Pero, aparte de manifestar estas facultades casi adivinatorias, aquella bruja practicaba a veces lo que hoy me parecen actos psicomágicos maravillosos: un día recibió a un hombre que estaba al borde del suicidio porque no soportaba la idea de quedarse calvo a los 30 años. Había probado todos los tratamientos posibles sin éxito. El Hermano le preguntó por boca de la anciana: «¿Crees en mí?». El hombre respondió afirmativamente, y de hecho, tenía fe en Pachita. El espíritu le dio entonces estas instrucciones: «Consigue un kilo de excrementos de rata, orina encima y mézclalo bien hasta obtener una pasta que te aplicarás en la cabeza. Este remedio te hará crecer el pelo». El hombre se quejó suavemente pero Pachita insistió, diciendo que, si quería evitar la calvicie no había más remedio. Él decidió entonces someterse a este insólito tratamiento. Tres meses más tarde volvió a visitarla y le dijo: «Es muy difícil encontrar excrementos de rata, pero al fin localicé un laboratorio en el que crían ratas blancas. Convencí a un empleado para que me guardara los excrementos. Cuando reuní el kilo, oriné encima, hice la pasta y entonces me di cuenta de que me daba lo mismo no tener pelo. Por lo tanto, no usé el ungüento y decidí aceptar mi suerte».
Yo vi en aquello un acto de psicomagia elemental. Pachita le pidió un precio que él no estaba dispuesto a pagar. Cuando se encontró ante la acción misma, comprendió que podía perfectamente aceptar su destino. Ante la exigencia real, prefirió seguir siendo calvo. Salió de su mundo imaginario para mirar de frente al mundo real. Estas instrucciones, absurdas a primera vista, le dieron ocasión de madurar, le hicieron pasar por todo un proceso al final del cual le fue posible aceptarse tal como era. Así concibo yo la psicomagia. Muchas veces, Pachita inducía a las personas a realizar un acto insólito que, a fin de cuentas, se orientaba a reconciliarlos con un aspecto de ellos mismos. Recuerdo a una persona para quien el dinero representaba un gran problema, una persona incapaz de ganarse la vida. La vieja le impuso un extraño ceremoniaclass="underline" el «paciente» debía orinar todas las noches en un orinal, hasta que estuviera lleno. Después, tenía que dejar el orinal debajo de la cama y dormir treinta días encima de su orina. Yo fui testigo de la consulta y, por supuesto, me pregunté cuál sería su significado. Poco a poco fui encontrando su sentido: si una persona que no sufre ninguna disminución física ni intelectual no consigue ganarse la vida es porque no lo quiere. Una parte de sí misma se opone a ello y se encuentra en conflicto con el dinero. Ahora bien, seguir las instrucciones de Pachita podía implicar exponerse a un verdadero suplicio: no hace falta mucho tiempo para que la orina conservada día tras día bajo la cama apeste. El paciente que es obligado a dormir encima del orinal queda impregnado de sus propios efluvios, descansa junto a la maceración de sus desperdicios. Por otra parte, este ejercicio requiere un espíritu de sacrificio y desarrolla la fuerza de voluntad. Porque es necesario tenerlos para soportar todas las noches el encuentro con la propia orina…
Sin duda, pero ¿qué relación tiene eso con el dinero?
En primer lugar una relación simbólica: la orina es de color amarillo, como el oro. Pero, al mismo tiempo, es un desecho… Producir desechos es una necesidad fisiológica, y la necesidad de orinar o defecar es en sí misma producto de otra necesidad, la de comer y beber. Ahora bien, para atender a esas necesidades, hay que ganar dinero. El dinero, en la medida en que representa energía, tiene que circular…, y aquella persona no se ganaba la vida porque sentía repulsión por el dinero, que consideraba sucio, vil… En esa persona, el concepto del dinero como energía estaba bloqueado. Lo necesitaba, pero no quería verse activa en su manipulación. Una parte de ella se negaba a intervenir en el movimiento que hace que el dinero entre y salga, se transforme en alimentos… Le asqueaba reconocer el legítimo lugar del «oro» en esta red que constituye toda existencia. Pachita le obligó a dominar ese miedo. Al encontrarse cada noche solo con su orina estancada, el paciente tuvo la visión de que el oro-excremento no es «sucio» si circula. Si uno se niega a verlo y lo mete debajo de la cama, empiezan los problemas… El «oro» hedía porque esa persona le había asignado un lugar vergonzoso. Finalmente, como te decía, el solo hecho de practicar el ejercicio hasta el fin le obligó a ejercer su voluntad, cualidad imprescindible para ganarse la vida normalmente.
