol en la arena de la playa huían al bosque cuando se acercaban los hombres y las lanchas. En el mar asomaban de vez en cuando plesiosaurios que nadaban, parecidos a enormes cisnes negros, con el cuello graciosamente inclinado. Sobre el bosque volaban con frecuencia algunos pterodáctilos, buscando una presa a la orilla del mar.
Makshéiev y Gromeko llevarían un par de horas en las lanchas, cuando surgieron por delante unas colinas rojizas que llegaban hasta la orilla del mar y cortaban el muro de vegetación. Allí había una vaguada más profunda y más ancha que se adentraba en la región y separaba el bosque de las colinas, formadas por una acumulación de arena rojiza. Las huellas de los ladrones torcían por la vaguada y Kashtánov y Pápochkin gritaron a sus compañeros que debían desembarcar.
Una vez convencidos de que los ladrones habían abandonado la orilla para adentrarse en la región, los viajeros empezaron a consultarse sobre lo que debían hacer.
Ahora tenían que abandonar las lanchas y proseguir las pesquisas a pie.
Pero les había fatigado mucho aquel día con la excursión, la marcha, el ajetreo y las emociones. Además, General estaba todavía demasiado débil. Por eso decidieron descansar algunas horas en la orilla del mar, donde corría un poco de fresco que, desde luego, les faltaría en cuanto se alejasen del agua en aquella jornada horriblemente asfixiante y tórrida.
Después de sacar las lanchas a la orilla encendieron rápidamente una hoguera, calentaron la carne y prepararon el té. También volvieron a ponerle compresas frías a General.
Repuestas las fuerzas, los tres se acostaron sobre la arena mientras el cuarto quedaba de guardia, ya que era preciso tomar precauciones contra un posible ataque de reptiles o de los misteriosos insectos.
Transcurrieron tres horas sin novedad. La última guardia incumbió a Kashtánov. Tendido en la arena, casi al borde del agua, reflexionaba en el destino ulterior de la expedición, que podía ser lamentable si no lograban arrebatar sus bienes a los ladrones. Poco a poco empezó a quedarse traspuesto bajo la acción de aquella atmósfera asfixiante, cuando de pronto se despertó en medio de una espantosa pesadilla: soñaba que un reptil gigantesco había caído sobre él y estaba lamiéndole la cara con su enorme lengua pegajosa.