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Borovói, Igolkin».

— ¡Están vivos! — exclamó Gromeko.

— Tenemos que correr en auxilio de nuestros compañeros, porque hace casi tres meses que se encuentran cautivos. Hoy estamos a cinco de diciembre — declaró Gromeko consultando su cuaderno de notas.

— Escriben que los salvajes no han tocado aquí nada — dijo Makshéiev-. Por lo tanto, los trineos y los esquís deben continuar en la nevera con las provisiones. Hay que descubrir inmediatamente la entrada al depósito y comenzar los preparativos para la marcha.

— Efectivamente, en layurtatodo parece continuar en su sitio. También el depósito continuará intacto si la puerta no ha quedado abierta y los perros no han devorado las provisiones — observó Pápochkin.

Después del penoso viaje a través de la nieve, de las noches pasadas en la tienda de campaña y de la alimentación compuesta de carne y galletas, el clima tibio de layurtay las conservas variadas les parecieron particularmente agradables a los viajeros. Decidieron descansar algunos días mientras preparaban la nueva expedición, que podía durar varias semanas, según la distancia a que hubieran emigrado los hombres primitivos.

En torno a layurtatoda la colina estaba cubierta de una capa profunda de nieve. En los depósitos todo permanecía intacto. Los trineos y los esquís fueron sacados inmediatamente para inspeccionarlos y proceder a su reparación. El depósito grande se hallaba cerrado por una puerta sólida, auténtica, gracias a lo cual las fieras no habían podido llevarse nada ni aun en ausencia de los hombres y los perros. Los precavidos ermitaños habían hecho una gran provisión de carne ahumada para el invierno. Ahora venía muy bien, porque así no tenían que perder tiempo en ir de caza.

Un poco más lejos estaba la pequeña estación meteorológica instalada en la colina por Borovói. Los instrumentos se hallaban en buen estado. En layurtadescubrieron los exploradores el diario meteorológico por el cual podía juzgarse del clima de la tundra en la segunda mitad del verano y principios del otoño.

Decidieron llevarse layurtay encerrar en el depósito todos los objetos superfluos, amontonando nieve delante de la entrada para disimularla enteramente a los visitantes importunos.

Conforme a esta decisión, prepararon para el viaje dos trineos, seis pares de esquís, víveres para un mes, ropa de abrigo y sacos de dormir. También reunieron cierta cantidad de azúcar, caramelos, cuchillos, agujas, hilo, collares y anillos para regalárselos a los salvajes si devolvían voluntariamente la libertad de los prisioneros, Se llevaron igualmente alcohol y coñac para embriagara los centinelas en caso de necesidad.

Capítulo LI

SIGUIENDO LA PISTA DE LOS COMPAÑEROS

Después de descansar tres días en la colina, emprendieron la marcha, primero hacia el Sudeste, en dirección al río donde Kashtánov y Pápochkin habían encontrado por primera vez mamuts, y luego bajando la corriente.

Al segundo día, los exploradores llegaron a un calvero(calvero = m. Calva en lo interior de un bosque)de la orilla izquierda del río donde había estado el campamento de los hombres primitivos. No quedaba de él más que unas veinte armazones de chozas cónicas de pértigas, semejantes a las tiendas de los jantis y de los evenkos de Asia.

En una de las pértigas había sido fijado un papel con este texto:

«Aquí hemos estado prisioneros hasta salir hacia el Sur. La tribu se marcha hoy. Por el camino quizá logremos es…

El papel se había roto en aquel sitio..

Los exploradores decidieron descender el borde del río, examinando minuciosamente los calveros cada quince o veinte kilómetros, recorrida probable de una jornada de marcha de la tribu que, cargada con todos los utensilios domésticos, debía avanzar lentamente. Al borde de estos calveros podía haber quedado alguna nota de los prisioneros.

Efectivamente, al final de aquella misma jornada llegaron a un vasto calvero, donde encontraron, atada a una rama con un hilo, la siguiente nota:

«Recorremos unos veinte kilómetros diarios, unas veces por los senderos del bosque cerca del río y otras por el agua, que está muy fría y en algunos sitios sube por encima de la rodilla. A esta gente no le hace el menor efecto nada de esto. Nos han devuelto parte de nuestra ropa, pero nos la quitan cuando hacemos alto, dándonos a cambio unas pieles de animales para protegernos del frío. En los altos duermen debajo de los arbustos, sin montar las chozas. A nosotros nos salvan las hogueras que alimentamos por turno mientras acampamos.

Borovói».

Al día siguiente recorrieron unos cuarenta kilómetros sin encontrar la menor nota. Quizá habría sido barrida por el viento o arrancada por algún animal.

Anduvieron un día más y, después de haber hecho alto para el almuerzo, encontraron un billete con este contenido:

«Los hombres primitivos arrancan nuestros papeles de los arbustos en cuanto los advierten y se los guardan como talismanes. Piensan que los ofrendamos al espíritu malo que trae el frío y la nieve. Por eso lograremos dejar notas muy pocas veces. Sin embargo, fijaremos a todo lo largo del camino, en los arbustos de la orilla, papeles indicándoles que hemos pasado por allí. Cundo lleguen a un sitio donde no haya nieve y el río no esté helado, pongan más atención todavía. Pensamos que la tribu se detendrá allí mucho tiempo.

Borovói».

Así anduvieron seis días, encontrando de vez en cuando una nota con algunas palabras, pero con más frecuencia simples papeles prendidos en los arbustos de la orilla. Al décimo día la capa de nieve era ya muy fina y el hielo del río crujía a veces bajo los pies. La temperatura se mantenía a uno o dos grados bajo cero. Al día siguiente tuvieron que abandonar el lecho del río porque el hielo era ya demasiado frágil y en algunos sitios aparecían grandes charcos de agua. Los exploradores siguieron un sendero que iba unas veces por el bosque y otras a lo largo de la orilla. Al final de la jornada la capa de nieve no tenía más que cuatro centímetros de espesor y, en el río, sólo había hielo junto a las orillas.

Finalmente, al duodécimo día de camino, subsistían nada más que pequeños montones de nieve debajo de los arbustos y en el bosque, de manera que fué preciso tirar de los trineos por la alfombra de hojas secas que cubría el sendero. Después del almuerzo volvieron a encontrar una misiva diciendo que, a una jornada de marcha, debía haber un vasto calvero donde la tribu se disponía a invernar si la nieve no la empujaba más lejos.

Ahora tenían que redoblar la atención para no tropezar casualmente con los hombres primitivos que andaban sin duda alrededor del campamento. Uno de los viajeros marchaba con General delante de los trineos, como explorador.

Hicieron alto para dormir en un pequeño prado próximo al río. Después de la cena, Makshéiev y Kashtánov emprendieron un pequeño reconocimiento. Habrían recorrido tres kilómetros cuando oyeron rumores y algunos gritos. Se deslizaron con mucho cuidado hasta el bordo de un vasto calvero: en él se alzaba el campamento de los hombres primitivos.

Componíase de doce chozas cónicas de pértigas recubiertas de pieles de animales y dispuestas en círculo, bastante cerca las unas de las otras, y con las aberturas dirigidas hacia el interior del círculo. En el centro se encontraba otra choza, de dimensiones más pequeñas, delante de la cual ardía una hoguera. No cabía la menor duda de que aquélla era la vivienda de los compañeros prisioneros. Por las dimensiones de las demás chozas Makshéiev calculó que la tribu debía componerse de unos cien adultos.