Gracias a Dios, estaba viva.
– ¿Estás bien? -gritó él, acercándose lo más que pudo.
Ella asintió, pero Jake se fijó en que tenía el pelo y la ropa empapados.
– No puedo acercarme más -gritó-. Te tiraré una cuerda.
Ella volvió a asentir, parpadeando con la mirada perdida. Él no estaba seguro de que lo hubiera oído.
– ¿Seguro que estás bien? -repitió. Ella parecía mareada. Seguramente se encontraba en las primeras fases de congelación.
Jake trataba de pensar rápidamente en qué hacer. No podía acercarse más y arrojarse al agua a rescatarla porque era demasiado peligroso. La corriente era muy fuerte en aquella zona del río. En ese momento, se maldijo por no haber llevado a Derek consigo.
¿Por qué habría sido tan suspicaz con ella? ¿Qué le había hecho para que desconfiara de ese modo? Robin quería quedarse embarazada, pero eso no era ningún crimen. Así que ni siquiera debería habérsele pasado por la cabeza que ella pudiera estar fingiendo haber desaparecido para llamar la atención.
– ¿Te sientes con fuerza para agarrarte a una cuerda? -le preguntó.
Ella asintió con más firmeza en aquella ocasión. Jake hizo un nudo en un extremo de la cuerda y se la arrojó.
– Átala a la proa.
Ella agarró la cuerda despacio y levantó la vista hacia la proa. Él vio lo mucho que le costaba moverse y contuvo el aliento mientras la observaba acercarse a la proa.
Cuando al fin la alcanzó, trató de anudar la cuerda, pero le temblaban demasiado las manos y se le escurrió.
Se frotó las palmas y volvió a intentarlo. Pero la cuerda se le escurrió una vez más.
– No hay prisa, vuelve a intentarlo -le ordenó, tratando de animarla.
Aunque en realidad, sí que tenían prisa. La barca estaba balanceándose cada vez más debido al peso de Robin y, si se desencallaba del banco de arena, caería a la cascada.
Pero aquello no ocurriría. Él se ocuparía de rescatarla y, si hiciera falta, se tiraría al agua. Robin no iba a morir bajo ningún concepto.
Finalmente, la cuerda fue metida en la proa. Ya solo quedaba anudarla.
– Anúdala -gritó.
Robin hizo varios intentos, pero no conseguía hacer ningún nudo.
– No puedo.
Hasta que finalmente consiguió hacer uno.
– Ya está -aseguró, dando un suspiro.
Y casi al mismo tiempo, la canoa salió del banco de arena y giró hacia la cascada. Jake entonces puso el motor en marcha y la remolcó con cuidado hasta la orilla más cercana, rezando para que el nudo aguantara. Después de envarar su barca, tiró de la cuerda para acercar la canoa de ella. Al ver que la cuerda se había helado, comprendió el frío que debía haber pasado Robin.
Finalmente, consiguió ponerla al alcance de la mano. La agarró y entró dentro para ir en busca de Robin.
Cuando la tomó en brazos, vio que tenía los labios azules y que no paraba de temblar. Además, estaba calada hasta los huesos. Como tardarían media hora en llegar a la ciudad, decidió que no podía continuar con aquella ropa mojada. Así que le quitó el chaleco salvavidas y el top empapado, y le puso su camisa de franela.
A pesar de que la camisa estaba seca y conservaba su calor corporal, no iba a ser suficiente. Tenía que hacer entrar a Robin en calor cuanto antes, así que se le ocurrió hacer una hoguera en la playa. No se atrevía a hacer el viaje de vuelta con ella en aquel estado.
Después de llevarla en brazos hasta la playa, recogió un poco de madera y encendió una hoguera.
Luego comenzó a secarle el pelo con su camiseta mientras la protegía del viento con su cuerpo.
– ¿Estás mejor?
Ella asintió, pero le seguían castañeteando los dientes.
– ¿Viste el oso? -dijo ella con un tono inesperadamente excitado.
– Sí -contestó él, abrazándola.
– Se me había olvidado lo excitante que puede llegar a ser el río Forever.
– ¿Excitante?
– Bueno, la verdad es que sería mejor decir aterrador. Porque lo que hice fue esconderme de él.
