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De vez en cuando llamaba a su teléfono móvil sólo para oír su voz en el contestador. Había pagado la factura del teléfono cada mes para mantener activa la línea. Su olor se había desvanecido de la casa, su ropa había desaparecido tiempo atrás por voluntad expresa de él. Su imagen iba desdibujándose en su mente y ella se aferraba a cualquier cosa que mantuviera vivo su recuerdo. Cada noche dedicaba un rato a pensar en Gerry antes de acostarse para ver si así soñaba con él. Hasta compraba su loción para después del afeitado favorita y rociaba la casa con ella para no sentirse tan sola. A veces estaba por ahí y un olor familiar o una canción la transportaban hasta otro tiempo y lugar. Un tiempo más feliz.

En ocasiones lo entreveía caminando por la calle o conduciendo un coche y entonces lo perseguía durante kilómetros hasta constatar que no era él, sino sólo alguien parecido. Le costaba desprenderse. Le costaba porque en el fondo no quería hacerlo, ya que era lo único que tenía. Pero en realidad no le tenía, de modo que se sentía perdida y confusa.

Justo antes de llegar a la oficina se asomó al Hogan's. Últimamente estaba muy a gusto con Daniel. Desde aquella cena en la que se había sentido tan incómoda en su compañía se había dado cuenta de que su comportamiento era ridículo. Ahora comprendía el motivo. Antes, la única amistad que había tenido con un hombre era la de Gerry, y ésa era una relación romántica. La idea de intimar tanto con Daniel le resultaba extraña e inusual. Desde entonces Holly se había convencido de que no era necesario que hubiera un vínculo romántico para ser amiga de un hombre soltero y sin compromiso, aunque éste fuera apuesto.

Y la grata compañía pronto se había convertido en un sentimiento de camaradería. De hecho, había sentido aquello desde el momento en que lo conoció. Podían hablar durante horas sobre sus sentimientos y sus vidas, y Holly tenía claro que tenían un enemigo común: la soledad. Sabía que él padecía una clase de dolor distinta y se ayudaban mutuamente en los momentos difíciles, cuando uno u otra necesitaban que alguien los escuchara o les hiciera reír. Y esos días eran muy frecuentes.

– ¿Y bien? -dijo Daniel, saliendo de detrás de la barra-. ¿Irá al baile Cenicienta?

Holly sonrió y arrugó la nariz. Iba a decirle que no asistiría, pero se contuvo.

– ¿Vas a ir tú?

Daniel sonrió y también arrugó la nariz. Holly rió.

– Bueno, será otro caso de «vivan las parejas». Creo que no seré capaz de aguantar otra velada con Sam y Samantha y Robert y Roberta.

Acercó un taburete a Holly y ésta se sentó.

– Hombre, siempre podemos ser groseros y no hacerles el menor caso. -¿Y entonces qué sentido tiene ir? -Daniel se sentó a su lado y apoyó una de sus botas de piel en el travesaño del taburete de Holly-. No esperarás que te dé conversación toda la noche, ¿verdad? Ya nos lo hemos contado todo a estas alturas, quizá me estoy cansando de ti.

– ¡Pues muy bien! -Holly fingió ofenderse-. De todos modos tenía planeado ignorarte.

– ¡Bufl -Daniel se pasó la mano por la frente haciendo un gesto de alivio-. En ese caso seguro que voy.

Holly se puso seria y dijo:

– Me parece que realmente tengo que ir. Daniel dejó de reír.

– Pues entonces vayamos.

Holly le sonrió.

– Creo que a ti también te sentará bien, Daniel -susurró.

Daniel dejó caer el pie que apoyaba en el taburete de Holly y volvió la cabeza, fingiendo que echaba un vistazo al local.

– Holly, estoy bien -dijo de modo poco convincente.

Holly se puso de pie de un salto, lo cogió por las mejillas y le dio un beso en la frente.

