– Hombre blanco, soltero, busca…
– No me lo puedo creer -dijo ella, soltando una carcajada.
En ese momento, se oyeron truenos en la distancia.
– …busca mujer para contraer matrimonio. Debe gustarle el aire libre, ser inteligente y estar dispuesta a instalarse en una pequeña localidad del norte.
– Pues parece que hay muchas chicas a las que les gusta el aire libre -había por lo menos cincuenta cartas en el montón. Robin eligió una-. ¡Mira! Te han mandado una foto.
Era una mujer guapa, que llevaba pantalones cortos y una camiseta también corta.
Jake levantó la foto.
– ¿Crees que de verdad será ella?
– Por supuesto. ¿Por qué iba a mandar una foto de otra persona? -Robin comenzó a leer la carta-. Dice que tiene treinta y cuatro años.
– Me parece un poco mayor.
Robin frunció el ceño.
– Ten cuidado con lo que dices. Nosotros tenemos treinta y dos. Dice que le gusta la vida sana, las excursiones, hacer barbacoas… y que tiene un caniche -Robin leyó el siguiente párrafo y no pudo evitar soltar una carcajada.
– ¿Qué pasa?
– Está deseando venirse a vivir al norte -contestó Robin, mirando a Jake por encima de la hoja-. Dice que le encanta North Bay.
Jake hizo un gesto expresivo con los ojos.
– Sí, claro, North Bay. Sin nada alrededor y con Toronto a tres horas de viaje. Vamos a ver otra.
– ¿Hacemos una pila con las que vayas descartando?
– ¿Y por qué no las tiramos todas a la basura? No, espera, Derek también quiere verlas.
Robin dejó la carta sobre la mesilla y abrió el siguiente sobre. Jake se recostó cómodamente en el sofá y esperó a que ella comenzara a leer.
– Otra foto. Oye, esta es igual que Cindy Crawford -aseguró, pasándole la foto.
– Es Cindy Crawford.
Robin sonrió.
– ¿Cindy quiere casarse contigo? Pues será mejor que la contestes cuanto antes o cambiará de opinión.
Jake hizo un gesto con la cabeza y tiró la foto sobre la mesilla de café.
– Otra.
Robin abrió otro sobre.
– Me parece un poco drástico. ¿No hay nadie en el pueblo con quien quieras casarte?
Jake no contestó, pero la miró de un modo significativo.
– Normalmente no.
Pero Robin no se dio por enterada.
No podía hacerlo.
– Mira, ésta tiene veintisiete años. No manda foto, pero dice que le gusta ir de excursión y hacer acampadas -Robin tenía que casar a ese hombre antes de que comenzaran a ocurrírsele estupideces.
– ¿De dónde es?
– De Vancouver. ¡Oh! ¿Te gustan las serpientes?
– No sigas.
– Tiene dos crías de pitón.
Jake gimió.
Robin sonrió.
– Dice que es muy cariñosa con los niños.
– Con los míos no. Otra.
– No te preocupes, Jake, quedan como cuarenta más -abrió otra-. Encontraremos a alguien.
– Le pasaré a Derek a la de las serpientes. ¿Quieres un café?
– Sí, gracias. ¡Oh, Dios mío!
– ¿Qué pasa?
– ¿No es un travestí? -Robin sacó la foto para que Jake pudiera verla.
– ¡Caramba! A mí me daría un poco de miedo tener un hijo con ella. ¡Ésa para Derek! -se levantó-. ¿Cómo te gusta el café?
– Sólo y fuerte. Quizá debieras hacer un viaje a Vancouver o Edmonton para conocerlas.
Robin abandonó las cartas sobre el sofá y siguió a Jake a la cocina. Al parecer, esa clase de anuncios no los contestaba gente muy normal.
– No entiendo que intentes casarte de este modo. Eres inteligente, guapo…
– Gracias -dijo él, destapando la lata del café.
– Creo que si de verdad quieres casarte, te estás poniendo trabas tú mismo. Podías criar caballos en cualquier otro lugar.
Jake apretó los labios y luego dejó la lata de café sobre la mesa con un ruido seco. En ese momento, un rayo iluminó su rostro de facciones duras.
Robin tragó saliva, pero continuó hablando.
