Robin dejó de asentir bruscamente.
– ¡Jake! No puedo creerme que estés haciendo esto…
– Robin…
– Quizá estaría bien que nosotros…
– Robin…
– Pero es el día de Annie y Derek. Vuelve a tu sitio…
– Lo siento, Annie -volvió a excusarse con ella-. Robin, ¿te has parado a pensar lo que le vas a hacer a tu familia?
– Sí.
– Creo que no lo has hecho.
– No me importa lo que creas.
Jake dio un suspiro profundo.
– Robin, si apareces el verano que viene con un hijo mío en los brazos…
Annie abrió los ojos de par en par.
– …quiero que el niño lleve mis apellidos. Quiero que tú lleves mis apellidos.
– ¿Un niño? -preguntó Annie sorprendida.
– Pues no voy a hacerlo -contestó Robin.
– Por favor. Por tu madre y por tu abuela, cásate conmigo ahora. Ya resolveremos lo demás después.
– Jake, me voy a marchar.
– Sé que ya tienes el billete de avión. Haz lo que quieras mañana, pero cásate conmigo ahora. Pasemos juntos esta noche y luego, si vuelves con mi hijo, tu madre y tu abuela no se enfadarán contigo. Ni conmigo. Hazlo por ellas, Robin.
Annie los miró completamente asombrada.
– Lo siento, Annie -repitió Jake por tercera vez-. ¿Te importaría? ¿Le importaría a Derek?
– ¿Que os caséis con nosotros?
– Sí.
– No -aseguró Annie, que agarró las manos de Robin-. Hazlo, Robin.
Robin miró a Annie durante unos segundos.
– Tenemos una iglesia llena de amigos -añadió Jake-. Hay un sacerdote, flores y hasta tienes un ramo -dijo, señalando las rosas amarillas que tenía en las manos-. Te amo, Robin, pero te juro que dejaré que te vayas.
Robin abrió la boca y la cerró sin decir nada. Luego volvió a abrirla. El sacerdote se estaba dirigiendo hacia ellos en ese momento y el padre de Annie también estaba llegando al vestíbulo.
– Cásate, Robin -la animó Annie con ojos brillantes-. ¡Un hijo, Dios mío! ¿Tú y Jake? Es maravilloso.
– Por favor, Robin -le rogó Jake.
El sacerdote se asomó.
– Tenemos que empezar.
– ¿Robin?
Annie asintió vigorosamente y apretó las manos de Robin.
– Jake, tenemos que… -repitió el sacerdote, haciendo un gesto hacia Derek, quien probablemente estaba empezando a ponerse nervioso.
Jake miró a Robin suplicante y con los ojos llenos de amor.
Robin asintió.
– ¿Sí?
Robin volvió a asentir.
Jake se volvió hacia el sacerdote.
– ¿Puede casar a dos parejas?
El ministro lo miró de hito en hito.
– ¿A dos parejas? -preguntó el padre de Annie.
– ¿Dónde has estado? -le preguntó Derek a Jake en voz baja, cuando este se puso a su lado-. Creí que me ibais a dejar aquí los dos, la novia y el padrino.
Jake soltó una carcajada.
Derek se colocó el cuello.
– Estaba empezando a parecer que os ibais a escapar los dos juntos.
– ¿Es lo que pensaste?
– No, claro que no.
– Siento que te hayas preocupado.
– Yo no estaba preocupado, pero sí todos los demás. ¿Qué ha pasado?
– Robin y yo también nos vamos a casar -le explicó Jake con expresión de satisfacción.
– ¿De verdad? ¿Cuándo?
– Ahora.
En ese instante, el sacerdote llegó al altar y del órgano comenzó a sonar la marcha nupcial.
– ¿Qué quieres decir con ahora? -añadió.
– Que ahora, ya.
Robin y Annie comenzaron a caminar por el pasillo central, ambas agarradas al padre de Annie.
– Espero que no te importe -dijo Jake, aunque estaba tan feliz que no le importaba mucho lo que pensara su amigo.
– Claro que no me importa, pero me debes una.
El sacerdote se aclaró la garganta y Jake se calló y se puso a mirar a Robin mientras se acercaba por el pasillo. Aunque llevaba un vestido más sencillo que el de Annie, su ramo era más pequeño y no llevaba velo, era la que más llamaba la atención de las dos.
