Agarraron los macutos vacíos, descendieron al valle y, en unos cuantos viajes, trajeron un montón de barro que iba a servir perfectamente para lo que querían. Recubrieron el montón con los macutos y la ropa superflua a fin de protegerlo de los ardientes rayos de Plutón.
Luego se pusieron a rajar los troncos de colas de caballo utilizando sus cuchillos, unas cuñas y una piedra grande que les servía de martillo, para destruir las paredes que separaban las distintas secciones, después de lo cual volvían a pegar con barro las dos mitades del tronco y ataban en varios sitios por medio de juncos flexibles el tubo así obtenido.
De esta suerte fabricaron en unas horas una docena de tubos de unos seis metros de largo cada uno. Como los troncos eran bastante más delgados por arriba, no costaba trabajo unirlos introduciendo el extremo fino de un tubo, profusamente untado de barro, en el extremo ancho del siguiente.
Concluían este trabajo cuando volvieren los cazadores con una piel de iguanodón.
Makshéiev fabricó con los troncos más finos el armazón del fuelle que, una vez terminado, se colocó delante de una de las entradas principales del hormiguero. Por esa entrada fueron introduciendo los tubos preparados, uno tras otro, por el extremo fino y empalmándolos por el lado más ancho. Poco a poco, los doce tubos desaparecieron en el interior de la galería, de donde el gas escapaba aún en abundancia, obligando a los viajeros a interrumpir el trabajo para ir a respirar aire puro. El extremo ancho del último tubo fué adaptado y fijado sólidamente al fuelle: el ventilador improvisado estaba listo.
Después de la cena empezaron inmediatamente a airear el hormiguero, trabajando por turno para que tres durmiesen mientras el cuarto hacía funcionar el fuelle.
Pronto comenzó a surtir efecto la ventilación: se aceleró la salida del gas por todos los orificios. Una tormenta que estalló de improviso, casi sin lluvia pero con mucho viento, les prestó una ayuda inesperada. Las ráfagas penetraban por los orificios del hormiguero, expulsando el gas de los pisos superiores.
A la mañana siguiente, los viajeros fueron a visitar el hormiguero provistos de antorchas que Gromeko fabricó con el tronco seco de una conífera muy resinosa. La galería por donde habían penetrado los tubos del ventilador descendía suavemente. Tenía más de dos metros de anchura, pero sólo metro y medio de alto, de manera que los hombres debían andar inclinados. Cerca de la entrada tropezaron ya con cadáveres de hormigas, asfixiadas por el gas en su huida. Cuanto más se avanzaba mayor era su número; pasada la extremidad de los tubos, tuvieron ya que abrirse paso apartando los cadáveres.
La galería terminaba en una vasta cámara central, donde convergían, igual que radios, las galerías de las tres entradas principales restantes. Esta cámara, excavada en el suelo a una profundidad de cuatro metros, tenía una cúpula cónica de troncos de colas de caballo, dispuestos muy ingeniosamente en radios como las vigas del techo de un circo. Entre las desembocaduras de las cuatro galerías principales se abrían en los muros de la cámara otras cuatro galerías, también radiales, pero inclinadas del centro hacia la periferia y cavadas enteramente en el suelo, que era de arena marina muy compacta alternada con capas de piedrecillas. En la cámara había verdaderos montones de cadáveres de hormigas, así como de larvas y ninfas que habían intentado salvar. Los exploradores tuvieron que trepar por encima de ellos.
