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Brenna la agarró del brazo para sujetarla y la irguió con la sabiduría de una Sanadora experimentada. Elphame respiró profundamente, lentamente, hasta que el mareo pasó.

– ¿Mejor? -le preguntó Brenna.

– Sí. He sido una boba -dijo, mirando a su amiga de reojo-. ¿Todavía puedo bañarme?

– Más tarde, esta noche.

– Pero…

Brenna alzó una mano para detenerla.

– Es una sorpresa. No discutas con tu Sanadora.

– Con eso me vale -dijo El, y miró hacia la bandeja que Brenna había dejado sobre la mesa-. Incluso estoy dispuesta a beberme esa horrible poción si apresura mi camino hacia la limpieza.

Brenna se echó a reír.

– Sí, quiero que te tomes la tisana, pero no tienes que preocuparte. No es nada más que un poco de corteza de sauce para que te alivie el dolor de cabeza.

Elphame se sentó al borde de la cama y le dio un sorbito a la infusión.

– Y, cuando hayas terminado, ¿te apetecería dar un paseo corto? -le preguntó Brenna.

– ¿Fuera?

– Sí, fuera.

Elphame se tragó el té de golpe.

– Eres maravillosa.

La Sanadora se echó a reír y se echó el bolso al hombro. Elphame se puso en pie lentamente y Brenna la tomó del brazo. Cuando salieron de la tienda, Brenna dio sólo un par de pasos para dejar que Elphame se acostumbrara a la luz brillante de la tarde. Después la guió despacio hacia la izquierda, en dirección contraria al castillo.

– He encontrado una zona rocosa un poco al sur, justo al borde del bosque. Desde allí tendrás una vista preciosa del mar y de las murallas. Me pareció un buen sitio para ir. Allí yo puedo trabajar en esos dibujos para los tapices del castillo mientras tu te relajas y disminuyes tu nivel de frustración.

Elphame sonrió y asintió distraída, aunque su mente trabajaba febrilmente.

Iban a acercarse al bosque. Lochlan estaba en algún lugar dentro de aquel bosque. ¿Verdad? Porque, por enésima vez, ella maldijo sus recuerdos incompletos. Él había sido una realidad. Las pruebas físicas eran innegables. Lochlan había matado al jabalí y la había sacado del barranco, había curado su herida y le había dado calor, pero toda la experiencia estaba envuelta en una niebla de dolor y confusión. Cuando intentaba recordar cosas específicas que él el hubiera dicho, sólo podía reconstruir partes de su conversación.

Le había dicho que la conocía de sus sueños.

Le había dicho que iba a estar esperándola.

Había admitido que su padre era un Fomorian.

De repente, vio con claridad a Lochlan, con las alas extendidas, con un gesto de ferocidad mientras acuchillaba al jabalí. Pese a la calidez de la tarde, Elphame se estremeció.

Brenna la miró.

– Me siento bien -le aseguró Elphame-. Sólo estaba pensando en el accidente.

La expresión de la Sanadora se volvió comprensiva.

– Brighid me dijo que nunca había visto un jabalí tan grande. La lucha debió de ser horrible. Odio que tuvieras que sufrir tanto.

– Puedo decir que nunca me había asustado tanto -murmuró Elphame. ¿Era la omisión una mentira?

– Gracias a Epona que sobreviviste.

Elphame asintió, y deseó que Brenna cambiara de tema.

– No quería mencionar esto delante de tu hermano, pero me he dado cuenta de que tienes un sueño bastante inquieto. Creo que deberías saber que es normal que tengas malos sueños después de una experiencia traumática.

Elphame miró a Brenna, y después apartó rápidamente la mirada. No eran las pesadillas lo que la tenía inquieta. Notó que se ruborizaba.

– No tienes por qué sentir vergüenza, Elphame -le dijo Brenna-. Pero si los sueños te angustian, te daré una poción somnífera más fuerte, aunque yo preferiría no hacerlo.

– ¡No! -respondió Elphame-. Los sueños no son malos. Estoy inquieta porque no estoy acostumbrada a la inactividad. Me recuperaré en cuanto lleve un horario normal.

– Eso sucederá pronto. Tus heridas curan con una rapidez milagrosa.

