Desde el extremo superior de la ciudad ofrecíase una vista maravillosa de toda la bahía de Avacha, ceñida de montañas que en unos sitios caían a pico en rocas oscuras hacia el espejo del agua y en otros bajaban en suaves pendientes, surcadas por el cauce de riachuelos ya despiertos de su sueño invernal.
El anillo de las montañas no llegaba hasta la costa de la bahía sólo por la parte de occidente donde se vislumbraba el delta anegadizo del Avacha. En la desembocadura del río podían verse las casuchas del poblado de su mismo nombre, único sitio habitado, además de Petropávlovks, en la orilla de esta espléndida cuenca de cerca de veinte kilómetros de diámetro, capaz de dar cabida a las flotas de todas las potencias grandes y pequeñas, perfectamente protegida del lado del mar y que, sin embargo, sobrecogía a los viajeros por su aspecto desierto. En la superficie lisa del agua no blanqueaba ni una sola vela, pero en cambio las montañas circundantes, tapizadas de bosques, conservaban su nítido manto invernal.
Al descender a la orilla, nuestros viajeros fueron testigos de una escena curiosa. Junto al agua estaban, atados por parejas, treinta perros destinados a la expedición. Aunque los rodeaban unos cuantos marineros y un grupo de curiosos, mostrábanse muy inquietos: aullaban, se peleaban y hacían tentativas de huir. En el agua, cerca de tierra, flotaba una gran barca tosca en la que debía ser embarcada la jauría. Un hombre recio, desnudo de cintura para arriba — debía ser elkayur, o sea el conductor de los perros —, agarró por la piel del cuello a una pareja de perros que se debatían aullando, los llevó hasta la lancha y los instaló en la popa. Pero no había hecho más que volver la espalda para ir a buscar la pareja siguiente cuando los sagaces animales, sin duda poco aficionados a los viajes por mar, saltaron de nuevo a la orilla, donde se confundieron con los demás. El juego se repitió varias veces para gran algazara de los espectadores De nada sirvieron los punta pies ni los gritos: los perros no querían abandonar su patria. Elkayurse desesperaba y profería contra los perros terribles juramentos en ruso y en kamchadal, los espectadores reían a carcajadas y daban toda clase de consejos, los perros aullaban. La barahunda era indescriptible.
Finalmente, elkayurinventó un método de embarque ingenioso, aunque no muy agradable para los lanudos pasajeros. Empujó la lancha a unos cinco pasos de la orilla, encomendándosela a uno de los marineros, y luego se puso alanzar a los perros por parejas a la lancha a través del agua, a pesar de su resistencia. Retorciéndose en el aire, los perros iban a caer al fondo de la barca, en seguida se ponían de pie, apoyados con las patas delanteras en la borda, y aullaban desesperadamente, aunque sin decidirse a saltar al agua. Cuando la lancha estuvo llena de las inquietas parejas, que continuaban pegando saltos y aullidos, la trajeron de proa a la orilla, los marineros y el kayur se metieron de un brinco en ella y empuñaron los remos. Como por obra de magia, la jauría se aplacó al primer golpe de remos y no volvió a oírsela en toda la travesía. Pero en cuanto la lancha rozó el casco del Estrella Polar el concierto se reanudó con fuerza duplicada. Desde la orilla podía verse cómo eran subidos los perros a cubierta, de dos en dos, en una cesta que echaban con una cuerda desde el barco y cómo los llevaba el kayur hasta el lugar que les estaba reservado, donde una buena ración de yukola les obligaba a conformarse con su suerte.
El ajetreo que se observaba en cubierta, el estruendo de la cadena del ancla y el ladrido de los perros alarmados despertó muy temprano, a la mañana siguiente, a los viajeros, que no vacilaron en salir de sus camarotes para lanzar una última mirada a la pequeña ciudad y sus habitantes, reunidos en la orilla a fin de despedir al barco. Entra gritos de «hurra» y «buen viaje», acompañados por gorros y pañuelos agitados en el aire y por el ladrido de los perros, el Estrella Polar viró suavemente y, a toda marcha, atravesó la bahía hacia la salida. La orilla se alejaba rápidamente y, al mismo tiempo, — en último plano iba apareciendo, detrás de las montañas inmediatas a la ciudad, el cono níveo del Avacha. De su cumbre se calzaba una columna de humo fina y transparente.