– Hiciste bien.
– Sí -Robin volvió a temblar-. Oh, tengo mucho frío.
– Lo sé. Nos quedaremos aquí hasta que entres en calor. Derek quizá salga a buscarnos, pero da igual. Lo importante es que te recuperes.
– Oh, estoy tan contenta de que hayas venido -dijo ella, abrazándose a su pecho desnudo.
– Yo también estoy muy contento de haberte encontrado -susurró él-. Y ahora, ¿por qué no me hablas de tu nuevo trabajo? -añadió, consciente de que lo mejor sería hacerle hablar para tenerla distraída.
– Voy a ser la encargada de la sección Tour Mixtos.
– ¿Tour Mixtos?
– Wild Ones ha sacado una nueva clase de viajes en los que se mezcla la aventura con un turismo de tipo más convencional.
– Entiendo.
– Es una clase de viaje pensado para gente que no son exactamente deportistas. Serán salidas al aire libre, pero en unas condiciones muy cómodas y con una cocina de lujo.
– ¿Aventuras para ricos?
– No exactamente. Sencillamente, no todo el mundo es capaz de subir al Everest.
– Yo desde luego no podría.
– Pues imagínate. Lo que vamos a hacer es quitar todos los inconvenientes que tienen esa clase de aventuras. Por ejemplo, la gente podrá escalar una montaña sin equipaje ni nada, y cuando lleguen a la cima, les estará esperando un campamento ya montado y un cocinero de primera categoría.
– Suena bien.
– En cualquier caso, mantendremos los viajes al viejo estilo para los puristas.
– Creo que yo prefiero los mixtos -aseguró él, contento al ver que dejaba poco a poco de temblar-. Y tú, ¿te dedicarás a probar las nuevas rutas?
– No, yo estaré en nuestro despacho de Toronto. Desde allí me dedicaré a diseñar los nuevos recorridos, de acuerdo con los informes de nuestros guías.
– Ah, muy bien.
– Sí, estoy deseando empezar.
– Bien -aseguró él.
Pero rápidamente se corrigió a sí mismo. No, no estaba bien. En poco tiempo. Robin se iría a Toronto para empezar su nuevo trabajo. Y no había nada en Forever que pudiera retenerla. Él no podía ofrecerle nada que pudiera competir con su carrera profesional.
– ¿Y qué hay de ti? Nunca me has contado por qué te dedicas a criar caballos para rodeos.
– Ya de crío me gustaba la idea de ser un vaquero y supongo que no he crecido. Por otra parte, mi abuelo nos dejó el rancho en herencia y mi padre no supo llevarlo. Así que decidí que me tocaba a mí devolverle su esplendor.
– O sea, ¿que lo haces en honor de tu abuelo?
– Sólo en parte. Me gusta la vida que llevo en el rancho -dijo él mientras observaba cómo se ponía el sol detrás de las montañas-. Me encanta trabajar con los caballos.
– ¿Cuántos tienes?
– Aquí, tengo unos cuarenta.
– ¿Tienes más en otro lado?
– Sí, tengo más tierras al Norte de Alberta.
– ¿De veras? -ella se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos.
Él supuso que iba a preguntarle por qué no se iba a vivir allí. Pero afortunadamente no lo hizo. Se limitó a quedarse mirándolo en silencio.
– Casi todos los caballos pasan el invierno en Alberta. Allí tengo un capataz muy bueno al mando de unos cuantos vaqueros, que llevan a los caballos a diversos rodeos por aquella zona.
– ¿Tú vas alguna vez a los rodeos?
– Sí, alguna vez, pero paso casi todo el tiempo aquí.
– Dedicándote a montar los potros salvajes, ¿no? -bromeó ella, apoyándose contra su pecho.
Jake sintió que se le estaba empezando a quedar la espalda fría, pero no le importaba. Podría quedarse allí toda la noche, protegiendo a Robin, si hiciera falta.
– Bueno, sólo a veces. Eso es cosa de jóvenes.
– Tú no eres mayor.
– Pero tampoco soy ya ningún jovencito -motivo por el cual quería casarse y formar una familia.
Pero no sabía si iba a poder casarse con otra mujer que no fuera Robin. En cualquier caso, era mejor no pensar en ello en esos momentos.