– Oh, por favor, no se lo digas a nadie.

– Yo nunca divulgo los secretos de la Sanadora.

– Eso es un alivio. No quiero que la gente empiece otra vez a tratarme como si fuera una diosa en un pedestal.

– Es difícil estar aparte de los demás -dijo Brenna.

En aquella ocasión, Elphame no tuvo problemas para mirarla a los ojos.

– Sí. Es difícil.

Caminaron en silencio, ambas perdidas en sus pensamientos. Era una tarde muy bonita. Había llovido aquella mañana, y el bosque estaba más brillante de lo normal, como si Epona acabara de lavarlo. Iban por las praderas del sur del castillo, y Elphame se quedó impresionada al ver lo mucho que habían adelantado en el trabajo. La maleza y los árboles habían desaparecido, y no había quedado más que una hierba bien segada en varios metros a la redonda de las murallas exteriores del castillo. Cuchulainn debía de haber permitido, después de aquella distancia adecuada, que sobrevivieran algunos árboles llenos de flores rosas, flanqueando la carretera que llevaba al bosque. Elphame sonrió al ver que también había indultado varias zarzamoras. Tenía que acordarse de felicitar a su hermano y a los hombres por haber hecho tan bien el trabajo.

Cuando llegaron a las rocas que había elegido Brenna, Elphame se sentó con cuidado en una de ellas, desde la que tenía una vista excelente del castillo. Brenna se sentó también, y rebuscó en su bolso hasta que sacó un cuaderno y varios lapiceros de carboncillo. Después comenzó a dibujar. Elphame inspiró profundamente para respirar el aire fresco de la primavera. La sal del mar y el olor de los pinos le llenaron los sentidos, y bebió aquellas esencias fuertes mientras miraba su castillo.

– Es precioso, ¿verdad? -le preguntó a Brenna con reverencia, después de un rato.

– Sí -dijo la Sanadora distraídamente.

Brenna estaba muy concentrada haciendo volar el lapicero sobre la hoja. Cuando se detuvo, sopló con suavidad por la hoja y entrecerró los ojos críticamente.

– Ya he terminado. Creo que he conseguido poner la cuarta torre en su posición correcta -dijo.

Entonces le tendió el cuaderno a Elphame para que ella pudiera ver el dibujo.

El Castillo de MacCallan saltaba de aquella página. Brenna había dibujado los poderosos muros exteriores, con la puerta de hierro forjado, que había sido restaurada, aunque en realidad todavía no la habían instalado. Las banderas que estaban cosiendo las mujeres aparecían ondeando sobre cada una de las cuatro torres, cada una con su yegua encabritada. No había madera quemada, ni piedras ennegrecidas, ni agujeros en las almenas. El castillo aparecía joven y lleno de vida.

– ¡Oh, Brenna! Es perfecto. Es como si hubieras visto lo que yo tenía en la cabeza.

Brenna se sonrojó.

– Me lo describiste muy bien.

Antes de que Brenna pudiera detenerla, Elphame comenzó a pasar las páginas del cuaderno y vio algunos bocetos de partes del castillo, y algunos estudios de pies y manos. Y entonces, estaba Cuchulainn. Página tras página de Cuchulainn. Elphame se sorprendió. «Bien», pensó, «así son las cosas». Los dibujos de su hermano estaban hechos con ternura, y capturaban varios de sus estados de ánimo. Elphame se detuvo especialmente en uno en el que Cuchulainn estaba cansado y triste, y parecía mucho mayor de lo que era en realidad.

– Así es como estaba el día de mi accidente -dijo Elphame.

– Es… Yo… Sólo quería… -Brenna hizo una pausa, tragó saliva y comenzó de nuevo-. Tu hermano es un modelo muy interesante. Tiene unos rasgos perfectos, orgullosos, y demuestra muchas emociones distintas.

Elphame no podía apartar la vista de aquel dibujo de su hermano, en el que se apreciaba a la perfección el amor y la preocupación que sentía por ella.

– Lo has dibujado perfectamente. ¿Puedo quedarme con éste?

Brenna miró a su amiga con atención. No vio lástima en su semblante, ni tampoco ningún reproche.

– Por supuesto. Puedes quedarte con todos los que quieras.