Desembarcaron en la orilla, recogieron combustible en el lindero del bosque y se pusieron a preparar el almuerzo con miradas desconfiadas hacia los brontosaurios, que continuaban en el mismo sitio, metidos en el agua, sin atreverse a salir a tierra.
— Se conoce que estos animales no saben nadar — observó Pápochkin-. Se refugian en el agua para escapar a sus enemigos terrestres, y probablemente no saldrán mientras estemos aquí.
En tanto se freía el pescado, Gromeko extendió su ropa sobre la arena cara que se secase a los rayos de Plutón y, con el traje de Adán, se dedicó a secar los instrumentos y el cuadernillo de notas. Después del almuerzo se acostaran sobre la arena, observando a los monstruos, que no se movían de donde estaban. Luego, reanudaron la travesía en la misma dirección. A los pocos kilómetros, la orilla meridional empezó a desviar sensiblemente hacia el Sur, pero un cabo bastante largo, cubierto de bosque, que se encontraba delante de ellos, interceptaba la vista. Después de doblar el cabo quedó defraudada su esperanza de que el mar se prolongase hacia el Sur y les permitiera continuar en las barcas el viaje al interior de Plutonia. El mar formaba sólo un gran golfo, cuya orilla se divisaba a pocos kilómetros.
Como era posible que algún río considerable desembocara en el Sur, decidieron remar en aquella dirección. Una hora más tarde llegaban a la costa meridional y vieron que, en efecto, había allí un río aunque pequeño. Sin embargo, podía intentarse por él una excursión al interior de la región que una tupida muralla de árboles separaba aquel lugar de la costa. Por eso eligieron un sitio para el campamento en la desembocadura del río. Quedó decidido que solamente dos de ellos harían la excursión mientras los otros dos se quedaban al cuidado de la tienda, ya que la triste aventura ocurrida al borde del mar de los Reptiles había demostrado que era peligroso dejar la impedimenta bajo la sola guardia de General. En aquellos parajes de la orilla meridional podía también haber hormigas, aunque estuviese bastante alejado del hormiguero destruido.
Capítulo XLII
EL BRULOTE DE KASHTANOV
Provistos de víveres, de ropa de repuesto y de municiones por si la excursión se prolongaba unos cuantos días, Kashtánov y Párpochkin remontaron el río en una de las lanchas. Como la profundidad era escasa y la corriente bastarte rápida, sustituyeron los remos por unos bicheros con los que empujaban la embarcación clavándolos en el fondo. Una alta muralla de árboles enmarcaba ambas orillas del cauce estrecho. En algunos lugares, las colas de caballo, los helechos y las palmeras inclinados sobre el agua juntaban casi sus cumbres y el río fluía bajo una alta bóveda verde, a través de la cual apenas penetraba la luz.
En esos sitios reinaba una semioscuridad y hacía fresco. La embarcación se deslizaba suavemente y sólo se escuchaba el susurro del agua bajo la proa y el crujido de los bicheros al clavarse en el fondo de piedra.
Cuando el corredor verde se ensanchaba, revoloteaban libélulas, zumbaban sordamente unos gruesos escarabajos y el viento suave hacía murmurar las grandes hojas de las palmeras y las ramas de los helechos y agitaban las colas de caballo.
A los pocos kilómetros, los muros verdes retrocedieron bruscamente descubriendo un vasto calvero que el río atravesaba por el centro. El suelo estaba cubierto de una vegetación. escasa y menuda: matas de una hierba áspera de varias clases.
— ¿No comenzará este río cerca del grupo de volcanes que hemos explorado ya? — dijo Pápochkin.
Es posible — manifestó Kashtánov, de acuerdo con el zoólogo-. En ese caso, no nos queda nada que hacer. Aunque la abundancia de agua del río hace esperar que su curso superior se adentre mucho más en el desierto negro.
