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– Sólo con éste. Los demás son tuyos.

Elphame sonrió con calidez a Brenna, pensando en lo mucho que se alegraría su madre si la conociera.

El sonido de unos cascos que se acercaban rápidamente las sorprendió a las dos, y como si lo hubieran conjurado al pensar en él, Cuchulainn apareció frente a ellas. Brenna leyó su expresión al instante.

– ¿Un accidente? -le preguntó, bajándose enseguida de la piedra en la que se había sentado.

– Angus estaba cortando unas maderas nuevas y la sierra se le resbaló. Me temo que tiene una herida muy fea -dijo él, mientras se inclinaba para tenderle la mano. Sin titubeos, Brenna depositó la suya en su palma y él la levantó y la sentó en la grupa del caballo. Después, Cuchulainn miró a su hermana con severidad-. No te muevas de ahí. Volveré pronto a buscarte.

– No tienes por qué apresurarte. Me siento bien aquí, alejada de mi cautividad -respondió Elphame.

Cuchulainn frunció el ceño y después espoleó al caballo. Brenna y él se alejaron hacia el castillo. El vio que Brenna se agarraba a la cintura de su hermano, y que Cu echaba un brazo hacia atrás, con un gesto posesivo, para sujetarla con firmeza contra sí.

Sí, así eran las cosas. Cuchulainn y Brenna. Su instinto no había errado. Se preguntó si alguno de los dos se daba cuenta. Seguramente, todavía no. Pese a toda la experiencia que tenía con las mujeres, Cuchulainn estaba tan poco preparado para el amor como su hermana.

Sin embargo, ¿cómo podía haber estado preparada para Lochlan? ¿Había sido sólo una alucinación? No, no podía ser. Había pruebas de que él era real. El jabalí estaba muerto, y el corte del costado de Elphame había sido rellenado con musgo. Sin embargo, ¿tenía Lochlan de verdad las alas de un Fomorian? Elphame se estremeció y miró hacia el bosque. No había sentido temor, eso sí lo recordaba. ¿Por qué no?

Porque su presencia había hecho que se sintiera bien. Ya sabía la respuesta, porque le había dado muchas vueltas a todo aquello durante los últimos cinco días.

– Lochlan -dijo, sin poder evitar pronunciarlo en voz alta.

Una brisa inesperada se llevó su nombre, y Elphame notó que se le ponía el vello de punta. Durante un momento, tuvo la sensación de que el nombre de Lochlan volaba a su alrededor, antes de que el viento se lo llevara y lo extendiera por el bosque.

Elphame cabeceó.

– El golpe que me di me está haciendo imaginar cosas extrañas.

– ¿Y qué es lo que estás imaginando, corazón mío?

Elphame se sobresaltó y dio un respingo. Miró hacia el bosque con los ojos abiertos como platos.

El hombre alado, como un enorme pájaro, se dejó caer desde la rama de un pino y aterrizó a pocos metros de Elphame. Permaneció dentro de las sombras del bosque, y plegó las alas a la espalda. Tenía una sonrisa tímida.

– No quería asustarte.

– ¡Por Epona, eres real! -balbuceó Elphame, y se sintió como una tonta.

– ¿Lo dudabas?

Elphame asintió con vehemencia.

– Constantemente.

Lochlan se echó a reír. Fue un sonido tan alegre que Elphame sonrió, y notó que se relajaba un poco.

– Entiendo tu confusión. Yo tenía la mente clara y no estaba herido, y pese a todo, durante estos cinco días que han pasado, me ha parecido que nuestro encuentro fue cosa de otro mundo.

– Como un sueño -dijo Elphame.

Lochlan negó con la cabeza.

– No, corazón mío, nuestros sueños son algo único, diferente a todo lo demás.

Elphame se ruborizó, pero no apartó la vista de sus ojos penetrantes. Lochlan salió de entre los árboles. Aunque tenía las alas bien plegadas contra el cuerpo, se movía con una elegancia que la hipnotizaba. Durante un momento, lo único que pudo oír, sentir o ver fue a Lochlan. Y entonces, su mente comenzó a trabajar de nuevo y se dio cuenta de algo. ¿Y si lo veían? Alzó una mano, y él se detuvo en seco.