A propósito, ¿Pachita requería algún pago a sus pacientes?
No; no exigía honorarios, pero la gente le hacía donativos. Cuando operaba, siempre tenía cerca de ella un cesto con una gran bolsa en donde los pacientes ponían lo que querían. No se podía acusar a Pachita de estar al frente de un business. Aunque, por supuesto, los que tenían dinero le pagaban bien; porque, sin duda, era una experiencia impagable hacerse atender por esa mujer… Ella no curaba para ganar dinero, ganaba dinero porque curaba.
Volvamos a su experiencia y a lo que supuso para usted ese encuentro con ella, en cuanto a la psicomagia.
Su contribución a la psicomagia es tan simple como esenciaclass="underline" observándola, descubrí que, cuando se simula una operación, el cuerpo humano reacciona como si sufriera una verdadera intervención. Si yo te comunico que abriré tu vientre para extirparte un trozo de hígado, si te obligo a tenderte en una mesa y reproduzco exactamente todos los sonidos, todos los olores y las manipulaciones, si sientes el cuchillo en la piel, si ves saltar la sangre, si tienes la sensación de que mis manos te revuelven las entrañas y extraen algo de ellas, estarás «operado». El cuerpo humano acepta directa e ingenuamente el lenguaje simbólico, al modo de los niños. Pachita lo sabía y era una maestra suprema en el arte de utilizar ese lenguaje de manera operativa, nunca mejor dicho.
Así pues, ¿Pachita era ante todo una especialista en comunicación simbólica?
Absolutamente. Además, observaba con mucha atención los objetos, las joyas que llevabas. Recuerdo a una mujer con una pulsera ovalada, en la cual, en un orificio también ovalado, estaba incrustado un reloj. Aquello tenía que ser, sin duda, un regalo de su madre, y Pachita descubrió inmediatamente que esa mujer no resolvería sus problemas hasta que se librara de la influencia de su madre. Era evidente además que aquel orificio simbolizaba a la madre, en el seno de la cual se mantenía aún la hija-reloj. Intuitivamente, Pachita descifró el mensaje simbólico y recomendó todo un ritual para deshacerse del objeto. Para ella nada era insignificante, el mundo era como un bosque de símbolos en relación permanente. Estando en contacto con ella me abrí al lenguaje de los objetos, al significado que encierran, por ejemplo, los regalos: todo obsequio tiene un sentido, se inscribe en una dinámica de posesión y comunicación. Olvidar una cosa en casa de un amigo, por ejemplo, o en un sitio público no tiene nada de gratuito. La brujería primitiva conoce el mecanismo de estas interacciones y las domina más o menos. Pero se trata, desde luego, de un conocimiento intuitivo, no intelectual ni científico. El brujo o chamán probablemente sería incapaz de describir rigurosamente su propia práctica; para ello tendría que situarse en el exterior, verse actuar y descifrar su funcionamiento. Ahora bien, su poder está precisamente en el hecho de mantener con el mundo una relación interna.
Él no es espectador de un mundo «objetivo» inanimado, sino parte integrante de un universo subjetivo en el que todo está vivo. La misma Pachita entendía las enfermedades como seres animados: el tumor era una criatura maléfica que merecía ser quemada viva, y de pronto oías como trinos de pájaros. A veces extirpaba del cuerpo enfermo una forma en movimiento que veías agitarse en la penumbra como un títere. Ella materializaba la enfermedad, que así perdía su poder como enemigo invisible -y por ello tanto más amenazador-, y la encarnaba en una figura vagamente grotesca, que merecía recibir la muerte. Del vientre de un homosexual vi cómo sacaba un falo negro que resoplaba como un sapo…