Media hora más tarde, la lancha había llegado al borde del bosque qué enmarcaba el calvero por el Norte y lo separaba del mar. No se veía a los enemigos, y Kashtánov hizo alto para instalar mejor al herido. Extendió los impermeables en el fondo de la barca y acostó a Pápochkin sobre ellos; luego buscó una camisa de repuesto y, habiéndola mojado en el yagua fresca, la aplicó como compresa en el sitio de la mordedura. Así se calmó un poco el dolor y el zoólogo se quedó traspuesto. Después de descansar un poco, Kashtánov reanudó su camino.
Antes del comienzo de la bóveda de verdura, el río hacía un pequeño recodo. Cuando la lancha lo dobló, Kashtánov vió delante de él un espectáculo que le hizo estremecerse. Remando rápidamente empujó la barca hacia la orilla, donde se aferró a los arbustos para inmovilizarla y ocultarla a los ojos de los enemigos.
Las hormigas estaban cerca: varias decenas se afanaban en la margen izquierda, donde empezaba el corredor. Cortaban con las mandíbulas los troncos de las colas de caballo que crecían cerca del agua y los lanzaban luego al río para hacer una barrera que no pudiese trasponer la lancha. Estaba bien claro que querían cortar la retirada hacia el mar a sus enemigos bípedos. La situación se hacía desesperada: Kashtánov y el zoólogo herido no se hallaban en condiciones de superar el obstáculo defendido por numerosos insectos. «Una sola mordedura que me hicieran en esa lucha desigual — pensó Kashtánov bastaría para dejarme fuera de combate lo mismo que a Pápochkin».
«¿Dar media vuelta y remontar el río? Pero también allí pueden atacarnos las hormigas tarde, o temprano. De todas formas, el río sigue siendo el único camino para huir de sus dominios. Hay que pasar a toda costa. Quizá las espanten unos cuantos disparos; pero, ¿y si no se asustan? Matarlas a todas es imposible. Se ocultarán en el bosque y, cuando empiece a destruir la barrera, nos atacarán por bandadas», pensaba Kashtánov.
La situación llegaba a ser desesperada, cuando se le ocurrió de pronto a Kashtánov una idea que parecía prometer la victoria, siempre que se la ejecutase inmediatamente. Dedicadas por entero a su trabajo, las hormigas no habían advertido la lancha, acogida a los arbustos de la orilla: Por eso, evitando los movimientos bruscos, Kashtánov retrocedió poco a poco río arriba, aferrándose a los matorrales, para volver detrás del recodo del río, donde la margen le ocultaba enteramente a los insectos. Allí comenzaba el bosque en el que había abundancia de troncos secos de colas de caballo y de ramitas en general. Kashtánov atracó, ató la lancha donde dormía el zoólogo, echó al río unos cuantos gruesos troncos, los sujetó rápidamente con tallos flexibles de los matorrales y luego levantó sobre esta balsa un enorme montón de ramas, tallos y troncos secos, entremezclándolos con ramas verdes de colas de caballo y tallos de juncos.
Una vez hecho el montón, Kashtánov volvió a la lancha y dejó que siguiera la corriente mientras empujaba por delante la balsa, sujeta a una larga pértiga, que los ocultaba enteramente a la vista de los enemigos. Pasado el recodo, el río fluía en línea recta hacia el lugar donde las hormigas estaban levantando la barrera, que se encontraba unos, cien metros de allí. Kashtánov atrajo la balsa, prendió fuego al montón de leña y siguió descendiendo el río con la balsa por delante. El fuego se incrementaba, apoderándose de la madera seca, mientras leas ramas verdes, colocadas en capas entremedias, daban un intenso humo negro.
