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Sullivan estrechó la mano que le ofrecían. Le temblaron las piernas y de inmediato dos miembros de su comitiva le sostuvieron antes de que nadie se diera cuenta.

– Muchas gracias, señor presidente.

– Alan, por favor, Walter. Ahora de amigo a amigo.

– Gracias, Alan, no sabes cuánto te agradezco por haberte tomado la molestia. Christy se hubiese sentido muy conmovida por tus palabras.

Sólo Gloria Russell, que no se perdía detalle del encuentro entre los dos personajes, captó el leve tirón de una mueca de burla en la mejilla de su jefe.

– Sé que no hay palabras para expresar el dolor que sientes, Walter. Cada día ocurren cosas en este mundo que no tienen ningún sentido. Si no hubiese sido por aquella súbita enfermedad, esto nunca hubiese pasado. No puedo explicar por qué pasan cosas como esta, nadie puede. Pero quiero que sepas que estoy aquí por ti, siempre que me necesites. En cualquier lugar, en cualquier momento. Hemos pasado muchas cosas juntos. Y, desde luego, tú me has ayudado en momentos muy difíciles.

– Tu amistad siempre ha sido importante para mí, Alan. Nunca olvidaré esto.

Richmond pasó un brazo por los hombros del anciano. En el fondo colgaban los micrófonos sujetos en pértigas. Rodeaban a la pareja como cañas de pescar gigantescas a pesar de los esfuerzos de los escoltas de los dos personajes.

– Walter, voy a comprometerme en esto. Algunos dirán que no es mi trabajo y que en mi posición no puedo involucrarme personalmente en nada. Pero maldita sea, Walter, eres mi amigo y no pienso dejar que esto pase como si nada. Los responsables pagarán por lo que han hecho.

Los dos volvieron a fundirse en un abrazo mientras las cámaras de televisión y los fotógrafos registraban la escena. A través de las antenas de seis metros de altura de la flota de unidades móviles, el mundo presenció esta muestra de ternura y amistad. Otro ejemplo de que Alan Richmond era algo más que un presidente. La gente de relaciones públicas de la Casa Blanca se estremecía al pensar en el efecto que tendría en las encuestas preelectorales.

En la pantalla del televisor aparecieron sucesivamente la mtv, grand Ole Opry, los dibujos animados, la qvc, la cnn, Pro Wrestling, y otra vez la cnn. El hombre se sentó en la cama, apagó el cigarrillo y dejó a un lado el mando a distancia. El presidente daba una conferencia de prensa. Se mostraba severo e impresionado por el abominable asesinato de Christine Sullivan, esposa del multimillonario Walter Sullivan, uno de los amigos íntimos del presidente, y el creciente clima de inseguridad en el país. No se mencionó en ningún momento si el presidente hubiera dicho lo mismo en el caso de que la víctima hubiese sido un pobre negro, un hispano o un asiático degollado en algún callejón de la capital. El presidente habló, con voz firme y el tono de rigor exacto, de aplicar mano dura. Había que poner coto a la violencia. La gente debía sentirse segura en sus casas, o en sus mansiones en este caso particular. Era una escena impresionante. Un presidente atento y considerado.

Los reporteros se lo tragaban todo y formulaban las preguntas correctas.

La televisión mostró a la jefa de gabinete Gloria Russell, vestida de negro, que asentía satisfecha cada vez que el presidente mencionaba sus opiniones sobre el crimen y el castigo. Los votos de la policía y de la asociación de jubilados y pensionistas estadounidenses estaban asegurados para las próximas elecciones. Cuarenta millones de votos bien valían una excursión matinal.

La jefa de gabinete no habría estado tan feliz de haber sabido quién les miraba en aquel instante. Los ojos clavados en el rostro de ella y del presidente, mientras el recuerdo de aquella noche, nunca lejos de la mente, se inflamaba como un volcán dispuesto a sembrar la destrucción.

El vuelo a Barbados había transcurrido con toda normalidad. El Airbus era un aparato inmenso cuyos motores gigantescos habían levantado al avión sin ningún esfuerzo de la pista de San Juan de Puerto Rico, y en unos minutos había alcanzado la altitud de vuelo necesaria, doce mil metros. El avión iba lleno. San Juan era el punto de embarque de los miles de turistas con destino a las islas del Caribe. Los pasajeros de Oregón, Nueva York y de todas las ciudades entre ellas contemplaron los nubarrones negros cuando el avión viró a la izquierda y dejó atrás los restos de una tormenta tropical.