– Daniel Connelly, deja de intentar hacerte el macho y el duro. A mí no me engañas.

Se despidieron con un abrazo y Holly se dirigió a la oficina, dispuesta a no volver a cambiar de opinión. Subió taconeando por la escalera de madera y pasó sin detenerse por delante del escritorio de Alice, que seguía contemplando embelesada su artículo.

– ¡John Paul! -exclamó Holly-. ¡Necesito un vestido enseguida!

CAPÍTULO 46

Holly se estaba retrasando mientras iba de un lado a otro de su dormitorio, intentando vestirse para el baile. Había pasado las dos últimas horas maquillándose, llorando hasta estropear el maquillaje y empezando de nuevo. Se aplicó rímel en las pestañas por cuarta vez consecutiva, rezando para que el lagrimal se le hubiera secado al menos por lo que quedaba de noche. Una perspectiva de lo más improbable, pero una chica nunca debía perder la esperanza.

– ¡Cenicienta, tu príncipe ha llegado! -gritó Sharon desde el pie de la escalera.

El corazón de Holly se aceleró, necesitaba más tiempo. Necesitaba sentarse y replantearse la idea de asistir al baile una vez más, ya que había olvidado por completo las razones que tenía para ir. Ahora sólo le acudían a la mente los motivos para no hacerlo.

Razones para no ir: no le apetecía, se pasaría la noche llorando, estaría sentada a una mesa llena de supuestos amigos que no habían hablado con ella desde que Gerry murió, se sentía fatal, se veía fatal y Gerry no estaría allí.

Razones para ir: tenía la abrumadora sensación de que debía asistir. Respiró lentamente, procurando evitar que volvieran a saltársele las lágrimas.

– Holly, sé fuerte, puedes hacerlo -susurró a su reflejo en el espejoTienes que hacerlo, será por tu bien, te hará más fuerte. Fue repitiendo el mismo conjuro hasta que el gozne de la puerta chirrió y la sobresaltó.

– Perdona -se disculpó Sharon, apareciendo detrás de la puerta-. ¡Oh, Holly, estás preciosa! -exclamó.

– Doy pena -masculló Holly.

– Bah, deja de decir tonterías -le espetó Sharon, enojada-. Yo parezco un globo y ¿acaso oyes que me queje? ¡Tienes que admitir que estás hecha un bombón! -Le sonrió en el espejo-. Todo irá bien.

– Quiero quedarme en casa esta noche, Sharon. Tengo que abrir el último mensaje de Gerry.

Holly no podía creer que hubiese llegado aquel momento. Pasado mañana ya no habría más palabras afectuosas de Gerry y ella seguía necesitándolas. Desde el mes de abril anterior había aguardado con impaciencia que pasaran las semanas para poder abrir los sobres y leer aquella caligrafía perfecta, pero el tiempo había pasado volando y ahora tocaba a su fin. Quería quedarse en casa para saborear aquel último momento especial.

– Lo sé -dijo Sharon, comprensiva-. Pero eso puede esperar unas horas, ¿no crees?

Holly se disponía a replicar cuando John gritó desde la escalera: -¡Vamos, chicas! ¡El taxi espera! ¡Aún tenemos que recoger a Tom y Denise!

Antes de seguir a Sharon, Holly abrió el cajón de su tocador y sacó la carta de Gerry del mes de noviembre que había abierto unas semanas atrás. Necesitaba sus palabras de aliento para recobrar el ánimo. Acarició la tinta con la punta de los dedos y se lo imaginó escribiendo. Imaginó la cara que hacía al escribir y que ella siempre aprovechaba para tomarle el pelo. Era una cara de pura concentración, hasta sacaba la lengua entre los labios al escribir. Holly adoraba aquella cara. Añoraba aquella cara. Sacó la tarjeta del sobre. Necesitaba que la carta le diera fuerzas y sabría que sería así. Leyó una vez más: