– ¿Para qué has puesto música? -preguntó Derek extrañado, al acercársele Jake.
– Me lo han pedido algunas de las chicas -aseguró, dejando su copa de vino en una mesa cercana.
Derek asintió mientras observaba los cuerpos que se movían en la pista de baile.
– ¿Has visto a Annie? -le preguntó Jake, sintiéndose como un estúpido.
– Sí. ¿No está guapísima cuando se arregla?
– Sí, es verdad.
En ese momento, pasaron a su lado Connie y su marido.
– ¿Por qué no bailas con ella? -le sugirió Jake.
– ¿Con Connie? Robert me mataría si saco a bailar a su mujer -contestó.
Era por todos conocido lo celoso que era Robert.
– No, me refiero a Annie.
– Eso sería ilegal -contestó Derek.
– ¿De qué estás hablando? -Jake lanzó a su amigo una mirada de incredulidad.
– Es mi empleada -le explicó Derek-. Estoy seguro de que a ti no te pasa con tus empleados, pero se llama acoso sexual.
– Estaba sugiriendo solo que bailaras con ella. No tiene por qué implicar nada sexual.
– No importa -Derek negó con la cabeza-. Pregunta a cualquier abogado. Además, supongamos que le pregunto si quiere bailar. Quizá no le apetezca, pero dirá que sí porque piensa que tiene que ser amable con su jefe.
– Eso es una tontería.
– No. Tengo poder sobre ella. Si le hago alguna propuesta, ella puede denunciarme.
– Eres un paranoico. Te aseguro que Annie no va a denunciarte porque le pidas que baile contigo.
– En cualquier caso, no pienso hacerlo.
Jake dio un suspiro profundo y minutos después, puso una excusa y dejó a Derek para ir a buscar a Robin.
– No funciona -le dijo al oído, utilizando la música como excusa para tener que acercarse a ella.
– ¿Qué quieres decir con eso? -dijo ella, volviéndose hacia él, que pudo de nuevo oler el maravilloso perfume de ella.
Jake permitió deliberadamente que su cabello le rozara la mejilla.
– Que Derek no le va a sacar a bailar a Annie.
– ¿Por qué?
– Porque es su jefe y tiene miedo de que ella piense que la está acosando sexualmente.
– Eso es absurdo.
– Es lo que yo le he dicho.
– Ve y díselo otra vez.
– Ya le he insistido y no quiere hacerme caso.
Ella se mordió el labio inferior.
– Ven -le dijo de repente-, vamos a bailar.
Jake no le preguntó por qué, no preguntó nada; simplemente la tomó en sus brazos y la llevó hacia la pista.
– ¿Jake?
Las piernas de Robin estaban rozando las suyas, sus senos se apretaban contra su pecho y él se sintió en el paraíso.
– ¿Sí?
– Ya sé lo que vamos a hacer -le susurró al oído.
– ¿El qué?
– Tú sacarás a bailar a Annie y yo a Derek.
Jake no podía decir que le gustara aquel plan.
– Y luego cambiaremos de pareja -añadió ella.
– Robin, me parece que te estás entrometiendo. Son adultos. Déjalos que decidan ellos mismos lo que quieren hacer con sus vidas.
– Vamos, Jake, a veces el destino necesita un pequeño empujón.
– No quiero entrometerme en el destino de nadie -él solo quería tenerla en sus brazos el resto de la noche.
– Entonces, ¿no quieres ayudarme? -le preguntó ella, un poco enfadada.
– De acuerdo, de acuerdo. Tampoco podemos dejar a Derek en manos de la mujer-serpiente y del travestí, así que hagámoslo.
– Gracias -susurró ella con una sonrisa radiante.
Finalmente, Annie y Derek estuvieron bailando tres canciones seguidas. Robin estaba encantada.
Cuando acabó la fiesta improvisada, Annie fue a buscarla a la cocina para ayudarla a recoger. Robin no podía contener la curiosidad.
– Ya he visto que has estado bailando con Derek -le preguntó, tratando de parecer tranquila.
– Sí -contestó Annie desde la entrada de la cocina.
– ¿Y? -Robin arqueó las cejas.
– ¿Y qué?
– ¿Qué tal?
Annie se echó a reír.
– Se pasó toda la primera canción explicándome con todo detalle que no estaba obligada a bailar con él y que nuestro baile no tenía nada que ver con nuestra relación en la oficina. Creo que incluso me ha citado una o dos leyes.
Robin esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza.
– Hacia la segunda canción, se relajó un poco. Siempre ha sido un buen jefe y además baila bastante bien.
– ¿Te ha pedido que salgáis o algo así?
– ¿A qué te refieres? ¿A si ha tratado de citarse conmigo? -preguntó su amiga sorprendida.
– Sí.
– No. ¿Por qué iba a hacer una cosa así? Ha sido solo un baile.
Robin se quedó pensativa. No sabía lo que había imaginado, pero se daba cuenta de que había ido demasiado deprisa. Quizá tendrían que preparar otro plan ella y Jake.
– ¿Habéis terminado ya? -les preguntó Jake en ese momento desde la entrada. Llevaba la corbata aflojada y el pelo revuelto-. Dejadlo todo como está. La señora de la limpieza terminará de recogerlo mañana.
– ¿Se han ido todos? -quiso saber Robin, con la esperanza de que Derek llevara a Annie a casa.
– Todos menos la madre de Annie, que la está esperando en el coche.
– Gracias por la fiesta, Jake -Annie se secó las manos y fue hacia la puerta-. Os veré mañana en la carpa.
– Adiós -contestó Robin, despidiéndola con la mano.
La puerta de la calle se cerró y se quedaron los dos solos.
Robin, al darse cuenta, comenzó a recoger algo nerviosa las últimas cosas que quedaban en la mesa.
Seducir a Jake para quedarse embarazada le había parecido mucho más sencillo cuando lo había planeado en la intimidad de su habitación. Pero ahora que él estaba delante de ella, no sabía cómo empezar. Podía ser que él ni siquiera estuviera interesado de verdad en ella.
En ese momento, desde luego, su aspecto no debía resultar muy seductor. Se había manchado un poco el vestido al recoger, tenía el pelo bastante pegado a la cabeza debido al vapor del lavavajillas y su maquillaje debía haber desaparecido hacía ya tiempo.
Cuando miró a Jake, no se sintió como una apisonadora que fuera directa hacia la procreación. Se sintió nerviosa, frágil y con la necesidad de ser consolada. Y el espacio entre ellos le pareció enorme.
Deseó poder dar marcha atrás en el tiempo y volver a cuando estaban bailando. A cuando había sentido la fuerza de sus brazos y la energía de su voz. Quizá entonces podría haberse decidido a intentar algo.
– Gracias por ayudarme, pero no hace falta que lo hagas.
Ella sintió algo parecido a la culpa. El hecho de seguir trabajando en la cocina no era del todo por motivos altruistas. Había estado retrasándose con el egoísta propósito de quedarse a solas con él.
Tragó saliva. De repente su plan le pareció ridículo e imprudente.
– No importa.
No podía.
Pero tenía que hacerlo.
No podía ser más que Jake o alguien de Toronto. Ella sola no podía quedarse embarazada.
Jake agarró un paño de la mesa y lo dejó en un clavo que había detrás de ella.
– Me has sido de gran ayuda.
Jake esbozó una sonrisa llena de calor. ¿Quizá de cariño?, se preguntó Robin, vacilante. De pronto, deseó que fuera él quien diera el primer paso. Le gustaría que así fuera. Con que simplemente se acercara y la besara como había hecho quince años antes, ella se abandonaría a la pasión.
Desgraciadamente, en los ojos de Jake había más compasión que pasión.
– ¿Estás cansada?
Robin pensó que quizá tendría que dejar eso de la seducción para el día siguiente. Entonces estaría más fuerte y más concentrada.
– Un poco. Estoy sudada y me he manchado el vestido con el lavavajillas.
Desde luego, aquella respuesta no era muy seductora.
– Necesitas darte un buen baño.
Robin dio un suspiro de placer ante la idea.
– Por si no lo has notado, somos ocho personas en casa de mamá. No podré bañarme hasta eso de las tres de la mañana.