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– ¿Continuamos? -preguntó el sacerdote.

El anillo de oro brilló en el dedo de Robin mientras Jake la metía en volandas en su casa. El hotel del pueblo no tenía nada tan moderno como una suite nupcial y, además, Jake quería hacer el amor con Robin en su propia cama.

No sabía qué hacer con el regalo de Alma May. No quería devolvérselo porque sería un mal augurio para su matrimonio, pero tampoco quería fingir.

Dejó a Robin en el suelo y tocó el anillo.

– Jake…

– Calla.

– Es todo tan…

– Esta noche no -dijo, poniendo un dedo en sus labios-. Esta noche eres mi esposa.

– Pero…

– Sólo te pido esta noche.

Robin asintió y Jake esbozó una sonrisa.

– Bésame -susurró.

Y Jake obedeció antes de llevarla a su dormitorio, donde le hizo el amor. Aquella cama estaba sobre la tierra que su abuelo había trabajado y su matrimonio había sido bendecido por el anillo que el abuelo de Robin había forjado. Al principio, hicieron el amor de un modo dulce, pero conforme la luna galopaba hacia la mañana, la necesidad y la pasión aumentaron.

Jake abrazó a Robin en la oscuridad y luchó por olvidar que el día que estaba en camino se la llevaría de su lado.

– Te amo -susurró Robin.

Al oír aquello, Jake descubrió que el anillo no había sido en vano. Y entonces supo que finalmente podría dormir tranquilo.

Lo amaba. Al levantarse de la cama donde Jake dormía, se puso una mano temblorosa sobre la boca.

Se golpeó las rodillas con la mecedora y se sentó bruscamente.

Durante aquellas dos semanas que llevaba en Forever, había sucedido algo terrible. Era una locura o quizá una especie de hipnosis.

¿O quizá sencillamente el destino?

Ella había ido allí solo para ver a su familia, pero había vuelto a encontrarse con Jake, había hecho el amor con él y finalmente se habían casado.

Y en ese momento, se daba perfecta cuenta de que estaba enamorada de él y de que quería quedarse allí. En realidad, quería olvidarse de su otra vida, meterse en la cama con su marido y quedarse abrazada a él para siempre.

Movió la cabeza y se balanceó en la mecedora con el corazón encogido por el miedo. Si no salía de allí en las próximas horas, se quedaría atrapada y nunca conseguiría escapar.

Jake se movió en la cama y extendió un brazo, como si la buscara. Luego, aún dormido, frunció el ceño.

Robin se quedó inmóvil por unos instantes, hasta que finalmente se atrevió a levantarse.

«Ahora o nunca».

Recogió rápidamente el vestido de novia, su ropa interior, sus medias y fue de puntillas hacia la puerta. Pero no salió, sino que, con la mano en el pomo, miró a Jake y no pudo evitar un sollozo. Luego se puso la mano en la boca, temerosa de despertarlo.

Porque no quería despertarlo, ¿verdad?

Por un momento, sintió ganas de que se despertara y de que la detuviera. Deseó que la atrapara Con aquella sonrisa sensual que estaba segura la haría perder el vuelo.

Lo miró conteniendo el aliento. Luego cerró los ojos para no verlo y buscó en su interior la fuerza necesaria para irse.

Concentración. Meta clara. Apisonadora.

Tenía que hacerlo.

– Adiós -susurró en voz baja.

Le tiró un beso y se fue sin hacer ruido.

Dos horas después, a la luz gris del amanecer, el hidroavión se posaba en el pequeño muelle. Robin sintió el aire fresco sobre sus brazos desnudos.

Nunca se sabría si al piloto le resultó rara aquella mujer del muelle, que no llevaba más que un pequeño bolso. Pero ella tenía su billete y él tenía un horario que cumplir.

Robin no dejaba de girar compulsivamente el anillo de su abuela en su dedo. No era una idea agradable el devolvérselo y, Jake tenía razón, era mejor que su familia pensara que estaban casados.

