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– Juntos somos hermosos, ¿no?

– Hermosos -admitió Edwin.

Cuando se movió, ella se movió al unísono, hechizada por la maravilla de sus cuerpos, que expresaban lo que habían sentido tanto tiempo. En un momento, Fannie echó la cabeza atrás, la barbilla alta, meciéndose contra él. Cuando Edwin tembló, lo miró y pensó en lo hermoso que era ese rostro, atrapado en las agonías del orgasmo. Miró hasta el fin, gozando de contemplar esos ojos cerrados, los brazos temblorosos del hombre que esperaba la última oleada de sensaciones.

Cuando esta pasó, abrió los ojos.

Se sonrieron con una ternura recién descubierta. Durante muchos años, creyeron que no era posible amar más, pero descubrieron, asombrados, la fuerza de sus propios sentimientos ahora que se habían compartido físicamente.

– Edwin… -Le encerró entre las manos la mandíbula sedosa y la acarició-. Mi bienamado Edwin. Ven más cerca. Déjame tenerte como siempre soñé con tenerte… después.

Se relajó sobre ella, entibiándole el cuello con el aliento, humedeciéndolo con un suavísimo beso. El de un hombre cansado.

– Estoy muy cansado -admitió, con palabras casi ininteligibles pronunciadas contra la piel de Fannie.

– Y tan hermoso.

Sonrió, casi exhausto.

– Te casarás conmigo, Fannie… -murmuró, ya adormilándose-, pronto, ¿verdad?

La mujer sonrió hacia el techo, pasando los dedos por el cabello limpio y húmedo.

– No lo dudes, Edwin -respondió, serena-. Pronto.

Llegó el amanecer, cruzó la cama de ellos y otra, en otra parte del pueblo.

Tom Jeffcoat flexionó las piernas e hizo una mueca con los ojos cerrados. Los abrió y vio franjas de sol oblicuas en el techo… el oro intenso de las primeras horas del día. Afuera, lejos, ladró un perro. En los aleros, piaron los gorriones. Sentía frío en los hombros desnudos y captó en el cuarto un olor que le recordaba al carbón. Tragó, sintiendo la garganta seca, ardiente y recordó: el fuego, el establo… los caballos… Emily… Charles.

Desconsolado, cerró los ojos.

Oh, Dios, no me ha quedado nada.

El colchón se sacudió apenas. Giró la cabeza y allí estaba Emily, sucia, floja, dormida sobre la mecedora, con los pies calzados con medias sucias apoyados en el colchón.

Emily, pobrecilla, ¿cuánto hace que estás aquí?

La observó sin moverse, sintiendo que lo aplastaba la depresión, preguntándose cómo iba a mantenerla, cuántos caballos habría perdido, si habrían salvado a la yegua, quién más estaba en la casa, si ya habían apresado a Charles, cómo iba a devolverle el dinero a su abuela, cuánto tiempo tendría que esperar ahora para casarse.

Cerró los ojos y se entregó a la desesperación. "Tengo tanta sed… estoy tan cansado… quebrado… quemado. Charles, maldito seas… ¿por qué tenías que hacer algo así? Y tú, Tarsy. Creí que erais mis amigos."

Abrió los ojos y quiso mantenerlos secos. ¡Pero dolía, maldición, dolía pensar que se hubiesen vuelto contra él de ese modo! Sintió la garganta como si se hubiese tragado un pedazo de su propio edificio incendiado. Mientras intentaba tragarlo, Emily suspiró en sueños, giró la cabeza y abrió los ojos. Vio cómo asomaba a su rostro la conciencia en rápida sucesión de emociones: miedo, alivio, compasión, tras lo cual se arrodillaba junto a la cama, le aferraba la mano y se la llevaba a los labios.

– Te amo -dijo de inmediato, dirigiéndole una mirada rebosante-. Y lamento haber creído a Tarsy.

En un gesto de perdón, le acarició los nudillos con el pulgar. Las miradas de ambos se encontraron y los pensamientos de Tom se tiñeron de emociones demasiado profundas para expresarlas con palabras. Giró un poco, la atrajo hacia él tomándola por la parte posterior de esa cabeza despeinada y apoyó la cara en ella. La retuvo así, aspirando el olor a humo de su pelo, sintiendo que se le acumulaban lágrimas en la garganta y fue separando los asuntos sin importancia de los que tenían peso real. La vida. La felicidad. El amor. Esos eran los que en realidad importaban. Mientras llegaba a esa conclusión, Emily habló con voz ahogada por las mantas:

– Tenía mucho miedo de que no te despertaras y no pudiese decírtelo. Pensé que tal vez morirías. -Estrechó la mano contra el hueco de su pecho con tal fuerza que le clavó las uñas-. Oh, Tom, estaba muy asustada.

