— La erupción puede comenzar de un momento a otro. Incluso no sé si es razonable que nos quedemos al borde de este lago hasta mañana, Quizá fuese mejor alejarse lo más posible del volcán.
Pero todos estaban rendidos de la subida y la bajada con aquel pesado fardo a la espalda. El aspecto del volcán no inspiraba grandes temores y el lago se encontraba a unos dos kilómetros del cráter en línea recta, o sea, a una distancia relativamente grande, de manera que se podía considerar sus orillas fuera de un peligro directo. Por lo tanto, quedó decidido dormir al borde del lago con la esperanza de asistir por lo menos al comienzo de un fenómeno tan grandioso como la erupción de un volcán.
Sin embargo, la calma no duró más que cuatro horas. Los exploradores fueron despertados por un horrible estrépito y sacudidas del suelo. Tenían la impresión de que habían sido arrojados al aire y volvían a caer en el lago.
Se pusieron en pie de un salto, lanzando a su alrededor miradas de espanto: el suelo temblaba bajo los pies y, al borde del lago, los árboles se doblegaban en todas direcciones.
La cumbre del volcán estaba envuelta en una tupida cortina de humo negro surcada, como si fueran relámpagos, por las piedras incandescentes que vomitaba el cráter.
Había comenzado la erupción.
— ¿Dónde está Pápochkin? — exclamó Makshéiev al advertir que no eran más que tres.
— ¿No le habrá arrojado al lago la sacudida? Es el que más cerca estaba de la orilla — dijo Gromeko.
Pero la superficie del agua estaba cubierta sólo de pequeñas arrugas, debidas sin duda al temblor del suelo. No se veían olas concéntricas que denunciaran la reciente caída de un cuerpo pesado al agua,
— ¿No habrá echado a correr, del susto, valle abajo?
— ¿Y no se habrá marchado, a pesar de todo, a buscar su escopeta al cráter? — sugirió Kashtánov.
Esta hipótesis pareció la más verosímil, porque el zoólogo se distinguía por ser bastante tozudo. Se conoce que había esperado la que sus compañeros estuvieran dormidos para subir al volcán.
Como las pesquisas y las llamadas en torno al lago no dieron ningún resultado, hubo que admitir que el zoólogo se había marchado a buscar su escopeta.
— Menos mal si no había llegado a la cima del volcán cuando ha comenzado la erupción — observó Kashtánov-. De lo contrario, habrá perecido.
— ¿Qué hacemos ahora? — exclamó Makshéiev-. A mi entender, debemos correr en su auxilio.
— Esperemos un poco más — propuso Gromeko-. Para ir y volver al fondo del cráter hay que contar de tres a cuatro horas de marcha. Si se puso en camino a las nueve, en cuanto nos quedamos dormidos, debe estar de vuelta dentro de media hora o una hora todo lo más.
— Y, entretanto, la marcha de la erupción del volcán nos dirá si es posible subir al cráter sin riesgo excesivo.
— ¡Pero es horrible esto de estarse aquí de brazos cruzados en lugar de correr a ayudar a nuestro compañero!
— En efecto, es horrible. Pero no podemos salvarle más que en el caso de que no haya llegado hasta el cráter del volcán y sólo esté herido por alguna piedra al caer. Ahora bien, si se encontraba en la cumbre o en el cráter en el momento de la explosión habrá perecido indudablemente, si no es a causa de las piedras, por efecto de los gases. Si intentamos llegar ahora hasta la cumbre no salvamos a nuestro compañero y, en cambio, ponemos en peligro el destino de toda la expedición. ¡Fíjense qué cuadro!
Kashtánov había pronunciado las últimas palabras al ver una inmensa nube de vapor que se escapaba del cráter.
Capítulo XXXVIII
EL DESPERTAR DEL VOLCAN
A los pocos segundos se escuchó un estruendo ensordecedor, como si la montaña se hubiera partido en pedazos o saltado en el aire. La nube se precipitó cuesta abajo, hinchándose desmesuradamente hacia arriba y hacia los lados y convirtiéndose pronto en un cúmulo cárdeno (cárdeno = adj. Color amoratado)en el que varias nubes se arremolinaban, se mezclaban y se retorcían en volutas, iluminadas por relámpagos deslumbradores. Este cúmulo descendía la vertiente a la velocidad de un tren y, a los pocos minutos, su extremo tocaba ya el pie del volcán mientras el borde superior giraba mucho más arriba de la cima.