Entraron al azar en una de las galerías subterráneas, tan baja como las de arriba, cuyo suelo estaba cubierto de cadáveres. Para no avanzar casi a rastras, los viajeros tuvieron que apilar los cadáveres a lo largo de las paredes, dejando un camino en el centro. A setenta pasos de la sala central esta galería terminaba en un pasillo circular de dos metros de alto, donde se podía andar de pie. El pasillo daba la vuelta al hormiguero y era su parte principal, ya que, a derecha e izquierda, había celdas de tamaño y destino diferentes: unas contenían las larvas blancas, acostadas en filas, semejantes a cadáveres de niños envueltos en sudarios; otras estaban llenas de ninfas muertas, aisladas o en montones: unos gruesos gusanos blancos que parecían trozos de rollizos; en otras se encontraban los huevos de las hormigas, que hacían pensar en panes amarillentos. Las celdas destinadas a las futuras generaciones de hormigas estaban abiertas en la pared interior del pasillo circular, mientras en la pared exterior se encontraban los depósitos de víveres: montones de juncos azucareros, hierbas y tallos tiernos, insectos diversos como libélulas, escarabajos, gusanos y orugas, enteros o despedazados, cuyo olor pestilente no podía ser dominado siquiera por el del gas sulfuroso, mucho más sensible en aquella parte del hormiguero.
Después de haber visitado una serie de celdas a ambos lados del corredor, los exploradores descubrieron al fin, para gran alegría suya, los efectos que les habían sido robados. Todo estaba colocado en bastante buen orden en una de las celdas exteriores: la tienda de campaña, los cajones de instrumentos y de víveres, los sacos con la ropa de abrigo y la ropa interior, el hacha, la escopeta, la vajilla e incluso las muestras de mineral de hierro y de oro recogidas durante la primera excursión a las grietas de la orilla, que no habían sido guardadas aún en los sacos de las colecciones.
Sacaron la impedimenta en dos etapas: primero hasta la cámara central y luego fuera del hormiguero, al aire libre, que les pareció particularmente agradable después de haber pasado una hora bajo tierra, en una atmósfera que hacían apestosa los insectos en descomposición y los restos de gas sulfuroso.
Después de descansar un poco y de pasar revista a los efectos, entre los cuales la provisión de tabaco causó particular alegría a los fumadores, privados de él durante toda una semana, los viajeros quisieron visitar también los pisos superiores del hormiguero para tener una idea exacta de su construcción.
La parte que se alzaba sobre la tierra tenía como objetivo principal defender las partes subterráneas de la intemperie y los enemigos. Las galerías de esta parte, igualmente radiales, eran estrechas y bajas y, en cada piso, convergían hacia una pequeña cámara central. Los pisos comunicaban por pasillos cortos y muy inclinados.
Capítulo XL
NAVEGANDO HACIA EL OESTE
Después de la peregrinación por el desierto negro y los áridos contornos del hormiguero, donde aquellos últimos tiempos obtenían a duras penas un agua sucia de un agujero abierto en el lecho del arroyo desecado después de la erupción, los viajeros saludaron con alegría la costa. Se bañaron en las aguas límpidas del mar de los Reptiles, luego desenterraron las lanchas y reanudaron el viaje.
Kashtánov, que había reconocido aquella parte durante la excursión al volcán, no alimentaba casi ninguna esperanza en cuanto a la posibilidad de seguir el viaje hacia el Sur. Le parecía lo más probable que al Sur del mar de los Reptiles se extendía, sobre miles y miles de kilómetros, un desierto árido y sin agua en el que no podían aventurarse ni remotamente con los medios de que disponía la expedición.
Sin embargo, era interesante y útil investigar todo lo posible el extremo o la prolongación occidentales del mar.
Navegaron a lo largo de la orilla, bordeada de enormes dunas estériles, que los viajeros conocían suficientemente después de la excursión al volcán. Por eso no hicieron ningún alto mientras duraron los arenales, que ocupaban en la orilla una extensión de veinticinco kilómetros. En aquella parte el mar era poco profundo y en algunos sitios se distinguían, a través del agua, unos grandes bajíos rojizos que tenían que contornear alejándose de la orilla. Cerca de la orilla no había ni plesiosaurios ni ictiosaurios, que preferían las aguas más profundas. En cambio, entre los bajíos abundaban los peces pequeños, al amparo allí de los carniceros, que en otros sitios del mar los exterminaban sin piedad. En algunos lugares, el fondo del mar estaba cubierto de frondosas y variadas algas que proporcionaban al botánico y al zoólogo un abundante botín. El zoólogo se interesaba sobre todo por los erizos y las estrellas de mar y los moluscos, braquiópodos, gastrópodos y lamelibranquios que pululaban en las matas submarinas.