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Los pisos superiores tenían también orificios en lugares distintos y a diferente altura. Pero sólo debían servir para la ventilación y quizá también para la salida de los defensores en caso de ataque enemigo. Estos eran ya más estrechos y más bajos que las entradas principales, de manera que las hormigas sólo podían pasar por ellos de una en una. En aquellos orificios aparecían igualmente de vez en cuando hormigas que salían a recorrer las cornisas del hormiguero, sin duda para inspeccionar si todo marchaba normalmente.

— ¿No será un obstáculo a nuestro plan esta abundancia de orificios? — preguntó Makshélev-. Si el aire circula demasiado libremente por el hormiguero, el gas sulfuroso no tardará en salir sin producir su efecto.

— El gas sulfuroso es más pesado que el aire y sólo irá desplazándolo paulatinamente — contestó Kashtánov-. Además, los lugares más importantes del hormiguero, o sea, los depósitos de larvas, de huevos, de ninfas y de víveres se encuentran sin duda abajo y es posible que incluso en cámaras subterráneas. El gas sulfuroso penetrará allí primero, y únicamente después empezará a extenderse a los pisos superiores. Por otra parte, si vemos que el tiro es demasiado fuerte, siempre estamos a tiempo de obstruir parte de los orificios.

— ¿Y si pusiéramos azufre encendido en las aberturas superiores?

— Corremos el riesgo de incendiar el hormiguero. Porque, no teniendo ningún recipiente incombustible como braseros o sartenes, habríamos de colocar el azufre sobre la madera seca.

— Podríamos utilizar la cáscara del huevo de iguanodón con la que hemos confeccionado nuestros platos y nuestra fuente provisionales.

— No tenemos más que cinco y los orificios son mucho más numerosos.

— Hay que procurar descubrir hoy otro huevo o un par de ellos y así podríamos fabricar una docena de tazones para quemar el azufre.

— ¡Es una idea! Como tenemos mucho tiempo por delante, haremos una excursión ¡a los arenales donde las hormigas roban estos huevos.

Terminado el examen del hormiguero, Makshéiev y Kashtánov volvieron al campamento, donde expusieron el plan a sus compañeros.

Todos aceptaron trasladarse al día siguiente a las dunas de arena en busca de huevos, mientras Makshéiev y Kashtánov se dedicaban a triturar el azufre.

Capítulo XXXIX

LA DESTRUCCION DEL HORMIGUERO

Cuando volvieron los últimos grupos de insectos y la calma se estableció en el hormiguero, los exploradores se prepararon a cumplir su plan. En la jornada habían triturado todo el azufre entre dos piedras planas. Llenaron con él sus macutos y, llevando los platos de cáscara de huevo; se dirigieron todos hacia el hormiguero, donde cada uno de ellos debía colocar una porción de azufre delante de una de las entradas principales de manera que el gas penetrase en el interior. Después de prender fuego al azufre, había que cegar las salidas con troncos quitados de los muros y luego, por las cornisas exteriores, llegar hasta los orificios más próximos y colocar en ellos platos de azufre para intoxicar toda la parte inferior del hormiguero e impedir que los insectos se salvasen por arriba. A fin de que el azufre no se consumiera con excesiva rapidez en los tazones ni incendiara los troncos secos del edificio, había sido ligeramente humedecido.

El plan fue realizado punto por punto y sólo en las entradas principales orientadas hacia el Sur y hacia el Oeste tropezaron inopinadamente Makshéiev y Gromeko con centinelas. Por suerte, las hormigas estaban adormiladas y las degollaron antes de que pudieran dar la alarma.

Los viajeros prendieron fuego al azufre y se apartaron con las escopetas preparadas para disparar contra las hormigas que quisieran escaparse. Al cabo de un cuarto de hora, en algunos orificios de los pisos más altos, donde no habían colocado azufre, aparecieron hormigas tirando de unos grandes paquetes blancos que debían ser las larvas.

Corrían con ellos por la superficie del hormiguero descendiendo; pero, antes de llegar al suelo, caían asfixiadas por las emanaciones del azufre que ardía junto a las entradas de abajo.

Sólo algunas lograron llegar hasta el suelo y se pusieron a apartar los troncos que cegaban tina de las entradas principales, calculando sin duda que así salvarían a sus compañeras que se ahogaban en el fondo. Pero estos salvadores inoportunos fueron abatidos de unos cuantos disparos. No apareció ningún otro insecto. Había perecido toda la población del hormiguero, sorprendida (¡tirante el sueño.

Cuando se hubo consumido el azufre y de todos los orificios salió un humo ligero y azulenco, prueba de que el hormiguero estaba lleno de gas, Pápochkin hizo una pregunta, muy natural. pero que hasta entonces no se le había ocurrido a nadie.

— ¿Y cómo entrarnos nosotros ahora ahí dentro? Porque los gases han hecho inaccesible el hormiguero también para nosotros por mucho tiempo.

— Vamos a desatascar los orificios inferiores para intensificar la entrada del aire y luego tendremos que esperar quizá unos días a que los gases vayan evaporándose — contestó Kashtánov.

— Es un aburrimiento aguardar tanto tiempo sin hacer nada — observó Makshéiev-. ¿No sería posible acelerar la ventilación de alguna manera?

— ¿Con qué? Encender hogueras no es posible por miedo a un incendio y no tenemos a nuestro alcance ningún dispositivo.

— Si lográsemos matar a un iguanodón o un pterodáctilo grande — declaró el ingeniero —, yo fabricaría un fuelle con la piel.

— ¡Es una idea! Pero, ¿con qué vamos a hacer los tubos para llevar el aire al interior del hormiguero?

— ¿No servirían las colas de caballo? — sugirió Gromeko-. Los troncos son huecos y no habría más que perforar las paredes que separan las diferentes partes para hacer con ellos unos buenos tubos largos. Luego se los podría unir los unos a los otros.

— La necesidad agudiza el ingenio — aprobó Pápochkin-. Cada día me convenzo más de que, igual que Robinsón, sabremos salir de todas las dificultades que nos depare el destino.

Incluso mejor que Robinsón — observó Kashtánov —, porque él estaba solo, mientras nosotros somos cuatro y, además, cada cual especializado en una rama distinta. Seria una vergüenza que, juntos, no lográsemos salir de cualquier situación difícil.

— ¡Bueno, pues manos a la obra! — exclamó Makshéiev-. Dos de nosotros irán de caza con General mientras los otros dos preparan los tubos. La materia prima está bien cerca, puesto que casi todo el hormiguero se compone de troncos secos de colas de caballo.

Pápochkin y Gromeko volvieron hacia el campamento, desataron a General y después de haber trasladado más cerca del hormiguero la impedimenta que quedaba, se encaminaron hacia el Este siguiendo el lindero del bosque.

En cuanto a Makshéiev y Kashtánov, se dirigieron hacia el hormiguero, pero a unos veinte pasos de él, el acre olor del gas sulfuroso les produjo un acceso de tos y comprendieron que era imposible acercarse más.

— Habrá que aguardar todavía.

— Mientras tanto, vamos a buscar masilla para los tubos — propuso el ingeniero-. Después que ha pasado el impetuoso torrente provocado por la erupción del volcán, en el lecho del arroyo ha quedado mucho lodo blanquecino y pegajoso. Hay que traer cierta cantidad antes de que se seque.