– ¿No has pensado alguna vez en irte a una ciudad más grande?
– Sí, lo he pensado -contestó, mirándola seriamente.
– ¿Y?
– Maldije a la mujer que me obligó a hacerlo -fue su respuesta.
– ¡Oh!
Jake puso el café en la cafetera, cuando terminó, cerró la misma y miró a Robin.
– ¿Y tú? Tú también eres una mujer inteligente, guapa…
Robin hizo una mueca mientras miraba hacía el techo con ojos expresivos.
– Gracias.
– ¿Por qué no te has casado?
– He estado en todo el mundo, desde Argentina a Zimbawe, pero no he encontrado al hombre adecuado.
– ¿No se te ha ocurrido ampliar tus opciones?
– ¿A qué te refieres?
– ¿No has pensado nunca en venirte a vivir a Forever?
Robin dio un respingo al estallar un trueno. Miró a Jake mientras la tormenta los envolvía con un aire de extrañeza. El deseo de acercarse a él y abrazarlo, de tenerlo contra su cuerpo, resultó casi insoportable. Pero sabía que aquel hombre suponía una amenaza para su libertad.
Sintió que se le encogía el corazón.
– Terminaría maldiciendo al hombre que me obligara a ello.
Jake no iba a obligarla a quedarse. No importaba el deseo que llenaba sus ojos. Ni tampoco la confusión en la que la tenía sumida. Robin nunca se comprometería a algo así. Quedarse en Forever sería un error impensable.
Estiró la colcha que la cubría.
Robin era fuerte y había tomado una decisión. Cinco días allí no iban a destrozar el trabajo de toda una vida… por muy inteligente y guapo que fuera el hombre. Como le había dicho a Connie, ya no estaban en los años cincuenta, de manera que las mujeres habían dejado de adaptarse en todo a la vida de sus maridos.
Se sacó el termómetro basal de la boca. Tenía un plan de maternidad, un trabajo nuevo en Toronto y se había inscrito en cursos de embarazo y en guarderías. Es decir, que tenía montada su vida fuera de allí.
Se dio la vuelta en la cama y levantó el termómetro para ver cuánto marcaba. Parpadeó al ver la temperatura. Se frotó los ojos y volvió a leerla.
Era algo inesperado.
Ya estaba. Según el termómetro, podría quedarse embarazada durante ese día o los dos siguientes.
Si quería hacerlo, claro estaba.
Si tenía cerca al hombre adecuado.
En otras palabras, si hubiera en Forever alguien suficientemente inteligente y guapo, que pudiera ser un buen padre y que no le importara…
Tragó saliva.
¿Sería capaz de hacer el amor con Jake y marcharse como si no hubiera pasado nada? Eso sí que era una pregunta difícil, se dijo, mordiéndose las uñas.
Él sería el candidato perfecto. No podía pedir un espécimen mejor.
Quizá si se concentrara solo en su meta; si pudiera protegerse emocionalmente; si, como decía Connie, fuera en busca de lo que quería como una apisonadora, sin fijarse en nada más; entonces, quizá podría hacerlo.
Y si pudiera, tendría un hijo que se parecería a Jake. Dentro de un año, aproximadamente, tendría a un niño moreno, o una niña, en sus brazos.
Al pensarlo, notó una especie de calor en el corazón. Se pasó la mano por el vientre y se preguntó qué sentiría al estar embarazada, cómo sería estar esperando un hijo de Jake, porque en esos momentos no podía imaginarse tener un hijo de ningún otro hombre.
– Hola, mamá. Hola, Connie -Robin entró descalza en la cocina, dirigiéndose directamente a la cafetera.
Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la extraña mezcla de ansiedad y excitación que bullía en su interior.
– ¿Qué tal estás, hija?
Eunice, la madre de Robin, vestida con una bata de color vino tinto, estaba friendo beicon. La cocina era igual a como la recordaba Robin. Y no podía evitar acordarse de aquellas mañanas en que bajaba y se encontraba en ella a su madre y a su abuela haciendo el desayuno.
Connie se parecía a su padre, que había muerto cuando Robin tenía solo tres años, así que apenas era una sombra para ella. Así que su familia había estado formada por su abuela, su madre y Connie.