– ¿No está preciosa? -susurró Derek, refiriéndose a Annie.
– Claro que sí -respondió Jake, mirando a Robin.
– Señoras y señores, nos hemos reunido hoy aquí para unir no a una, sino a dos parejas.
Hubo murmullos y exclamaciones. El padre de Annie se apartó y Jake agarró las manos frías de Robin. Esta tenía los labios y las mejillas pálidas. Jake la miró a los ojos, tratando de relajarla con una sonrisa.
Estaban haciendo algo que era bueno para su hijo.
Eunice se levantó y se acercó a Robin, abrazándola entre lágrimas. Los ojos le brillaban de felicidad.
Luego se volvió a colocar en su sitio, en el banco de la segunda fila, y se puso una mano temblorosa sobre el pecho. Desde allí, miró a Jake y luego a su hija de nuevo mientras soltaba una débil risita.
Robin miró a Jake, quien la apretó contra sí y le dio un pañuelo.
– Queridos…
La voz del sacerdote y el olor de las flores, junto con la luz de las velas iluminando todas aquellas caras conocidas, hicieron creer a Robin que estaba en otra dimensión.
Tenía que ser un sueño.
Debía ser un sueño.
Pero las manos que agarraban las suyas eran calientes, fuertes y peligrosamente reales. Y la sonrisa de Jake era increíblemente carnal. Sus labios eran firmes y sensuales. Sus ojos sonreían y brillaban del modo que tanto le gustaba a ella.
Si aquello no era un sueño, era lo más absurdo que le hubiera pasado nunca… y eso era bastante decir, dada su vida llena de todo tipo de aventuras.
Apretó las manos de él para probar. «Sí, eran reales», pensó.
Jake le apretó a su vez las suyas con un mensaje de que todo iba a ir bien. Y Robin, sin saber por qué, de repente lo creyó. En medio de toda aquella locura surrealista, él era como un ancla. Igual que lo había sido quince años antes.
Jake era el chico que había callado lo sucedido entre ellos para protegerla. El que le había salvado la vida, la había abrazado y le había declarado su amor. Era el hombre que iba a tomarla por esposa para protegerles a ella y a su hijo, a pesar de saber que el matrimonio nunca sería real. A pesar de que ella se iba a ir al día siguiente.
– Te amo -le susurró Jake.
Robin abrió los labios y se emocionó al darse cuenta de que había estado a punto de decirle que ella también.
Había estado a punto de decirle que lo amaba porque así era. Porque lo amaba.
Amaba a Jake.
– ¿Jake? -dijo el sacerdote-. ¿Tomas a Robin por esposa?
– Sí, la tomo.
– Robin, ¿tomas a Jake por esposo?
– Sí -contestó ella con una voz apenas audible.
– Los anillos.
Jake sacó el par de anillos de oro y diamantes de Annie y Derek. Al darse cuenta de que no tenía anillo para Robin, su rostro adquirió una expresión de profunda tristeza.
Alguien se movió en la fila de detrás de ellos. Un murmullo se oyó en toda la iglesia y Jake miró hacia atrás, confundido. Robin se volvió en el momento en que su abuela se levantaba y, con una sonrisa tierna, se acercó a ellos.
Al llegar a su lado, limpió una lágrima de emoción del rostro de Robin.
– Siempre supe que volverías a casa -dijo conmovida.
Se volvió hacia Jake y lo miró un segundo. Luego, con un movimiento lento, se quitó el anillo que llevaba en el dedo derecho.
Robin sintió un nudo en la garganta e hizo un gesto negativo con la cabeza, pero las palabras no salieron de su boca.
Jake puso una mano sobre Alma May para que no siguiera.
Ésta sonrió y una lágrima brilló en sus ojos sin edad.
– Es nuestro regalo. Son las primeras pepitas de oro que se encontraron en Forever y que hicieron florecer la ciudad. Pero ahora tienen otro cometido.
Robin contempló el pequeño anillo que la abuela puso en la palma de la mano de Jake. Había oído la historia muchas veces. Su abuelo había encontrado las pepitas en el río, al Norte de Forever, y eso había sido lo que había hecho que la ciudad naciera. Luego puso las pepitas en un anillo de boda para demostrar a los padres de Alma May que era un hombre con recursos.