Cuando la embarcación y la balsa estuvieron a un centenar de pasos del obstáculo, Kashtánov dejó que la balsa siguiera la corriente mientras él empuñó la pértiga para inmovilizar la lancha en el centro del río. La hoguera gigantesca se dirigió hacia el obstáculo, donde se detuvo, envolviendo en torbellinos de humo lacre y alcanzando con sus llamas a los insectos que allí se afanaban. Parte de las hormigas cayó al agua, unas quemadas y otras asfixiadas, en tanto las demás.huyeron a la orilla y se agruparon allí, sorprendidas por el insólito espectáculo. Entonces, Kashtánov cargó la escopeta con perdigones y se puso a disparar contra las hormigas conforme iba acercándose. Los estallidos de aquel fuego terrible, nunca visto, las llamas, los remolinos de humo, los disparos constantes que diezmaban a los insectos produjeran en ellos tan profunda impresión, que los que estaban indemnes o ligeramente heridos huyeron a toda velocidad. El fuego de la balsa se comunicó a la barrera; hecha en parte de troncos secos y, mientras restallaban los disparos, se apoderó de toda la parte central.
Una vez convencido de que el enemigo había huido, Kashtánov atracó al lado mismo del incendio, remató a cuchilladas a las hormigas heridas y se puso a destruir la barrera, arrojando al agua los troncos secos que ardían y los troncos verdes humeantes. Al cabo de un cuarto de hora había desaparecido el obstáculo y la balsa continuaba río abajo con los restos de la hoguera. La seguía, sin intentar adelantársele, la lancha del hombre que, con su ingenio, había vencido a sus numerosos e inteligentes enemigos.
En aquel pasillo de vegetación, río abajo, la barca avanzaba más rápidamente, y un claro dejó entrever ya al poco tiempo la superficie azul del mar.
Cerca de la desembocadura del río, Kashtánov escuchó unos disparos, ladridos de General y gritos de sus compañeros. Remó con mayor energía y, a los pocos minutos, atracaba para lanzarse con la escopeta en la mano hacia el campamento.
Capítulo XLIII
LA BATALLA CONTRA LAS HORMIGAS
Cuando sus compañeros se marcharon, Makshéiev y Gromeko se pusieron a pescar en la desembocadura del río, con tan buen éxito que, al cabo de una hora, uno de ellos tuvo que dedicarse a limpiar los peces y ponerlos a secar en unas cuerdas tendidas a este efecto.
Mientras Makshéiev continuaba la pesca, el botánico recorrió el lindero del bosque recogiendo plantas y descubrió una palmera de azúcar que quiso aprovechar. La derribaron entre los dos, la tajaron a todo lo largo y extrajeron la médula comestible, extendiéndola luego sobre unas mantas para que se secase.
Terminada esta labor, pusieron a la lumbre un caldero con sopa de pescado y se sentaron a tratar de lo que podrían hacer después del almuerzo.
— Irnos muy lejos no podemos — observó Gromeko —, sobre todo porque no hay manera de dejar el pescado bajo la guardia de General.
— Naturalmente — aprobó Makshéiev-. Por muy fiel que sea, no creo que resistiese a la tentación de hartarse de pescado seco que le recordase su patria.
— Entonces, vamos a seguir pescando y haremos una buena provisión para nosotros y para el perro.
Quién sabe si encontraremos pronto un sitio donde abunden tanto los peces? Porque le confieso que esta carne de reptil no me gusta. La como con aprensión, procurando pensar que es esturión y no un pariente de las ranas y los lagartos.
En este momento empezaba a hervir la sopa y Gromeko se dirigió hacia las mantas en busca de un poco de pulpa de palmera que añadirle.
— ¡Mire usted hacia el Oeste! — gritó a Makshéiev, que se había quedado junto a la hoguera detrás de la tienda.
Makshéiev finé corriendo a la playa.
Del Oeste llegaban, siguiendo la orilla del mar, unos monstruos cuyos flancos rayados los hacían reconocer fácilmente por brontosaurios.
Avanzaban lentamente, arrancando las hojas tiernas de las cimas de las palmeras y los helechos y deteniéndose a veces junto a algún árbol que les parecía más sabroso.
— ¿Qué haríamos a su entender? — preguntó Gromeko-. Sabemos que estos monstruos son miedosos y no nos atacarán los primeros. Pero si les dejamos acercarse, nos van a aplastar y a pisotear el pescado y la tienda.
— Habrá que disparar — dijo Makshéiev-. Primero con perdigones y, si no da resultado, con bala explosiva.