Los exploradores recorrieron tres kilómetros: más; atravesando el calvero. En un sitio donde el río se estrechaba vieron un tronco bastante grueso tendido de una orilla a otra, pero a tan escasa altura que la barca no podía pasar por debajo:
— ¡Cualquiera diría que alguien ha hecho este puente a propósito! — dijo riendo el zoólogo-. De todas formas, hay que atracar a la orilla y quitar este obstáculo.
— Efectivamente, parece un puente — exclamó Kashtánov cuando, al acercarse más, vieron que no se trataba de un tronco solo, sino de tres, cuidadosamente tendidos el uno al lado del otro.
— Tiene usted razón. No es posible que esto sea obra del agua — confirmó Pápochkin-. Pero, si es un puente; ¿quién lo ha construido? ¿Existirán seres humanos en este país jurásico? ¡Sería muy interesante!
— En el período jurásico no había mamíferos superiores, como usted sabe. Incluso las aves estaban representadas sólo por formas intermediarias de los reptiles.
— ¡No van a ser reptiles los que han construido el puente!
— Se olvida usted de las hormigas. Esos seres, con la inteligencia suficiente para construir complejas viviendas conforme a un plan determinado, son muy capaces de hacer un puente, ya que no saben nadar y le temen al agua.
— ¡Tiene usted razón! Y ahí está el hormiguero de esos malditos insectos — exclamó Pápochkin señalando hacia el Oeste.
En aquella dirección se levantaba un enorme hormiguero exactamente igual al que habían destruido los viajeros.
Arrojar al agua los troncos secos y ligeros de las colas de caballo fué cosa de unos instantes, después de lo cual los viajeros regresaron a la lancha con el fin de proseguir el viaje. Para gran sorpresa suya encontraron ya un intruso en la barca: una hormiga estaba husmeando en su equipaje mientras otra permanecía en la orilla.
— ¡Pero si ya están aquí estos demonios! ¡Y hemos dejado las escopetas en las lanchas!
— Coja usted el cuchillo, y vamos a atacar primero a la que está en la orilla, yo por delante y usted por detrás.
Corrieron hacia la hormiga que, al ver a sus adversarios, se puso en guardia respaldándose en un arbusto. Mientras Kashtánov la distraía amenazándola con el cuchillo, Pápochkin se inclinó por encima del arbusto y partió al insecto en dos.
Pero el zoólogo no había visto a la hormiga de la barca saltar rápidamente a la orilla. Acercándose por detrás le mordió en una pantorrilla, arrancándole un grito de dolor y de sorpresa.
Kashtánov corrió en su auxilio y mató también al otro insecto, pero le costó trabajo liberar a su compañero: tuvo que cortar la cabeza de la hormiga en varios pedazos.
La mordedura, hecha por el insecto a través del grueso calcetín de lana, no era profunda, pero el veneno hacía rápidamente efecto y el entumecimiento y la hinchazón empezaban a manifestarse en la pierna.
— Siéntese usted en el suelo mientras traigo el amoníaco y las vendas del botiquín — dijo Kashtánov.
— No, Ayúdeme a bajar a la barca. Mire lo que viene por detrás.
Atravesando el calvero, acudían rápidamente a ellos unas veinte hormigas; si continuaban allí unos instantes, tendrían que entablar un combate desigual. Kashtánov agarró por debajo de los brazos al zoólogo, que arrastraba la pierna, le ayudó a bajar la pendiente y meterse en la lancha, a la que luego saltó él, y se alejaron de la orilla justo en el momento en que llegaban leas hormigas.
No había ni que pensar en proseguir la excursión: una de los remeros yacía en el fondo de la barca gimiendo de dolor y las hormigas inquietadas podían perseguir a la barca, que avanzaba con excesiva lentitud en contra de la corriente, impidiéndole atracar a la orilla. Por eso, sin más reflexiones, Kashtánov volvió la barca en el sentido de la corriente y empuñó los remos. Procuraba mantenerse en el centro del río para evitar el ataque de los insectos. Pápochkin se descalzó a duras penas la pierna herida y sacó el amoníaco y las vendas. La pierna estaba ya hinchada, roja, y cada movimiento le producía un fuerte dolor.