— ¡Ya ha empezado a humear nuestro monte! — pronunció una voz a espaldas de los viajeros que, de pie junto a la borda, admiraban aquel bello cuadro.
Todos se volvieron. Había hablado el hombre enérgico que el día anterior embarcó a los perros en la lancha. Ahora llevaba puesta una kujlianka, ropón de piel de reno con el pelo hacia fuera. El corte estrecho y algo oblicuo de sus ojos pardos, los pómulos salientes, el color moreno de la piel, la nariz achatada y el ralo bigote negro denunciaban bar en seguida su origen mongol. Observaba sonriente a los viajeros.
— Aquí tienen ustedes a un nuevo miembro de nuestra expedición: Ilyá Stepánovich Igolkin, el encargado de los treinta perros y elkayurdel trineo delantero, que nos enseñará a conducir a estos inquietos animales — dijo Trujánov, saludando al kayur.
— Nuestros perros son muy tranquilos, señor jefe — objetó elkayur —. Se han calmado ya. Aullaban porque a todo el mundo le cuesta trabajo abandonar su patria.
Cuando Igolkin se alejó para echar una mirada a los perros, Trujánov comunicó a sus compañeros algunos datos de este miembro de la expedición. Igolkin era de origen cosaco-buriato y había nacido en Transbaikalia, en una stanitsa fronteriza de Mongolia, pero se quedó en Vladivostok después de participar en la guerra contra el Japón. Llegado a Kamchatka con una expedición científica, le gustó el país de las colinas humeantes, sus vastas extensiones, la profusión de pesca y la caza de osos. Allí encontró su segunda patria y, habiéndose adaptado rápidamente a las originales condiciones de vida de aquella tierra, hízose famoso en Petropávlovsk como hábilkayury guía de los aficionados a la caza. En la expedición de Trujánov le había atraído el buen sueldo, una de cuyas anualidades, pagada por adelantado, le permitía construirse una casa y comprar ganado y aparejos.
Una hora después de levar anclas, el Estrella Polar entraba ya en la garganta de la bahía de Avacha, que mide más de cinco kilómetros de longitud. A la derecha de la salida, frente al acantilado del cabo Bábushkin, emergía del mar, negra, la enorme roca de Bábushkin, de cerca de cien metros de altura, cuya cima plana se presta muy bien para que aniden en ella Las aves marinas.
Centenares de gaviotas, de cuervos marinos y otras aves, inquietadas por el ruido de la máquina, volaban alrededor de la roca, atronando el aire con sus gritos penetrantes.
Después de doblar el cabo Dalni con su faro, el Estrella Polar viró hacia el Nordeste y navegó a lo largo de la costa oriental de Kamchatka, apartándose gradualmente de ella. En dos días no había nada que observar. Además, soplaba un frío noroeste, trayendo tan pronto lluvia como granizo o nieve. El mar estaba inquieto y los camarotes abrigados resultaban mucho más atractivos que la húmeda cubierta.
El viento cesó al fin, pero en cambio aparecieron los hielos flotantes y la niebla. Durante dos días se navegó a poca velocidad para no chocar con algún campo de hielo. Al despejarse el tiempo, a estribor apareció la orilla rocosa de la isla de San Lavrenti y a babor el cabo Chukotski. Al oeste del cabo, en la orilla de la profunda bahía Providencia, se encontraba una factoría donde la expedición debía recoger carbón traído de antemano en un barco fletado a este efecto. ElEstrella Polarechó el ancla y comenzó la carga del carbón. Después— de una semana de navegación todos se apresuraron a descender a tierra. Pero las rocas de la orilla no dejaban gran espacio para las excursiones, la nieve cubría todavía las vertientes dejando libre tan sólo una pequeña superficie en torno a la factoría.