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La puerta trasera de la casa se abrió de repente, y Mitch vio a Nicole.

Desde luego, no tendría problemas de impotencia.

Siguió avanzando a paso rápido, con la mirada fija en ella. Se había puesto… Demonios, no sabía cómo llamarlo. Un traje de chaqueta, se dijo. No blanco, sino más bien marfil. Llevaba un peinado de peluquería… tan horrible que Mitch no pudo sino sonreírse. Pero su rostro… no era la primera vez que la había visto tan inocente y vulnerable como una princesita. Y la sonrisa se desvaneció de sus labios. Sus ojos parecían más azules que nunca, su piel suave y translúcida, con un suave toque de color sonrosado en las mejillas.

Mitch deseó protegerla de los dragones. Salvarla de peligros inimaginables. Despertarla durante todos los días del resto de su vida.

Maldición, tenía en la garganta un nudo tan grande que apenas podía hablar.

– Nunca había visto a una novia tan hermosa.

Nik, que afrontaba cada crisis con la seguridad de una leona, pareció de repente tan insegura como una niñita.

– No sé si estoy hermosa, pero quería lucir lo mejor posible para la ceremonia. Para ti. ¿Crees que se me nota la barriga? Tardé mucho en elegir un traje que se ajustara a mi figura.

– Me encanta tu figura. Quita el aliento -diablos, ¿dónde tenía la cabeza?-. Pero no se te nota la barriga. Para nada.

– Estás mintiendo. Me gustan los hombres que saben mentir -una sonrisa afloró al rostro de Nicole. A continuación, lo observó de arriba abajo entornando los ojos-. Estás… espléndido. Demonios, Landers. ¿Cómo es que nunca te he visto antes con ese traje? Pero, Mitch… va a llover. Es más, me temo que va a caer un aguacero de un momento a otro.

Las primeras gotas empezaron a caer del cielo, y los dos se dirigieron apresuradamente hacia el coche. Mitch le dio a Nicole el ramo de gardenias, que por suerte hacían juego con el vestido.

Cuando entraron en el juzgado, Mitch empezó a sentir de repente que todo era inadecuado. Para entonces, llovía a mares. Y el ambiente del juzgado era demasiado frío e impersonal. Sólo había desconocidos.

No obstante, mientras esperaban al juez, Nik le puso una mano en el hombro.

– Mitch -dijo con voz suave, mirándolo a la cara-. Aún puedes echarte atrás si quieres. Puedo ver que estás tenso. Si no es esto lo que en realidad deseas, podemos dejarlo ahora mismo. Jamás he querido que te sientas obligado.

La tensión que sentía Mitch se desvaneció con la rapidez del relámpago.

– Esto es exactamente lo que deseo. Que seas parte de mi vida. Y también el niño -respiró hondo-. Lograremos hacer que funcione, Nik. No tienes por qué tener ningún miedo.

– ¿Tú no sientes miedo?

En aquel instante, Mitch no sentía ninguno.

La ceremonia duró doce minutos. Y el beso que selló sus votos duró tres más. Cuando salieron al exterior, la lluvia se había convertido en una furiosa tormenta. A pesar del paraguas, y de que Mitch trató de protegerla echándole un brazo por los hombros, Nicole tenía el cabello totalmente empapado cuando llegaron al coche.

– ¿Te estás riendo? -preguntó él incrédulo-. Se te ha estropeado el peinado…

– Sí, bueno, ahora parezco otra vez yo misma. El peinado era horrible, ¿verdad? No, no contestes, porque entonces tendría que asesinarte. Pero debí pensármelo mejor antes de elegir un corte de pelo tan falsamente sofisticado.

Mitch le pasó un pañuelo para que se secara.

– Menos mal que nos dirigimos a casa en lugar de al banquete de boda, ¿verdad? -Mitch arrancó el motor y activó el limpiaparabrisas a toda potencia.

Ella meneó la cabeza.

– Ya tendremos tiempo de organizar alguna fiesta. Después de esta semana tan frenética, sólo me apetece disfrutar de algo de tranquilidad. Aunque reconozco que siento curiosidad por saber por qué insististe en volver a mi casa, en vez de ir a la tuya.

– Bueno… hay un par de razones. Una es que, casualmente, tengo un regalo para ti. Y sólo puedo dártelo en tu casa.