Una escalera metálica les recibió al salir del avión. Un coche, pequeño en comparación con los americanos, llevó a cinco de ellos por el lado equivocado de la carretera cuando dejaron el aeropuerto en dirección a Bridgetown. La capital de la antigua colonia británica conservaba muchos rasgos de la larga colonización en el habla, los vestidos y las costumbres. El conductor, con una voz melodiosa, les informó de las muchas maravillas de la pequeña isla. Les hizo hincapié del barco pirata, con el pabellón de la calavera y las tibias cruzadas, que hacía una excursión por un mar bastante agitado. En la cubierta, los camareros atiborraban a los turistas. de piel enrojecida por el sol con tal cantidad de ponche de ron que todos acabarían muy borrachos y/o muy mareados cuando regresaran al muelle al caer la tarde.

En el asiento trasero, dos parejas de Des Moines comentaban entusiasmados todo lo que pensaban hacer. El hombre mayor sentado junto al chofer miraba a través del parabrisas pero sus pensamientos estaban puestos en otro lugar a más de tres mil kilómetros de allí. Un par de veces comprobó la dirección que seguían, en una actitud instintiva para orientarse. Los puntos de referencia eran pocos; la isla tenía unos treinta y cuatro kilómetros de longitud y veintidós en el punto más ancho. La temperatura media de treinta grados resultaba tolerable gracias a la brisa constante, cuyo sonido acaba por fundirse en el subconsciente, aunque siempre estaba allí como un sueño que se resiste a desaparecer.

El hotel era el Hilton americano de costumbre construido en una playa artificial que sobresalía en un extremo de la isla. El personal estaba bien preparado, cortés y muy dispuesto a dejar en paz al cliente que lo deseara. A diferencia de la mayoría de los huéspedes dispuestos a dejarse mimar, uno de ellos rehuía cualquier contacto, sólo salía de su habitación para pasear por las zonas solitarias de la playa de arena blanca, o por la banda montañosa de la isla que miraba al Atlántico. El resto del tiempo lo pasaba en la habitación, a media luz, la televisión encendida, con las bandejas del restaurante desparramadas por la alfombra y los muebles de mimbre.

El primer día, Luther cogió un taxi en la puerta del hotel para ir a recorrer la parte norte, casi al borde del océano donde, en lo alto de una de las muchas colinas de la isla, se alzaba la mansión Sullivan. Luther no había escogido Barbados porque sí.

– ¿Conoce al señor Sullivan? No está aquí. Regresó a América. -La voz cantarina del taxista sacó a Luther del trance. Los sólidos portones de hierro al pie de la colina cubierta de hierba ocultaban un largo y sinuoso camino hasta la mansión, que, con sus paredes estucadas color salmón y las columnas de mármol de seis metros de altura, parecía muy apropiada en medio de tanto verde, como una enorme rosa sobresaliendo entre los arbustos.

– Estuve en su casa -contestó Luther-. En Estados Unidos. El taxista le miró con respeto.

– ¿Hay alguien en la casa? ¿Alguien del personal? -preguntó Luther.-No, se fueron todos. Esta mañana.

Luther se recostó en el asiento. La razón era obvia. Habían encontrado a la dueña de la casa.

Luther pasó varios de los días siguientes en la playa entretenido en mirar a los turistas que desembarcaban de los barcos de crucero y se lanzaban sobre las tiendas libres de impuestos que había en el centro de la ciudad. Los buscavidas de la isla hacían sus rondas cargados con sus maletines astrosos donde llevaban relojes, perfumes y demás baratijas falsificadas.

Por cinco dólares americanos, un isleño cortaba una hoja de áloe y volcaba el líquido espeso en una botellita de vidrio para ser utilizado cuando el sol comenzara a picar sobre la tierna piel blanca que permanecía dormida y sin mácula debajo de chaquetas y blusas. Un sombrero de paja hecho a mano costaba cuarenta dólares. Tardaban una hora en confeccionarlo, y había muchas mujeres con los brazos fofos y los tobillos hinchados que esperaban pacientemente sentadas en la arena a recibir el suyo.

La belleza de la isla tenía que haber servido para liberar a Luther, hasta cierto punto, de su melancolía. Y, por fin, el sol, la brisa suave y el ritmo tranquilo de la vida acabaron por apaciguar sus nervios hasta que llegó un momento en que sonreía a algún paseante, respondía con monosílabos a la charla del camarero y se bebía sus combinados tendido en la playa, escuchando el ruido de las olas en la oscuridad que, poco a poco, le arrancaban de la pesadilla. Pensaba marcharse dentro de unos días. Todavía no tenía muy claro a dónde.