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— ¿Se pasarán el día durmiendo?

— ¿Por qué no se ve a los perros, ni se les oye ladear?

— ¿Habrá ocurrido alguna desgracia?

En un último esfuerzo, los viajeros aceleraron la marcha por la nieve profunda y blandía de la llanura, donde se hundían casi hasta las rodillas.

La colina estaba ya muy cerca, pero continuaba desierta y callada. Los viajeros se detuvieron antes de iniciar la subida y gritaron todos a una:

— ¡Eh, Borovói, Igolkin! ¡Arriba, que ya estamos aquí!

Repitieron la llamada una y otra vez, pero les respondió el mismo silencio de tumba. Los cuatro hombres empezaron a sentirse seriamente inquietos.

— Si no se han muerto, la única explicación posible es que se han marchado en los trineos a cazar algún animal grande — dijo Makshéiev —, sobre todo porque tampoco están aquí los perros.

— ¡Pero si llevamos más de una semana sin haber encontrado ningún bicho! — objetó Pápochkin.

— Quizá por eso mismo se hayan adentrado más hacia el Sur.

— A no ser que hayan ido a nuestro encuentro en vista de que tardábamos tanto — sugirió Gromeko-. Cuando han empezado los fríos y la nieve se habrán acordado de que nos habíamos ido con ropa ligera y sin esquís.

— Es poco verosímil. Sabiendo el río que habíamos seguido en nuestro viaje, tenían que haber dado con nosotros sin falta — observó Kashtánov.

— Yo pienso que en layurtaencontraremos la solución del enigma — dijo Makshéiev-. Pero, antes, vamos a contornear la colina por si hay alguna huella que podemos borrar sin querer.

Dejaron los trineos al pie de la colina y los cuatro la contornearon, examinando minuciosamente la capa de nieve. No descubrieron ninguna huella, ni reciente ni antigua, y se podía asegurar que, desde que la nieve había recubierto la tierra, nadie había subido a la colina ni bajado de ella.

Capítulo L

EN LAYURTAABANDONADA

La cortina de fieltro que cerraba la abertura de layurta, orientada hacia el Sur, estaba bajada y atada por fuera. O sea, que no había nadie dentro. Habiendo levantado la cortina, los viajeros penetraron en el interior. Layurtaparecía estar habitada. Los cajones con los instrumentos, las colecciones y los objetos más preciosos estaban colocados junto a la pared de atrás. Colgaban en su sitio las escopetas las cartucheras y la ropa de Borovói e Igolkin; a los lados se hallaban enrollados los sacos de dormir. En el centro de layurtanegreaba el hogar y del trípode pendía incluso la tetera. Al lado había un montón de leña y de ramiza. Todo tenía el mismo aspecto que si los dos exploradores se hubieran ausentado por poco tiempo:

La inquietud de los recién llegados iba en aumento: sus compañeros no estaban de caza ni de excursión, puesto que las escopetas y los sacos de dormir habían quedado en layurta. Había que admitir que algún enemigo — animales u hombres— les había atacado por sorpresa en los alrededores de layurta, cerca de la nevera por ejemplo, o en la tundra, al pie de la colina. Los perros, abandonados y hambrientos, habían debido morirse o escaparse. Pero, si el ataque era obra de una tribu, ¿cómo no había saqueado layurta?

Un examen más atento demostró que la tetera, las escopetas y todos los objetos tenían una capa de polvo. Miakshéiev levantó la tapa de la tetera: los restos de té que había en el fondo se hallaban recubiertos de moho. Era de toda evidencia que los hombres habían abandonado layurtahacía ya tiempo.

— ¿Qué será esto? — preguntó Kahstánov señalando un extraño objeto de madera colocado sobre uno de los cajones.

Todos rodearon el cajón. Encima había una figurita de mamut toscamente tallada en madera. Estaba cubierta de unos chafarrinones parduscos y de grasa, de manera que daba asco tocarla.

— ¿Se habrá dedicado Igolkin a la escultura de puro aburrimiento? — aventuró Pápochkin.

