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— Los arrastra del borde del lago donde estuvimos ayer — dijo Pápochkin.

— ¡Ahí tiene usted el. apacible e idílico refugio para un ermitaño! — observó Kashtánov-. El lago no existe ya porque lo ha recubierto el barro.

— Es cierto: los volcanes de aquí son unos vecinos muy inquietos — afirmó Gromeko-. Satán nos ofreció una nube ardiente y el Gruñón un torrente de barro.

— De todas formas, hemos logrado salvarnos allí y aquí y hemos asistido a estos terribles e interesantes fenómenos de la naturaleza — dijo Kashtánov.

— Pero ahora estamos aislados del mar y de nuestras lanchas — exclamó Pápochkin abatido-. Fíjense: a derecha e izquierda corren unos torrentes impetuosos, y detrás tenemos al Gruñón, que puede prepararnos alguna otra sorpresa.

Efectivamente, como los viajeros habían buscado refugio de los torrentes de barro sobre una roca del volcán, ahora se encontraban cercados y no podían bajar por el valle hacia el mar. Detrás, el volcán continuaba gruñendo.

— Si ahora, además, empieza a descender la lava, nos encontraremos entre el fuego y el agua. ¡Bonita perspectival — declaró Gromeko.

— Es verdad; el Gruñón no ha dicho todavía su última palabra — observó Makshéiev.

— Yo pienso que nuestras inquietudes son prematuras — dijo Kashtánov tratando de tranquilizarles-. Los torrentes de barro se agotarán pronto y volveremos al mar artes de que la lava, si es que se dirige hacia este lado, llegue hasta nosotros.

— Y entretanto, nos vamos a calar hasta los huesos, porque aquí no hay donde cobijarse — refunfuñaba Pápochkin.

El zoólogo tenía razón. De las nubes que despedía el volcán había empezado a caer desde algún tiempo atrás una lluvia fina, a la que no habían hecho caso los viajeros, preocupados por los torrentes de barro. Ahora arreciaba la lluvia y todos empezaban a mirar a su alrededor buscando algún refugio. Confiando en el buen tiempo, que duraba ya muchos días, los viajeros habían emprendido la excursión sin los impermeables y la tienda, y ahora no tenían nada para protegerse.

— Me parece que algo más arriba, donde hay tantos grandes bloques de lava, encontraremos más fácilmente un sitio donde cobijarnos — dijo Makshéiev, indicando la pendiente.

— ¡Y estaremos más cerca del volcán! — suspiró Pápochkin.

— Allá usted si le apetece quedarse bajo la lluvia; nosotros subimos — declaró Gromeko.

El zoólogo no quiso quedarse rezagado del grupo y todos escalaron la vertiente abrupta. Como las piedras estaban humedecidas y el calzado también, avanzaban difícilmente, resbalando. Sin embargo, pronto llegaron a una gran barrera de bloques de lava amontonados: eran el extremo de un torrente menos antiguo, que había corrido por encima del anterior. Entre algunos bloques quedaban espacios suficientes, para cobijar a un hombre. Cada cual buscó refugio en uno de aquellos agujeros y el perro, empapado, se hizo un ovillo junto a Makshéiev, nada satisfecho de tal vecindad. Los hombres, bastante mojados, encogidos en posturas incómodas sobre las piedras angulosas, estaban pasando unos momentos desagradables y, para conservar su buen ánimo, se interpelaban de refugio a refugio cuando el estrépito del Gruñón cesaba un poco.

La lluvia no amainaba. Al poco tiempo, también por el torrente de lava empezaron a fluir chorros de agua sucia mezclada de cenizas, causando nuevos contratiempos a los viajeros.

Uno recibió una ducha fría en un costado; otro en la espalda. Pápochkin, que se había tendido boca abajo en una cavidad larga y estrecha, notó que corría el agua debajo de él. Abandonó su refugio y se lanzó en busca de otro, saltando de bloque en bloque.

Makshéiev soltó la carcajada al ver aquella escena: había logrado instalarse con General en una pequeña cueva que formaba la lava.

