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Abrió los ojos con un gemido de horror y vió, pegado a su cara, el hocico de General, que le había puesto una pata sobre el pecho y lanzaba una especie de vagidos lastimeros.

El inteligente animal no había despertado en vano a Kashtánov. Al levantar la cabeza, el geólogo vió que al Norte se había oscurecido el horizonte por completo: se preparaba una tormenta tropical como los viajeros habían experimentado ya una en el río Makshéiev. Se escuchaba un estruendo ininterrumpido y el oscuro techo de nubes era desgarrado sin cesar por relámpagos deslumbradores.

No había tiempo que perder. Era preciso alejarse de la orilla del mar que, sin duda, se desencadenaría furioso.

Kashtánov despertó a sus compañeros. Decidieron huir hacia las colinas porque el bosque podía resultar tan peligroso como la orilla del mar. Y se llevaron las lanchas por miedo a que el mar las arrastrara.

Una vez en lo alto de la primera fila de colinas, que Kashtánov identificó inmediatamente como dunas, los viajeros vieron que tras ella se abría un valle profundo, paralelo a la orilla del mar y completamente estéril, lo mismo que ambas vertientes de las colinas. No se veía por ningún sitio más que arena rojiza, refulgente bajo los rayos de Plutón, que aun no había ocultado el cúmulo de nubes tormentosas.

En este valle decidieron los viajeros aguardar el final de la tormenta. Volvieron las lanchas y se metieron debajo. Aquélla era su única protección contra el aguacero, ya que los impermeables habían sido sustraídos con el resto del vestuario.

La tormenta no se hizo esperar. Un cúmulo de color cárdeno azulado cubría ya la mitad del cielo. Plutón estaba oculto, oscurecía rápidamente y los primeros embates del viento pasaron sobre el valle, arrancando chorros de arena a la cresta de las dunas, que ahora parecían humear. Lleno de arena caliente, el aire era todavía más agobiador. Por fin llegó el huracán. Kashtánov, que se había asomado por debajo de la lancha, tuvo la impresión de que toda la primera fila de dunas se había levantado en el aire y se desplomaba sobre el valle. La arena caía a torrentes encima de las embarcaciones. El bosque de colas de caballo que se distinguía en la ancha desembocadura del valle se estremecía bajo los azotes de la tormenta como si fuera un puñado de juncos. Los tallos esbeltos de las colas de caballo se inclinaban casi hasta el suelo, las ramas se retorcían en el aire igual que mechones de cabellos verdes. Por el aire volaban copas de árboles, ramas y tallos. Las tinieblas eran desgarradas a cada instante por los fogonazos deslumbradores de los relámpagos, después de lo cual parecían aún más intensas. Los truenos se sucedían sin interrupción.

Al fin repiquetearon unas gruesas gotas de lluvia sobre las embarcaciones y luego se desencadenó el aguacero, que inmediatamente limpió el aire de arena y de polvo. Aunque el viento soplaba todavía con furia, la arena, empapada, no se alzaba ya. A pesar de los torrentes de agua que caían, de las laderas de las dunas sólo bajaban pequeños arroyuelos que desaparecían en seguida, ávidamente absorbidos por la arena,

La tormenta pasó pronto Plutón fué asomando a través de las nubes dispersas. Cesó la lluvia, y los viajeros quisieron salir de debajo de las lanchas, donde tenían que estar medio acostados y casi sin aire. Pero ¡ quia! Era imposible levantar las barcas, abrumadas por los montones de arena que había traído la tormenta y que, empapada de agua, inclinaba el fondo bajo su peso.

— ¡Estamos prisioneros debajo de la barca! — exclamó Pápochkin-. Ayúdennos a salir.

— ¡Lo mismo nos ocurre a nosotros! — contestó Makshéiev, que estaba. debajo de la otra lancha con Kashtánov y General.

— ¿Qué piensan hacer?

— Abrirnos un paso en la arena más blanda bajo el costado de la lancha.

— ¡Es una idea! Nosotros haremos lo mismo.

Durante algún tiempo todo estuvo quieto. Sólo se escuchaba resoplar a los hombres, que se abrían un paso en la arena lo mismo que topos.

Luego, por debajo de la proa de una de las barcas, salió Makshéiev, sucio y desmelenado, arrastrándose sobre el vientre. Le siguieron Kashtánov y, al fin, General. Por debajo de la segunda lancha aparecieron el zoólogo y el botánico.

Después hubieron de desenterrar las lanchas, sepultadas por la arena, y arrastrarlas valle abajo, camino de la vaguada. Pero, al llegar a ella, los viajeros se detuvieron sobrecogidos: por allí arrastraba sus aguas impetuosas, de color amarillo rojizo, un río por el que era imposible navegar y que tampoco podía ser vadeado.

— ¡Imposible continuar la persecución! — exclamó apenado Gromeko-. Habrá que aguardar a que baje el agua.

— Eso no es tan grave — observó Makshéiev-. Lo peor de todo es que las huellas de los ladrones han sido borradas — por el agua en la vaguada y por la lluvia en todas partes— y no vamos a saber hacia dónde se han dirigido.

— ¿Por qué habremos hecho alto? — dijo Pápochkin contrariado-. Antes de comenzar el aguacero habríamos podido probablemente recorrer una decena de kilómetros y llegar quizá hasta el refugio de los ladrones.

— Lo hecho, hecho está. Me imagino que no habrá que buscarlos mucho tiempo, porque no van a ir cargados con nuestras cosas kilómetros y kilómetros — le consolaba Kashtánov.

El agua de la vaguada descendía a ojos vistas y, a la media hora, sólo quedaban algunos charcos en los hoyos.

— ¡En marcha! El agua ha descendido ya — dijo Makshéiev.

— Pero, ¿qué vamos a hacer con las lanchas? No es cosa de llevárnoslas a cuestas hacia el interior de la región sabe Dios cuántos kilómetros — observó Kashtánov.

— Tendremos que dejarlas cerca del mar y únicamente ocultarlas de alguna forma para que no las roben esos mismos ladrones misteriosos.

— Podemos enterrarlas en la arena — propuso Gromeko.

— Buena idea. La arena está blanda y, aunque no tenemos más herramienta que las manos, sólo queda esa salida.

Capítulo XXXIV

LOS REYES DE LA NATURALEZA JURÁSICA

Una vez enterradas las lanchas, los viajeros remontaron la vaguada, donde el agua había desaparecido ya. Pero, en algunos lugares, había que trepar a una u otra orilla porque cortaban el camino grandes charcos o porque la arcilla pegajosa dificultaba la marcha. Avanzaban con cuidado, mirando atentamente hacia los lados y con las escopetas preparadas por si se encontraban de pronto con los ladrones. A la izquierda de la vaguada continuaba el mismo bosque de colas de caballo, de helechos y palmeral mientras a la derecha se sucedían las hileras de dunas desnudas y rojizas. La guarida de los ladrones podía encontrarse tanto en el bosque como entre las dunas.

Al cabo de algún tiempo tropezaron con un objeto oscuro que yacía en la vaguada, medio sepultado por la arena y el limo; lo desenterraron y vieron una enorme hormiga negra: su cuerpo medía alrededor de un metro de largo y su cabeza era poco menos gruesa que la de un hombre. Las patas, retorcidas en la agonía, terminaban en uñas aceradas.

— ¡Aquí está el rey del período jurásico! — exclamó Kashtánov.

— Si sus colonias están tan pobladas como los hormigueros de la superficie de la tierra, tendremos que vérnoslas con millares de enemigos — dijo Pápochkin.

— Y, además, enemigos rapaces, inteligentes e implacables — añadió Gromeko.