– Quiero que me lo expliques todo. Quiero saber quién eres y qué está ocurriendo entre nosotros -dijo Elphame, mirando nerviosamente a su alrededor-. Pero no pueden verte. Ni siquiera le he hablado de ti a Cuchulainn.

Lochlan se quedó decepcionado, pero asintió con tirantez y dio unos pasos atrás, de modo que volvió a sumirse en la luz tenue del bosque.

Elphame se sintió azorada y, después, irritada. Los días de aburrimiento y frustración le habían puesto los nervios de punta, y de repente quería recriminarle, decirle que no era más que un extraño para ella porque acababa de conocerlo. Sin embargo, aquellas palabras falsas no salieron de sus labios. Elphame supo, con una certidumbre aterradora, que estaba viendo su futuro.

Recordó lo que le había dicho Cuchulainn: «Sé que encontrarás tu destino en el Castillo de MacCallan. Y sé que tu destino está vinculado al de tu compañero…».

Lochlan era aquel compañero.

Entonces, recordó el resto de la frase de su hermano: «… pero cuando intento concentrarme en los detalles del hombre, sólo veo niebla y confusión».

Por lo menos, ya sabía el motivo por el que la visión de su hermano era incompleta, y no podía evitar pensar que Epona había sido muy sabia al ocultarle el rostro de Lochlan a Cuchulainn. Si él supiera que su compañero iba a ser un demonio Fomorian… Elphame ni siquiera quería pensarlo.

– Esto va a ser muy difícil -dijo.

Lochlan sonrió.

– Mi madre habría dicho que entonces es algo que merece la pena.

El cariño con el que mencionó a su madre hizo que la irritación de Elphame desapareciera.

– La querías mucho.

– Ella me dio la humanidad, y después me enseñó lo que significaba. Nunca me vio como si fuera un monstruo, sino como a su hijo.

– Tú no eres un monstruo -dijo Elphame.

– No. No lo soy, pero llevo la sangre de una raza de demonios en las venas, y eso es algo que ninguno debemos olvidar.

– ¿Debería tener miedo de ti?

– No puedo responder a esa pregunta por ti -dijo él-. Lo único que puedo decirte es que preferiría morir antes que hacerte daño.

Elphame notó que se le hacía un nudo en la garganta. Su mente y su corazón estaban batallando. Debería pedirle que se marchara. Le daría ventaja, y después informaría a Cuchulainn de que había una criatura Fomorian en Partholon. Tenía que dejar de pensar como una tonta romántica. Él no era más que un sueño peligroso.

– Me marcharé, si es lo que deseas -dijo él.

– ¿Puedes leerme el pensamiento? -preguntó Elphame con aspereza.

– No, no puedo, sólo puedo leer tu semblante y tus ojos. He soñado contigo desde que naciste. Ha sido tiempo más que suficiente para aprender cómo son todas las expresiones de tu cara, y para entender tus estados de ánimo.

Elphame lo miró a los ojos, intentando obviar la tristeza que percibió en ellos. Podía hacerlo. Podía pedirle que se fuera. Su destino era ser la Jefa del Clan, ser La MacCallan, y estaba marcada por el poder de Epona. Estaba aparte de los demás.

Como Lochlan.

Lo miró y analizó la verdad de la criatura que estaba ante ella. Tenía un cuerpo muy humano. Era alto y musculoso, y estaba bien formado. Sin embargo, los hombres no tenían alas, y no tenían la piel brillante como si irradiaran una luz pálida. Tampoco había visto nunca unos ojos de aquel color gris oscuro, como una tormenta. Elphame recorrió su figura con la mirada hasta que llegó a sus pies.

– Garras -dijo Lochlan, y se encogió de hombros-. Tengo garras. Tú tienes cascos. Si pudiera elegir, creo que preferiría tener cualquiera de esas dos cosas antes que los pies de un hombre. No puedo imaginar cómo es llevar zapatos.

Elphame se rió.

– Ésta es la primera vez que lo digo en voz alta, pero pienso lo mismo. Cuando era niña, mi madre se ponía triste porque yo no podía ponerme medias y zapatos, así que me abrillantaba los cascos hasta que relucían. Yo intentaba explicarle que a mí no me importaba, que me gustaban mis cascos, pero ella nunca lo entendió.