— ¡Pues vaya un Gruñón! — gritaba el zoólogo, trepando por las rocas, bajo la lluvia-. Esto es todo lo que se quiera: un Llorón, un Regador, un Llovedero.

— ¡Vamos a llamarle Aguador! — propuso Makshéíev.

Pero Pápochkin no le escuchaba ya. Había descubierto una pequeña grieta, en la que se había metido de cabeza. Como la grieta era demasiado corta, las piernas le quedaban fuera, bajo la lluvia.

De pronto, un estruendo formidable estremeció el aire. Los viajeros tuvieron la impresión de que las rocas iban a aplastarlos como ratones en una ratonera. Todos se precipitaron fuera de sus refugios.

— ¡Un terremoto! — gritó Gromeko.

— ¡El volcán ha estallado, y cae sobre nosotros! — rugió Pápochkin.

— ¿Será de verdad una nube ardiente? — murmuró Kashtánov, palideciendo.

El cendal de la lluvia y las nubes no dejaban ver nada; por eso, pasados los primeros instantes de pavor, todos se calmaron un poco. Pero en esto, una bomba del tamaño de una sandía, cubierta de surcos en espiral, se estrelló muy cerca de ellos y empezó a chisporrotear, crujir y humear bajo la lluvia. Ahora se escuchaban también a los lados, a derecha e izquierda, arriba y abajo, unos más próximos y otros más lejanos, los golpes y los crujidos de las bombas que caían.

— ¡A esconderse pronto! — gritó Makshéiev-. El Gruñón ha empezado a disparar con proyectiles de grueso calibre.

Todos volvieron presurosos a sus agujeros, desde donde observaron, sobrecogidos e interesados, la caída de las bombas. Silbaban y eran de tamaño distinto. Algunas, al estrellarse contra una roca, volaban en pedazos como granadas. En cambio, la lluvia cesó pronto. Un soplo de viento ardiente descendió rápido por la falda del volcán con un olor a azufre y a chamuscado. Las nubes empezaron a disiparse y a subir más. Dejaron de caer las piedras. Makshéiev se aventuró a salir de su cueva.

— ¡El Gruñón se ha quitado el gorro y nos enseña la lengua colorada! — gritó.

Los demás salieron también de sus refugios y levantaron la cabeza.

Arriba, entre las nubes negras, aparecía de vez en cuando la cima del volcán, que dejaba colgar por un lado una lengua corta de lava purpúrea como si se burlase de los hombres que habían osado alterar la soledad secular de la montaña.

— Sí; eso ya es lava — declaró Kashtánov.

— ¡Pues se van arreglando las cosas! — intentó bromear Gromeko-. Primero quería ahogarnos en barro, luego sumergirnos en agua, luego machacarnos con las piedras y, como de nada le ha servido, ha puesto en juego el último recurso y quiere recubrirnos de lava.

— ¡Valor, porque esta vez ha llegado su fin! — dijo

Makshéiev riendo

— ¡Váyase a paseo! — replicó el zoólogo-. Si el peligro fuera tan grande, ya se habrían largado a la misma velocidad que delante del torrente de lodo.

— De la lava podemos marcharnos sin prisa — contestó Kashtánov.

Pero no tenían adonde marcharse. Los impetuosos torrentes de barro, imposibles de atravesar, corrían. por ambos cauces. Arriba, la lengua roja se alargaba rápidamente, desapareciendo a veces en los remolinos blancos de vapor que despedía su superficie.

— El Gruñón nos ha mojado y ahora nos quiere secar. Cuando la lava esté más cerca secaremos primero la ropa y luego… — empezó Gromeko.

— Y luego volveremos a mojarla al atravesar el torrente, si es que no nos hundimos en él — terminó Pápochkin.

Pero cuando el aire quedó limpio de cenizas y de nubes reapareció Plutón y empezó a secar rápidamente las faldas del volcán. Los negros bloques de lava humeaban como calentados por un fuego subterráneo.