— ¡No! — afirmó Makshéiev-. Esto es, desde luego, un ídolo. Está untado, como sacrificio, con la sangre y la grasa de los animales muertos. Nuestros compañeros lo habrán encontrado en algún sitio.

— Uniendo este hallazgo a las huellas descubiertas en la arena, no cabe ya la menor duda de que la región está habitada por hombres primitivos — declaró Kashtánov.

— ¡Habrán matado o hecho prisioneros a nuestros amigos! — lanzó Gromeko.

— ¿Cómo no se habrán llevado todo lo que había en layurta?

Makshéiev tomó la figurita para examinarla mejor y todos vieron con asombro que debajo había dos trozos de papel cuidadosamente doblados. Kashtánov se apresuró a abrirlos y los leyó en voz alta.

La primera nota, fechada el 25 de septiembre, decía:

«Hemos sido hechos prisioneros por unos salvajes que han aparecido de improviso en la tundra. Nos sorprendieron en la nevera, sin armas, hace cosa de quince días, mientras estábamos inspeccionando el depósito. Nos han llevado al bosque con ellos. No han tocado a layurtani al depósito, pero no nos han dejado llevarnos nada. Los perros han seguido nuestra pista. No nos hacen daño, nos dan de comer, incluso nos rinden honores, tomándonos sin duda por hechiceros o dioses, pero no nos dejan alejarnos. Nos tienen muy vigilados y nos han quitado las botas y casi toda la ropa. Ellos andan desnudos, viven en chozas de palos y pieles, no conocen el fuego y comen carne cruda. Todas las armas que poseen lanzas, flechas y cuchillos son de hueso o de madera. La tribu cuenta más de cien personas, en su mayoría mujeres. Se dedican a la caza, tanto los hombres como las mujeres. Los hombres, poco numerosos, son débiles, mientras las mujeres son altas y: robustas. Tienen el cuerpo cubierto de pelo bastante tupido y, en general, parecen unos monos grandes (sin rabo). Hablan un lenguaje que vamos comprendiendo ya. Así nos hemos enterado de que consideran nuestrayurtacomo una habitación de dioses y van a ella a hacer sus devociones. Hemos aprovechado esta circunstancia para enviar la presente nota como sacrificio a los dioses. Nos han prometido dejarla en layurta. Nos han llevado a unos sesenta kilómetros hacia el Sudeste, bajando el río que cruzamos al principio para ir a buscar el mamut muerto. Pensamos que lograrán ustedes liberarnos sin verter sangre, presentándose como divinidades. Tráigannos ropa de abrigo, cerillas y tabaco. Hemos pasado bien el verano y el depósito está lleno de víveres.

Borovói, Igolkin».

La segunda cuartilla era del 2 de noviembre.

«Hace frío y nieva con frecuencia. Los salvajes se preparan a emigrar hacia el Sur, donde el clima es más tibio. Nosotros encendemos fuego para asar la carne y calentarnos. Pero los salvajes tienen miedo al fuego y nos veneran todavía más. Nos retienen prisioneros sobre todo las mujeres, a las que gustamos porque somos más guapos y más robustos que los hombres de la tribu. Los hombres contribuirían de buen grado a nuestra evasión. Esta será la última nota, porque los salvajes no volverán ya a layurta.Pero, al dirigirnos hacia el Sur, siguiendo probablemente el mismo río, dejaremos notas en todos los sitios donde acampemos o por el camino, fijándolas en los arbustos para que puedan seguir nuestra pista. Si no logramos escaparnos con la ayuda de los hombres, anúnciennos su presencia disparando al aire. Avancen sin miedo, haciendo descargas al aire para impresionar a los salvajes y hacerles que se sometan a nuestra voluntad. En último caso, hieran a algunas mujeres. No nos dejamos abatir ni tenemos miedo; sólo sufrimos del frío y de comer únicamente carne. Estamos inquietos por ustedes. ¿Cómo no han vuelto todavía? Nos preguntamos si habrán hecho el viaje sin incidentes.