Jake tendría que inventarse una historia para explicar por qué había abandonado finalmente el pueblo. Robin sabía que lo haría. Podía confiar en él.

Excepto en lo referente a su corazón. Sin darse cuenta, se puso una mano sobre el pecho. No podía permitir que Jake le robara el corazón. Había prometido dejarla ir, había prometido…

– Estamos listos, señorita -dijo el piloto, sacándola de sus pensamientos.

La puerta del hidroavión se abrió despacio y Robin se puso rígida. Al girarse para ir hacia la puerta, notó algo con el rabillo del ojo.

Al ver que era Jake, le dio un vuelco el corazón.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, con la camisa desabrochada y despeinado.

El sol se asomó por el horizonte, silueteándolo sobre un fondo naranja. Jake cuadró los hombros y la miró fijamente a los ojos. Estaba furioso.

«¡Me lo prometiste!», deseó gritar ella. Pero su rostro estaba helado y sus cuerdas vocales no le respondieron.

Por un segundo, pareció que iba a sujetarla. Robin contuvo el aliento y esperó, pero Jake se quedó quieto.

Jake había prometido dejarla marchar y ella tenía que irse. Era muy sencillo.

– ¿Señorita? -dijo el piloto.

Robin se volvió hacia el hidroavión y asintió muy seria. Luego subió las estrechas escaleras.

No había nada más que decir.

Capítulo Doce

– ¿Te vienes a tomarte una copa? -le preguntó Lorraine a Robin, asomándose a su despacho.

Lorraine era una pelirroja alta y atractiva.

El primer impulso de Robin fue contestarle que no, pero luego se dio cuenta de que ya había rechazado dos invitaciones de Lorraine.

En las tres semanas transcurridas desde su regreso de Forever, había sido muy poco sociable con todo el mundo, casi grosera. Y la camaradería era un elemento importante para el equipo de Wild Ones. Así que necesitaba empezar a tratarse con los demás miembros de la dirección.

– Claro. Pero necesito media hora para terminar esta presentación.

– Olvídate de la presentación. Te diré un secreto: has pasado los seis meses de prueba, así que no tienes que matarte para impresionarnos -concluyó Lorraine, marchándose sin darle tiempo para contestar.

No hacía falta saber mucho de psiquiatría para darse cuenta de que Robin estaba utilizando el trabajo como terapia contra la depresión y la soledad. Y le estaba funcionando por las mañanas, incluso por las tardes, pero no por las noches.

Apagó el ordenador y pensó que tenía que olvidarse de Jake cuanto antes, si quería sobrevivir.

– Vamos, Robin -la llamó Lorraine desde la puerta.

La compañera llevaba su bolso y su abrigo en la mano.

– En seguida voy.

Esa noche iba a olvidarse de todo. Iba a reunirse con sus compañeros en el Top Hat Bar y a pasarlo bien. Aunque eso sí, no bebería alcohol, ya que al día siguiente se haría su primera prueba de embarazo.

Quizá volviera a casa tan agotada de reír y de hablar, que caería muerta en la cama. Quizá no soñaría con Jake. Quizá se convencería de que su vida y su trabajo se convertirían en algo perfecto después de todo.

Pero la noche no resultó como esperaba.

A las cinco de la mañana, estaba sentada en la banqueta del cuarto de baño, descalza y apoyada contra el lavabo, leyendo por tercera vez las instrucciones del test de embarazo.

En realidad, no había ninguna razón para que lo leyera una vez más y menos aún para leerlo en los cuatro idiomas.

Si estaba embarazada en inglés, lo estaría también en francés. Estaba buscando evasivas y, en el fondo, lo que pasaba era que estaba aterrorizada.

Quería tener ese hijo; lo deseaba tanto que le dolía el corazón. Si no estuviera embarazada ya, estaba segura de que volvería a intentarlo.

Pero dudaba que él aceptara volver a intentarlo. Y si lo hacía, dudaba que la dejara marcharse por segunda vez.