— ¡Esto me recuerda enteramente la horrible erupción de la Montaña Pelada de la Martinica que, en mayo de 1902, destruyó en unos minutos la ciudad de San Pedro con sus veintisiete mil habitantes! — exclamó Kashtánov-. Esta nube, llamada nube ardiente o abrasadora, se compone de gases y vapores de agua muy comprimidos y recalentados, llenos de cenizas calientes y arrastra no solamente piedras, sino también enormes pedruscos.
— Felizmente para nosotros, no se ha dirigido hacia aquí, sino hacia el lado contrario; de otra forma, habríamos sufrido la misma suerte que los habitantes de San Pedro — observó Gromeko.
— En efecto, ha debido salir por la misma brecha del borde del cráter que hemos utilizado nosotros y por eso se ha dirigido hacia el Sudeste, siguiendo el último raudal de lava.
— ¿Qué ocurrirá ahora? — preguntó Makshéiev.
— Estas nubes ardientes pueden repetirse a ciertos intervalos, horas o días, y luego surge la lava.
— ¿Y no pueden las nubes siguientes tomar otra dirección que la primera y venir hacia nosotros, por ejemplo?
— Si la terrible explosión causada por la salida de la primera nube no ha cambiado la configuración del cráter, es posible que las demás sigan el mismo camino. En caso contrario, elegirán otro.
— Entonces, ¿también pueden venir hacia aquí?
— Naturalmente. Pero esperemos que no ocurrirá y que, de momento, nos encontramos aquí en una seguridad relativa.
Mientras hablaban, la nube, dispersándose en todas direcciones, había ocultado parte considerable de la vertiente Este, pero progresaba ya más despacio y crecía sobre todo en altura. Los tres viajeros contemplaban en silencio aquel espectáculo terrible y majestuoso.
De repente surgió Pápochkin detrás de la cresta de la colina más próxima situada al pie del volcán. Corría a toda velocidad, destocado, con los cabellos al aire, saltando por encima de los bloques que le cortaban el paso. Los demás se precipitaron a su encuentro, abrumándole a preguntas. Pero la carrera y la emoción no le dejaban hablar.
Sólo después de haberse estado un rato tendido a la sombra de los árboles junto al lago y de haber absorbido unas tazas de té frío se recobró y pudo comenzar el relato:
— A pesar de sus consejos, había decidido ir a recuperar la escopeta al volcán, que me parecía poco peligroso. Esperaba dar con ella en alguno de los dos sitios donde habíamos hecho alto durante la ascensión o, por lo menos, en la cumbre. Aguardé a que estuvieran ustedes profundamente dormidos y a eso de las diez me puse en camino sin más equipaje que unos cuantos juncos. No encontré la escopeta en el emplazamiento de la primera parada y, como el volcán no acentuaba su actividad, seguí subiendo. Pero tampoco estaba la escopeta en él sitio del segundo alto. Había subido ya mucho y sólo me que, daría medio kilómetro hasta la cumbre. El maldito volcán apenas humeaba y no quería volver con las manos vacías.
Iba a llegar a la brecha del borde del cráter y me parecía ver ya la escopeta apoyada contra un bloque de lava, a unos cien metros delante de mí, cuando resonó de pronto un estruendo formidable y el volcán vomitó una masa de humo. Me detuve indeciso. Era peligroso continuar la ascensión, pero también me daba lástima volverme cuando una distancia tan escasa me separaba de la escopeta. Sin embargo, me sacaron de mi indecisión las piedras y las pellas de barro que se estrellaban contra el suelo. Llovían a mi alrededor, y una pella me dió en el hombro con tanta fuerza que lancé un grito. Ha debido hacerme un buen cardenal, porque apenas puedo mover el brazo. A cada instante era de esperar una nueva explosión y un bombardeo de piedras aún más grandes y más recalentadas. Me lancé cuesta abajo a toda la velocidad que permitía el suelo irregular. Al medio kilómetro se produjo una nueva explosión, después de la cual el cono del volcán quedó envuelto en humo. Un embate del viento se me llevó el sombrero. A mi alrededor volvieron a caer piedras, y yo continué la carrera sin pararme. La última y terrible explosión se produjo cuando estaba ya casi al pie del volcán y me precipitó contra el suelo con tal fuerza que casi me disloqué los brazos. Al levantarme vi ese espantoso cúmulo y, en un último esfuerzo, reanudé mi carrera por miedo a que se me adelantara y me asfixiase.