– ¿Un regalo? Mitch, yo no te he comprado nada…

– No lo esperaba… Pero no se trata de esa clase de regalo. Y como no te guste, me veré en un verdadero aprieto. En un aprieto con mayúscula.

– Me gustará, te lo prometo.

– Ya veremos.

Él estaba más nervioso que ella, se dijo Nicole.

– Me estás asustando con esa sonrisa -dijo Mitch.

– ¿De verdad?

– Sí. En lugar de un espléndido día de sol, tenemos un diluvio. Tienes el cabello empapado y el vestido probablemente estropeado. Y sonríes. ¿Ese efecto ha tenido en ti el matrimonio? ¿En tan sólo quince minutos?

– Qué quiere que le diga, señor Landers. De momento, me gusta estar casada.

– Lo mismo digo, señora Landers. Siempre y cuando te guste mi regalo y no te enfades conmigo. No son diamantes -advirtió Mitch.

– Al diablo los diamantes.

– No se trata de joyas ni de pieles. Demonios, hace un par de días me pareció una idea estupenda, pero ahora creo que debí consultártelo antes. En ocasiones, cuando se me mete algo en la cabeza, lo hago sin pensármelo dos veces.

– ¿No crees que ya había reparado en ese rasgo de tu carácter? Eres más tozudo que una mula.

– Pero vuelves a sonreír.

– Aja -Nicole se apeó del coche en cuanto Mitch se detuvo junto a su casa. El aguacero había disminuido sólo ligeramente… pero la temperatura era agradable, y la lluvia había limpiado las flores y las hojas, haciendo que todo pareciera radiante. Nik sacó la lengua para saborear el agua.

Mitch exhaló un suspiro al verla dar vueltas mientras saboreaba las gotas de lluvia. Respiró hondo y la agarró del brazo.

– La mujer con la que me he casado ha perdido la chaveta. Como te resfríes, te juro que me suicido. Así que entremos de una vez…

– Vaya. Se supone que yo soy la mitad seria y responsable de esta pareja… -los ojos de Nicole se abrieron como platos cuando Mitch hizo girar la llave en la cerradura. Incluso antes de que abriera la puerta, oyó un extraño sonido procedente del interior-. ¿Qué es eso?

– Tu regalo. Dios, no me mates, ¿de acuerdo?

– Parece que esté… vivo.

– Le dejé a John una llave para que viniera a dejarlo mientras nosotros estábamos fuera. Pero puede esperar. Si antes prefieres darte una ducha caliente…

Pero Nicole entró rápidamente, dirigiéndose hacia la fuente del sonido que salía de la cocina. Abrió la puerta de un empujón y emitió un jadeo ahogado.

– ¡Oh, Mitch!

El suelo estaba alfombrado de papeles de periódico, que se extendían hasta una cestita rosa de perro. El cachorro parecía una inquieta bola blanca de pelo… deseosa de compañía. Olvidándose del vestido y de las medias, Nicole se arrodilló en el suelo y lo tomó en brazos.

– Mmm… reconozco que la brillante idea fue mía, pero tuve algo de ayuda. John y Wilma ya se han ofrecido como canguros cuando tengamos que salir. Y todos estuvieron de acuerdo en que necesitábamos un perro guardián…

– Un perro guardián -repitió ella mientras el cachorro le lamía la cara con su lengua rosa.

– Así se llama la raza. Y, según se dice, son insuperables con los niños. Listos y obedientes. Para cuando nazca el bebé, ya habrá pasado la fase de cachorro tontorrón, y podrán crecer juntos sin problemas…

– Mitch, no vuelvas a llamar tontorrón a mi perrito si quieres vivir.

– Mmm… ¿así que no estás enfadada?

Nicole se incorporó y se lanzó a sus brazos.

– Nunca he tenido un perro. Es el mejor regalo que podías haberme hecho -de nuevo vio en los ojos de Mitch aquella mirada oscura. Salvaje. Intensa.

– Nunca me habías abrazado por tu propia iniciativa, ¿lo sabías? -comentó él suavemente.

– Quizá no estaba segura de que fuese lo correcto.

– Pues lo es. Creo que deberíamos repetir lo de casarnos todos los días -Mitch carraspeó-. Le pedí a John que trajera más cosas. Como, por ejemplo, la cena.