– Estoy bien -logró decir, en un susurro ronco-. Y lo de Tarsy no tiene importancia.

– Sí importa. Debí confiar en ti. Tendría que haberte creído.

– Shhh.

– Pero…

– Olvidémonos de Tarsy.

– Te amo. -Alzó el rostro, con los ojos desbordantes de lágrimas-. Te amo -repitió, como temerosa de que no le creyese.

– Yo también te amo, Emily. -Le tocó la cara sucia con los nudillos lastimados y compuso una sonrisa débil-. ¿Podrías conseguirme un poco de agua? Siento la garganta como debe verse mi cobertizo.

– Oh, Tom, discúlpame… -Se levantó de un salto, corrió a la cocina y volvió con un vaso grande lleno de agua de maravilloso aspecto-. Toma.

Se incorporó con esfuerzo, mientras Emily hacía inútiles intentos por ayudarlo y, apoyado en una mano, bebió todo el vaso bajo la mirada de la muchacha.

– Otro, por favor.

Bebió otro del mismo modo y se recostó sobre las almohadas, que Emily le colocó tras la espalda.

– ¿Cómo te sientes? ¿Te duele cuando respiras?

En vez de contestar, le hizo otra pregunta:

– ¿Sacaron a la yegua?

La expresión pesarosa de Emily le respondió antes que las palabras.

– Lo siento, Tom.

– ¿Cuántos perdí?

– Sólo dos: Patty y Liza.

– Liza también -repitió, pensando que era una de los dos animales que había traído consigo desde Rock Springs, su primera yunta-. ¿Queda algo?

– No -respondió, casi en un susurro-, se quemó hasta los cimientos.

Tom cerró los ojos, dejó caer la cabeza atrás y tragó saliva.

Viéndolo luchar contra la desesperación, repentinamente, para Emily el cuarto soleado se tornó lúgubre y le tocó a ella desear que no se le cayeran las lágrimas mientras buscaba palabras de consuelo. Pero no existían y se limitó a quedarse allí, tomándolo de la mano.

– ¿Y qué hay de Charles? -preguntó, aún con los ojos cerrados.

– Charles está en mi casa. Tiene quemado el dorso de las manos, pero nada más.

Tom se quedó inmóvil, sin dar el menor indicio de su reacción, pero Emily sabía lo que estaba pensando.

– Charles no prendió fuego a tu cobertizo, Tom.

Tom levantó la cabeza y fijó en ella una expresión condenatoria.

– Ah, ¿no?

– No.

– Entonces, ¿quién fue?

– No lo sé. Tal vez fuese un rayo.

– ¿En febrero?

Por supuesto, tenía razón y los dos lo sabían. Odiaba sugerirlo, pero dijo:

– ¿No podría haber sido Tarsy?

– No, yo estaba de pie en uno de los escalones del porche de su casa intercambiando insultos con ella cuando oímos las campanadas de incendio.

– ¿Quién puede asegurar, pues, que alguien lo haya empezado? ¿No pudo ser accidental?

Pero él era cuidadoso, apagaba las lámparas antes de cerrar. Y, contra la creencia popular, una fragua era una de las construcciones anti incendio más seguras, porque si no estuviese hecha y aislada con sumo cuidado, resultaría una amenaza permanente.

Tom exhaló un hondo suspiro:

– Dios, no lo sé.

Echó la cabeza atrás y Emily se sintió inútil, compadecida por él. Tenía un aspecto derrotado, fatigado y afligido.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó, pensando que era un ofrecimiento mezquino, pero el único que podía hacerle.

– No.

– Tienes los labios resecos. ¿Quieres que te ponga un poco de vaselina?

Tom levantó la cabeza, la observó largo rato en silencio y respondió en tono suave:

– Sí.

Sacó un frasco ancho y bajo de ungüento, y se sentó en el borde de la cama para aplicárselo. El contacto sobre la boca sanaba mucho más que los labios cuarteados. Empezó a aliviar el dolor infinito de su corazón.